OMAL

Sobre el presente y el futuro del capitalismo global

Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate

Martes 11 de julio de 2017

Recientemente publicamos, en el Dossier nº 26 de Economistas sin Fronteras, el artículo “La que se avecina: hacia un capitalismo (aún) más salvaje”. En él tratábamos de analizar las perspectivas futuras del sistema capitalista, que atraviesa un momento crítico, tanto por el colapso ecológico en ciernes como por sus propias dificultades para iniciar una nueva onda expansiva. En este sentido, concluíamos que nos aventuramos en las siguientes décadas a un escenario conflictivo y más salvaje, en el que las grandes corporaciones ganan protagonismo y en el que la soberanía de Estados y pueblos se cercenarían mediante la nueva oleada de tratados de comercio e inversión, dando lugar a una sociedad global más excluyente y violenta.

Frente a esta mirada del presente y del futuro, Antonio Vives, en una entrada publicada en agorarsc.org, conviene con el artículo en que el capitalismo atraviesa una situación complicada, pero discrepa profundamente sobre quién es culpable de la misma. Para Vives, la máxima responsabilidad en ningún caso se situaría en las grandes corporaciones ni en el propio sistema, sino exclusivamente en la incapacidad de los gobiernos para hacer prevalecer el interés general. Achaca de este modo extremismo y dogmatismo a quienes criticamos el rol de las empresas transnacionales, y carga todas las tintas en las administraciones públicas.

El argumento no suena muy novedoso. Básicamente es el mismo mantra (ultra)liberal que llevamos escuchando desde los años 70 del siglo pasado, y que profesa una fe inquebrantable –pese al duro contraste de la realidad– en la primacía de los mercados capitalistas como premisa del bienestar de las personas y de los pueblos. Pareciera así obviar la relación directa del capitalismo con las crecientes desigualdades, el cambio climático, el agotamiento de los recursos fósiles, etc. El problema no sería el sistema, sino que este aparecería más bien como la solución. Y siempre con la misma receta mágica: fe en los mercados, fe en las empresas, fe en la innovación tecnológica. Repetimos, fe, porque se trata más de una religión que de un ejercicio analítico e histórico. Y, por supuesto, en la génesis de los problemas no estarían las señas de identidad del capitalismo (crecimiento incesante, consumo ilimitado, disputa entre capital y trabajo, etc.) ni la acción concreta de las empresas, sino únicamente unos gobiernos ineficaces e incapaces de hacer cumplir su mandato democrático y popular.

No obstante, resulta bastante ingenuo negar hoy en día el rol que las grandes empresas transnacionales han alcanzado durante el proceso de globalización neoliberal, configurando un poder corporativo que sigue ganando protagonismo, y que ya no es únicamente económico, sino también cultural, político y jurídico. Y hablamos de poder corporativo desde este prisma multidimensional, pero también desde la superación de la falsa dicotomía empresa-Estado en la que se basa el argumento de Vives. De este modo, entendemos que el poder corporativo está conformado por una amplia red de agentes que persiguen intereses comunes, y en la que participan las grandes corporaciones, organismos multilaterales financieros y de comercio, así como parte importante de los Estados. Esta red defiende una agenda de desarrollo que venera el comercio internacional y la seguridad de las inversiones frente a cualquier otra consideración, y apuesta por un modelo de gobernanza que arrebata las decisiones a la soberanía popular en favor de dicho poder corporativo (como se constata en las negociaciones del CETA, TiSA, TTIP, etc.). Es ahí, en esta agenda, en este modelo de gobernanza y en esta articulación de agentes donde se sitúa el problema, y donde las grandes empresas juegan un rol fundamental. Por lo tanto, no se trata de apostar por la culpabilidad de un agente o por otro, empresas o estados, sino de analizar los vínculos y las apuestas de ambos en favor de objetivos comunes, que para nada tienen que ver con la democracia, los derechos y la sostenibilidad. Vives, al contrario, no entra ahí, y prefiere mantener la vieja dicotomía de hace cinco décadas, sin tener que realizar un ejercicio más exhaustivo y contextualizado del poder actual.

