Labios rojos

María González Reyes

Domingo 19 de noviembre de 2017

Lo que más tengo de abuela es que siempre llevo caramelos en los bolsillos. Aunque no los compro para mi al final la mayoría me los acabo comiendo yo. Meto la mano en un bolsillo, juego un rato con el papel y al final no me resisto. Pero cada vez que tengo la oportunidad reparto alguno, sobre todo entre la gente a la que le entra esa tos molesta que da carraspera, aunque no sea una niña o un niño. Casi siempre me los aceptan.

Cuando saco uno del bolsillo para comérmelo nunca lo cambio por otro, aunque no sea del sabor que más me apetezca en ese momento. El que toca, toca. Dice mi bisnieta. Y yo le hago caso porque las niñas de cuatro años dicen cosas con mucho sentido. Cuando sale uno de fresa siempre recuerdo a Miguel. A veces se llega a los recuerdos por cosas sencillas. Cuando ocurre una asociación de esas, de forma irremediable, te devuelves una y otra vez al mismo lugar. A mi me pasa con los caramelos de fresa y con Miguel. Creo que el recuerdo me viene no tanto por el sabor del caramelo sino por cómo se te tiñen los labios y la lengua de color rojo. Labios rojos. A veces pienso que me gustaría volver a pintarme los labios de rojo. Una vez me los pinté para subir a ver a Miguel al monte. Menos mal que llevaba la cara tapada con la bufanda por el frío que hacía y cuando me pararon los guardias civiles no se dieron cuenta. Me mandó mi madre a por leña, y seguí caminando. Ya nunca volví a pintármelos para ir a verlo, nadie se pinta los labios para ir a recoger leña o comida al monte. Habría puesto en peligro a varias personas si se hubieran dado cuenta esos guardias civiles. Además creo que el riesgo no mereció la pena porque cuando llegué ya no quedaba nada de la pintura sobre mis labios, parte se quedó en la bufanda y parte me la comí de los nervios que me entraban siempre que subía.

Era angustiosa esa sensación de encierro dentro de tu país. Un país que para los que se escondieron en el monte al perder la guerra se reducía a las montañas y para las que nos quedamos en la aldea todavía era más estrecho, más asfixiante, más triste. Había una frontera que te impedía salir hacia otros lugares y que cada vez aprisionaba más. Dictadura militar. No te podías pintar los labios de rojo para ir al monte.

Ahora parece, por lo que se escucha en las noticias, que puedes salir de tu país si está en guerra. Tienes derecho a salir, dicen. Pero no sirve de nada porque se les impide entrar en los países a los que quieren llegar. Es un sinsentido ¿para qué sirve poder irte de tu país si no puedes entrar en otro? A mi me da pena, la verdad, la gente apelotonada detrás de las vallas. Migrantes, refugiados, qué mas da. Me angustia pensar cómo se sentirán, que quieres que te diga. Yo también pasé hambre y miedo.

Si me dicen que elija entre que mi nieta encuentre un trabajo o que se lo den a ellos respondo que ese no es el debate. Ese no es el debate, les digo, esa no es la elección. Que mi nieta tenga o no trabajo no depende de que vengan más personas de otros países. Mi nieta y las personas que vienen de fuera están en el mismo lado, aunque haya una frontera que las separe. Están del lado de las que se muerden los labios por el miedo, de las que se los tapan con bufandas para protegerse del frío. Son otros los que borran el rojo de sus labios.

Si te los muerdes con suavidad durante unos segundos se tornan de un color más vivo y alegre, casi rojo, le digo a mi nieta que se sabe la historia de Miguel y los del monte, y eso no hay nadie que pueda impedir que lo hagamos.

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