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A modo de epílogo. Caravana Abriendo Fronteras

María González Reyes

Lunes 25 de julio de 2022

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I

Huellas.

La humanidad siempre ha tenido la necesidad de preservar sus historias. Lo ha hecho de distintas maneras desde sus orígenes: con lenguaje oral sentadas alrededor del fuego, con imágenes dibujadas, con palabras.

Los relatos son una manera de conservar y generar memoria. Por eso pueden ayudar a comprender que hay otro orden posible. Que hay muchas formas para no rendirse.

Pero ¿cuáles son las historias que quedan? ¿Las que permanecen en las huellas? ¿Son las que cuentan formas de no rendirse? ¿Las que hablan de otro orden posible?

Las historias que se conservan y las que no son un espacio de disputa. Y lo son porque la memoria genera lo que somos, nuestra identidad. En ese espacio de disputa, de las huellas y la memoria, los movimientos sociales, las personas que creen que se puede organizar el mundo de otra manera, que hay otras formas posibles, tienen que dejar también sus historias. Visibilizarlas. Contarlas. Hacerlo es también una forma de actuar, de no rendirse.

Esas historias que hablan de que el futuro tiene que dejar de ser el lujo de las que pueden atravesar fronteras. Que hablan de que el miedo solo paraliza si no sabes hacia dónde correr. De esos lugares donde el bienestar individual pasa, necesariamente, porque el resto de la comunidad esté bien.

Es necesario contar las historias de las luchas que vencen, de las cosas que sí se consiguen cambiar, de lo que sí es posible. Historias pegadas a la tierra y a la vida. Porque no somos solo destruir. Somos también sembrar, transformar, imaginar, crear, colectivizar, desear…

Los relatos pueden construir la identidad y la construcción de sentido de una comunidad. Crean una manera de mirar el mundo y de actuar en él. Escribirlas, contarlas, es una manera de proteger, cuidar y conservar estas historias. Sus huellas. Pero también pretenden generar otra memoria distinta. Historias que dan voz a relatos colectivos, a personas que cuando se juntan pueden romper esas dinámicas de opresión, injusticia y destrucción. Historias pequeñas e importantes que forman parte de las rebeldías posibles.

Frente a la memoria las historias del poder, del pensamiento único y hegemónico, tenemos que cuidar otros sentidos e historias de vida. Porque para cambiar esta realidad es imprescindible poder imaginar, y las historias sirven para eso, para imaginar otras vidas posibles para el futuro.

Aunque, como es sabido por las pobladoras de lo posible, los sueños suelen aparecer cuando se tiene la opción de imaginar a más largo plazo. Y hay muchas personas, entre ellas las que siempre encuentran las fronteras cerradas, que tienen complicado pensar más que en lo inmediato. Los deseos están condicionados por el contexto.

Recolectar y cuidar estas historias es también un ejercicio político de resistencia, de cuestionamiento de las lógicas hegemónicas. Huellas y registros que también están en las fronteras, en lo que ocurre, en los relatos que ponemos sobre ellas. Relatos que dejan las huellas de quienes no tenían nombre ni voz para narrar otra historia que no parte del punto de vista de las narrativas de poder.

Mujeres migrantes. Hombres migrantes. La naturaleza.

Nuestro paso por el mundo tiene consecuencias. Deja huellas. A cada territorio le toca pensar qué quiere que permanezca y qué intenta que desaparezca. Es una forma de construir su identidad y memoria. Por eso es importante hacer memoria de las formas de construir otra narrativa que no sea la de las fronteras, la de la guerra. Tratar que no se destruya la memoria de quienes piensan que la violencia no se para con más violencia. De quienes no se rinden hasta conseguir llegar al otro lado. Tratar que no se destruya la memoria de cómo construir una paz que es imposible si no hay justicia.

