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Escalera, martillo y cincel

María González Reyes

Domingo 6 de mayo de 2018

Había muerto el dictador, aunque eso no significaba que hubiera democracia. Buscó un albañil que estuviese dispuesto a seguir sus directrices y cargados con una escalera, un martillo y un cincel, se pusieron a caminar por el barrio.

Ella sabía dónde estaban todos los símbolos franquistas. Años atrás había sido testigo de cómo los habían ido poniendo. Memorizó la localización de cada uno de ellos.

Cada vez que llegaban a uno él se subía y ella sujetaba la escalera. No hace falta, tiene un tope de seguridad y no me voy a caer, decía él. Y ella: yo te sujeto que estoy vieja para subir pero sí puedo colaborar sosteniendo la escalera desde aquí abajo. Y esa misma conversación la repetían cada vez que quitaban el cartel de una calle o rompían símbolos esculpidos en la piedra.

Lo hicieron a plena luz del día, con la legitimidad de quien sabe que la paz se construye reparando el daño.

Nadie les preguntó qué hacían. Nadie les paró. Muchas personas se sintieron profundamente agradecidas.

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