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Soberanía alimentaria y empresas transnacionales: Las pastillas que no nos alimentarán

Gustavo Duch y Carles Soler

Martes 7 de febrero de 2012

Fíjense, en el caso del grano: trigo,
maíz, avena, soja, etc. -las
pastillas amarillas- hay fuentes
que hablan de tres multinacionales
que controlan el 90 por ciento de su
comercialización mundial, otras hablan
de cuatro multinacionales con
el control del 70 por ciento.

Una comida de colores
Contarlo era como relatar una película de ciencia ficción a un público infantil. Llegará un día (decíamos abriendo bien
los ojos) que los coches volarán por los cielos, y no habrá problemas de aparcamiento. Todas las casas, con forma de
cohete, tendrán su propio robot doméstico, que lavará, aspirará y planchará siempre atento a nuestros deseos. Y comeremos
pastillas de colores con una satisfacción nutritiva perfectamente calculada. Las pastillas verdes será la dosis
justa de verduras (y las niñas y niños oyentes ponían cara de asco); las rojas serán los bistecs; las blancas los lácteos,
y las azules serán salmones o sardinas, qué más da.

Pero parece que, por esta vez, acertaremos en nuestras predicciones, al menos en el capítulo alimentario, donde ya
casi que casi podemos enumerar a una única empresa global mandataria de uno de los colores del cuento y hacedora
de las pastillas en cuestión.

Fíjense, en el caso del grano: trigo,
maíz, avena, soja, etc. -las
pastillas amarillas- hay fuentes
que hablan de tres multinacionales
que controlan el 90 por ciento de su
comercialización mundial, otras hablan
de cuatro multinacionales con
el control del 70 por ciento. Pero no
hay dudas en asegurar quién de estos
mamuts es el más poderoso: Cargill,
que con una facturación superior a
107.000 millones de dólares [1] (y unos
beneficios de 2.690 millones, suficientes para garantizar la educación
de todas las niñas y niños del mundo)
alcanza casi la mitad del negocio de
alimentar al mundo. Si una sola empresa
tiene este control: compra, almacena
(acapara) y vende grano por
todo el mundo, cuando veamos los
vaivenes en los precios de los alimentos,
sabremos a quién señalar y
entenderemos el porqué de las crisis
alimentarias que dejan a millones de
personas sin capacidad para comprar
alimentos. Porque Cargill, además de
ser los amos del pastel, aprendieron
hace ya unos años que había otra forma
de ganar dinero con la comida, sin
construir ni un solo silo, ni comprar
barcazas o molinos. Dos divisiones de
Cargill se dedican al afanoso negocio
de especular con las pastillas amarillas
antes de que lleguen a nuestras
bocas. Se contratan cosechas que ni
tan siquiera se sembrarán y -¡hagan
juego, señores y señoras!- empieza
la especulación con el hambre de los
demás. Por cierto, gracias a la avidez
de Goldman Sachs, que también aquí
menea su cola de tiburón, desaparecieron
en los años 90 las prohibiciones
y, así, la especulación alimentaria
ganó en “participación democrática”.
Desde entonces, fondos de inversión
y fondos de pensiones (como el suyo
o el mío) también participan de este
negocio. Y la burbuja es cada vez más
grande, y sus ventosidades más peligrosas.

Y si de ventosidades hablamos,
quizás las más apestosas nos lleguen
de las pastillas rojas, de carne, donde
casi todo está bajo el control de una
megagranja, Smithfield (Campofrío
en España), de capital estadounidense
pero presente en medio mundo. Y en
el otro también. Hamburguesas preelaboradas,
salchichas precocinadas
y beneficios preestablecidos. Aunque
su especialización y receta más reconocida
ha sido el “cerdo deslocalizado”.
Sus granjas de cientos de miles
de cerdos confinados son complicadas
de manejar sanitaria y ecológicamente,
y más sencillo resulta llevarlas a
países terceros donde las condiciones
exigidas suelen pasar desapercibidas,
como en México, donde se inició el
brote de la gripe porcina que derivó en
Gripe A, contra las que las ilusionistas
corporaciones farmacéuticas nos vendieron,
por cierto, pastillas de color
farsante.

