Silencio

María González Reyes

Domingo 20 de mayo de 2018

Para sobrevivir aprendieron a no hacer silencio.

Asambleas barriales, villeras, populares.

Los otros no lo sabían.

Y trataron de ocultar, recurrentes, sus vidas de barrios pobres.

Los llamaron los sin voz (olvidando nombrar la sin voz de ellas)

Pero aprendieron a no hacer silencio.

Nadie se acostumbra a la indignidad.

Por eso Noemí llora cuando llueve sobre su techo de chapa con agujeros.

Por eso Carlos llora cuando se acabaron los sándwiches del quiosco de la esquina y sabe que nadie entra en el barrio para hacer reparto a domicilio. Aunque no llueva.

Aprendieron a no hacer silencio.

Reivindican su cultura. Cumbia villera. Fútbol jugado por mujeres y hombres en las calles.

Y el vecino de Noemí viene a ayudarle a sacar el agua de la casa. Aunque siga lloviendo.

Y Eli, la de la sandwichería, le lleva a Carlos un plato (aunque no alcanzar para llenarlo del todo) del guiso que preparó para comer.

Por esas cosas saben que de la indignidad se sale.

Cumbia villera. Fútbol en las calles. Mujeres. Hombres.

Nadie tiene dinero en el barrio para pagarse un entierro. Pero ningún muerto se queda sin su cajón. Tampoco las niñas. Ni los niños.

Todo el barrio participa en las colectas comunitarias. Es también una forma de pagarse el propio funeral. La muerte en el barrio a menudo no avisa. No tiene que ver con la edad.

Las balas perdidas de la policía siempre se pierden sobre los cuerpos de las personas que viven en los barrios pobres.

Pero aprendieron a no hacer silencio.

No se lo enseñaron en la universidad. Ni en la televisión. Ni en la escuela.

Lo aprendieron de otras pobres. De otros a los que llaman sin voz.

Y vienen. No para decir gracias. Vienen para decir basta.

Se acabó el silencio.

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