Tormentas

María González Reyes

Domingo 12 de enero de 2020

A mi abuela le daban miedo las tormentas. Cuando notaba el primer relámpago se metía en la cama y ponía la cabeza debajo de la almohada. Sabía que ese trozo de tela y tejido blando no le protegería, pero le ayudaba a no escuchar los truenos.

Yo pensaba que era por el miedo a morirse atravesada por un rayo. En el pueblo había pasado alguna vez. Y mi abuela, por encima de todo, tenía claro que no quería morirse.

El día que le pregunté fue por charlar, porque me encantaban esas conversaciones pausadas después de la cena, con la cocina ya recogida y las piernas calentándose en el brasero de picón que llevaba desde por la mañana colocado debajo de la falda de la mesa camilla. Las manos sobre la mesa. Ella tejiendo. Siempre estaba haciendo algo. Abuela, ¿por qué no te gustan las tormentas? Y ella, desde sus ojos oscuros, me contó lo que pasó un día de tormenta, hacía ya muchos años. Noche oscura. Golpes en la puerta. Golpes como látigos. Luz de candil. Escalera de madera. Su madre le da un beso eterno. No he hecho nada malo. Le coge las manos entre las suyas. Quiero que tengáis un mundo mejor. Da igual lo que te digan, solo he intentado hacer un mundo mejor porque te quiero. Y se la llevaron. En plena tormenta. Con la guerra recién terminada. Y a la madrugada ya estaba la noticia de que la habían matado. En una cuneta. Noche de tormenta.

Las manos siguen sobre la mesa. El calor del brasero se hace más necesario. Pongo mis manos entre las suyas. Ella, dedos suaves y retorcidos por la artrosis, mete mis manos y las suyas debajo de la falda de la camilla.

Se te quedaron las manos frías. Dijo. Te voy a ayudar a calentarlas.

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