El pastel de las pastillas azules ya
casi está del todo repartido. En España,
gracias a muchas aportaciones públicas
tenemos uno de los gigantes, el capitán Pescanova, con pocos reparos
para hacerse con la pesca de ajenos y
de nuestros descendientes. Un planeta
con el mar vacio, y los mares rellenos
de jaulas con la pesca engordada, troceada
y lista para la exportación -del
Sur al Norte- es el bocadito con el que
sueña esta empresa. Merluzas de Namibia,
panga criado en Mozambique,
salmones en Chile. Son, finalmente,
miles de expescadores, con la soberanía
alimentaria saqueada, en cayucos
buscando otro lugar donde sobrevivir.

Y hablemos también de las pastillas
blancas, y de quién controla el
volante en el monopolio de los productos
lácteos. Como dice la canción,
“se repite la historia, sólo cambia el
actor”. Lactalis actualmente es el líder
europeo en el sector lácteo y tiene
gran afán en acaparar todo lo relacionado
con el sector. Sin saberlo es casi
seguro que estemos consumiendo sus
productos (la lista es muy larga: President,
Flor de Esgueva, El Ventero,
PULEVA, Chufi, Nesquik, La Lechera
o Helados Nestlé). Y lo grave de
esto es que no sólo nos está limitando
nuestra libertad de consumir otro
tipo de productos lácteos, sino que,
además, es quien peor paga y trata a
los ganaderos y ganaderas, cosa que,
como se sabe, conlleva la desaparición
de las y los más pequeños y con
granjas más sostenibles. Sólo resisten
los holding lecheros, donde la leche
no se considera un alimento sino un
bien para negociar, especular e invertir
el capital.

Y siguiendo con el cuento [que no
es mentira pues es verdad] aparecen
nuevos personajes que, también, son
grandes depredadores: los que proveen
de recursos para producir las
pastillitas de una manera determinada
y dirigida, y los que tienen el poder de
distribuirlas en el mercado.

El gran proveedor de productos
para la agricultura es Monsanto. Una
multinacional norteamericana que se
dedica sin escrúpulos a forrarse principalmente
con la producción de herbicidas
y de semillas genéticamente
modificadas. Tan sólo en el año 2010
obtuvo unos beneficios de 1.109 millones
de dólares (795 millones de
euros) [2]. Sabemos de su insaciabilidad sin límites para tener la propiedad
de las semillas, para
usar todo su poder económico
y político para inundar y
contaminar los campos con
sus semillas transgénicas.
Sabemos de sus productos
altamente tóxicos, que están
provocando auténticos desastres
medioambientales y
humanos (su agente naranja
usado en la guerra de Vietnam
como arma de destrucción
masiva o su producto
herbicida estrella Roundup, son
un ejemplo). Pero no imaginamos su
sed de poder, que disfrazan de buena
voluntad con el mensaje de empresa
comprometida en erradicar el hambre
en el mundo.

Recientemente, y para que no se
le escape el control de ninguna pastilla
verde, ha comprado la empresa
SEMINIS (líder mundial en el desarrollo,
producción y comercialización
de semillas de hortalizas híbridas en
el mundo). Incluso se atreve a vestirse
de defensor de la biodiversidad financiando
(junto con Fundaciones como
la Rockefeller, Bill Gates o Syngenta)
la construcción, en el Ártico Noruego,
de una bóveda con muestras de semillas
para proteger las cosechas de una
posible extinción causada por contaminación,
los desastres naturales o el
cambio climático. ¿Será otra estrategia
de estas oscuras empresas para hacerse
con todo el poder de las semillas
tradicionales? Será que sí.

Este tridente Monsanto-Fundación
Rockefeller-Fundación Melinda-Bill Gates
, mira por dónde, es el
mismo que está promoviendo y financiando
una nueva revolución verde en
África (AGRA) donde machacones
repiten que para erradicar el hambre
es necesario producir más alimentos.
Pero eso sí, para que esta gente tan fi-
lantrópica financie estos programas se
deben de usar las semillas y pesticidas
de Monsanto. Pura hipocresía para
hacer negocio a costa de la miseria de
los otros.