Partiendo de esta premisa, más que cuestionable, analiza las conclusiones del artículo. Así, en primer lugar, argumenta que ciertos abusos de las grandes empresas se producen por fallas de los gobiernos, que se resisten a ejercer su responsabilidad, mientras que las grandes empresas, inocentes, aprovechan estas grietas. Obvia en este sentido la apuesta conjunta del poder corporativo por amputar las capacidades de los gobiernos en favor del mantra del comercio y la inversión internacional a través de nuevos tratados, generando un cortafuego frente a posibles gobiernos de izquierdas que pretendan primar la democracia y el mandato popular. Estos tratados, mediante las lógicas de la convergencia reguladora y de los tribunales privados de arbitraje –donde solo las empresas pueden denunciar a los Estados, no al revés– persiguen aumentar más el poder de las corporaciones, en una acción conjunta de élites políticas y económicas. ¿No es más salvaje una sociedad donde Veolia puede denunciar a Egipto por subir el salario mínimo, si eso altera las condiciones del contrato de transporte público de la capital? ¿Es ineficacia o es agresión contra la soberanía popular que Vattenfall denuncia a Alemania por poner fin a la energía nuclear y de ese modo lesiona sus intereses corporativos?

Esa es la gobernanza que nos quieren imponer, y no es cuestión de fallos del gobierno, sino más bien de la voracidad de lucro y beneficio del poder corporativo, completamente alejados de los derechos de las mayorías sociales. En sentido contrario, hoy en día se discute en Naciones Unidas una propuesta en favor de un tratado vinculante sobre empresas transnacionales y derechos humanos, liderada por Ecuador entre otros países. ¿Votará a favor el poder corporativo? ¿Las grandes empresas estarán de acuerdo con someterse a reglas vinculantes y no voluntarias como hasta ahora? ¿Estará Vives en favor de apoyar esta propuesta de defensa de los derechos humanos que puede limitar la actuación de las empresas y fortalecer las instancias públicas?

En segundo lugar, Vives aboga por que el agotamiento de los recursos energéticos –y naturales en general– conducirá a una espiral de innovación que generará un círculo virtuoso de colaboración, en vez de recrudecer la disputa entre Estados y grandes empresas por el control de los mismos. De nuevo, la fe por encima de la realidad. Asistimos a conflictos donde los bienes naturales tienen un papel significativo (Ucrania, Siria, Rusia, Venezuela, etc.), pero esta cuestión se obvia, y se apuesta por un capitalismo verde y renovable, como el que Iberdrola impulsa en el istmo de Tehuantepec en México, expulsando a campesinos y campesinas y generando electricidad para empresas de grave impacto ecológico a través de desiertos eólicos. No parece un círculo virtuoso, ni mucho menos.

Por último, en tercer lugar se plantea, frente al carácter especulativo, cortoplacista y sobrecomplejizado del capitalismo actual…apostar por la RSC, por la responsabilidad social corporativa, esto es, por el voluntarismo de las empresas para implicarse en los retos globales de desarrollo y sostenibilidad. Si no nos estuviéramos jugando el futuro en esto, podríamos hasta hacernos sonrojar el candor y la ingenuidad que desprende esta afirmación. ¿Será que todo se solucionará con más RSC de entidades que persiguen como meta fundamental el lucro? ¿La desregulación financiera ha aparecido porque sí, sin la incidencia del poder corporativo? ¿Van las empresas a invertir en la economía productiva y sostenible sin expectativas de una onda expansiva?

En definitiva, estos y otros argumentos frente a nuestra consideración de que vienen tiempos difíciles, salvajes, y en los que las corporaciones ganan posiciones frente a los Estados, los pueblos y las personas, se sostienen sobre viejas recetas, falsas y descontextualizadas: primero, la falsa dicotomía corporación-Estado, que carga las tintas en este último obviando el poder corporativo en su integridad; segundo, la fe en los mercados y las empresas, capaces de cualquier reto si los gobiernos no lo estropean, y por tanto inocentes ante todo lo que nos ocurre, pese a las evidencias que los sitúan en la génesis de nuestros problemas; y tercero, la negación de las tendencias estructurales y sistémicas del sistema capitalista que lo sitúan en un punto crítico, frente al cual solo se receta voluntarismo y RSC.

Nada nuevo, por tanto, que nos haga cambiar la mirada sobre el presente y el futuro del capitalismo, que sin duda hay que transformar radicalmente en favor de la democracia, la sostenibilidad y la justicia.