Una de las cosas por las que se caracteriza el movimiento feminista es por cuestionar los relatos dominantes, esos que han hecho invisibles las tareas que permiten la vida. Y en esa pedagogía de la sospecha podemos preguntarnos ¿dónde están ellas? ¿Dónde están las que resisten, inventan, crean maneras de sobrevivir a la barbarie? ¿Dónde están las que desobedecen? ¿Sobre qué cuerpos caen las tareas de reconstrucción cuando se llega a un lugar sin nada en las manos? ¿Dónde está la memoria de cómo construir la paz? ¿Cómo sería la historia de lo que ocurre en las fronteras si la narrasen ellas?

Traer esas voces que, ante las fronteras y las guerras, dicen que más muros y armas no van a servir. Que los relatos securitarios que refuerzan las lógicas autoritarias y de militarización son incompatibles con la construcción de la vida.

Podemos ver las huellas, la memoria, no como un sitio en el que volver a pisar, sino como una espiral que nos permite retroceder y traer aprendizajes al presente. Como una forma de saber que hay cosas posibles. Como una forma de tomar aire y respirar. Es esa memoria la que tenemos también que conservar. La que nos cuenta las cosas que fueron posibles y que nos animan a pensar que, aunque parezca que no, quizás sí somos capaces. Las resistencias. La construcción colectiva. Las formas de construir en común siempre vuelven. Siguen vivas.

Los ríos que dividen países y a los que se lanzan personas que no están seguras de poder llegar al otro lado, las alambradas donde se tiende la ropa al sol en los campos de refugiadas, las casas que abren sus puertas a las personas que tratan de atravesar las fronteras por montañas nevadas, los muros altos de los CIEs, los cementerios donde se trae al presente la memoria histórica… Son lugares también desde donde construir una memoria que permanezca.

Una memoria y una identidad que se construyen cuando las personas que viven en las fronteras alzan la voz, cuando creamos redes que son las que nos rescatan del abismo, cuando buscamos la manera de que los humanos y el resto de seres vivos tengan derecho a la palabra futuro.

II

Dos mujeres. Sujetan con las manos la Manta de la memoria. Está llena de nombres bordados con hilo rojo. Nombres de personas muertas o desaparecidas tratando de atravesar fronteras.

Junto a la manta guardan un cuaderno. Hojas blancas. Letras rojas. El cuaderno tiene escritas las historias de los nombres que están bordados en la manta.

Ninguna madre borda el nombre de su hijo. Cuentan. Borda el nombre del hijo de otra mujer, así se construyen redes de cariño. En la manta puede coser quien quiera, también personas que no perdieron a ningún familiar.

Después de haber enhebrado el hilo rojo, antes de dar la primera puntada, se cuenta lo que se sabe de esa persona. Por eso en las puntadas están bordadas todas las historias. Hay muchas. Algunas están. Algunas están entrelazadas.

Se borda en grupo. Dicen. Bordar un nombre requiere tiempo. En cada puntada piensas en esa persona, te vinculas con ella. Te vinculas también con las otras personas que bordan, se crea una red de cuidado, de resistencia, de cariño.

La manta es un símbolo de lucha. Es un acto de memoria porque estas personas siguen presentes. Lleva todas las vidas bordadas.

Bordar puede ser, también, un acto político. Bordar como una forma de tejer prendas contra el frío.

La manta tiene bordados pájaros. Los pájaros son libres para atravesar fronteras.

III

Mujeres que son madres. Mujeres que han elegido no serlo. Mujeres que debaten. Mujeres que crean discurso político. Mujeres que toman la palabra en las asambleas. Mujeres que dudan. Mujeres que se desesperan ante tanto sinsentido. Mujeres fuertes. Mujeres que cuidan. Mujeres que reflexionan. Mujeres que gritan consiguiendo atravesar los muros. Mujeres que no se rinden. Mujeres que tienen la convicción, tenaz, de que hay muchas formas de conseguir derribar las fronteras.

Mujeres que gritan como si fueran una sola: Ellos vienen con la muerte, nosotras respondemos con la vida.

Ver en línea : Día 1. Instantes de la Caravana Abriendo Fronteras.


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