Y decíamos, ¿cómo nos llegan estas
pastillas de colores a casa? De eso
se encargan las grandes superficies
como Carrefour, Alcampo, Eroski o
Mercadona que, en los últimos años,
se ha convertido en la empresa líder
en supermercados en España y una
de las más valoradas porque, según
anuncian, compra directamente en
origen. Para ello disponen de una red
de interproveedores (que también fabrican
sus marcas blancas). Para cumplir
con las condiciones impuestas por
Mercadona, estos interproveedores,muchas veces, deben hacer frente a
grandes inversiones que se cubren con
sociedades de capital de riesgo, creadas
por la familia Roig -propietaria
de Mercadona- como Angels Capital
y Atitlán Alpha. Los volúmenes y
costos que exige Mercadona obligan
a modelos de producción insostenible.
Como el caso de la conservera Jealsa
(Rianxeira)
que le abastece de más
de 33 millones de latas de sardinas [3]
procedentes del Sahara Occidental
ocupado, para colmar las estanterías
con su marca blanca Hacendado.

Es el momento de exigir a Mercadona
que no se lucre a partir de los
recursos pesqueros
que Marruecos está
robando al pueblo
saharaui. Comprar
robado es robar, es
decir, otra manera
de vulnerar la soberanía
alimentaria de
un pueblo: esquilmar
sus recursos
sin dejar beneficio
alguno. Recientemente
hemos visto
publicado el cuestionamiento
grave
que informes solicitados
por el Parlamento
Europeo
hacen del Acuerdo
Pesquero de la UE
con Marruecos (por
ello las flotas pesqueras
españolas
pueden operar en
territorios ocupados
por el reino alauita).
En ellos se advierte
que de toda esta negociación
comercial
no hay ninguna garantía
de beneficios
para pueblo saharaui, y aún así (y saltándose
sus propios requisitos), la UE
ha concedido una prórroga de un año
para este acuerdo pesquero.

¿Y si las pastillas alimenticias no
se consumen en casa? Una gran parte
de las empresas que monopolizan la
producción y distribución de los sectores
alimentarios ha sido muy ágil para
hacerse con este sector en expansión:
el mercado de la alimentación fuera
del hogar que moviliza unos 30.000
millones [4] de euros anuales, abarcando
a tanto la restauración comercial
(restaurantes, take-away, restaurantes
en ruta...) como la restauración colectiva
(comida en hospitales, escuelas,
servicios públicos, comedores de empresas...).
Sin prejuicios ni manías,
han creado un club de élite, al que han
puesto el nombre de Grupo Greco,
formado por 19 empresas líderes en
el mercado de alimentación: Bel Foodservice,
Bonduelle Food Service,
Calvo Distribución, Campofrío, Corporación
Alimentaria Peñasanta, Findus
Food Service, Florette, Gallina
Blanca, Kellogg, Kraft, La Masía, Leche
Pascual, Maheso, McCain, Nestlé
Professional, Nutrexpa, Pescanova,
Sara Lee y Unilever Foodsolutions.
¿O acaso creíamos que el hecho de
que sólo exista café Marcilla o Nescafé
o zumos Pascual en la mayoría
de los restaurantes de carretera o de
hospitales es casualidad?

Y un campo descolorido

Si esto nos asusta por lo que significa
de control para nuestra alimentación
y nuestra salud, para las gentes campesinas
significa la desaparición (o en
el mejor de los casos la servidumbre
extrema a estas corporaciones). El
hambre, la pobreza en el campo, la
comida insana son resultados de este
patrón neoliberal que en la alimentación
es muy sencillo de desvelar. Ya
se cantaba en las trincheras durante la
Guerra Civil, y está más vigente que
nunca:

«Qué culpa tiene el tomate
que está colgado en la mata,
si luego viene un hijo de puta
y lo mete en una lata
y lo manda pa Caracas».

Porque también es histórica la lucha
por una justicia rural, que hoy
se abandera con el paradigma de la
Soberanía Alimentaria, aglutinando a
millones de campesinas y campesinos
que saben de carrerilla como acaba la
tonada:

«Cuándo llegará el día
en que la tortilla se vuelva,
donde los pobres coman pan
y los ricos mierda, mierda».

Gustavo Duch y Carles Soler
Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y
Culturas

- Este artículo ha sido publicado en el nº 49 de Pueblos - Revista de Información y Debate, especial diciembre 2011.


Notas

[1Según el Informe Fiscal 2010 de Cargill.

[2Según el Informe Anual 2010 de Monsanto

[3Según datos del Observatorio de Recursos Naturales del Sáhara Occidental (WSRW). Público, 20 febrero 2011.

[4Según informaciones del Club Greco.


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