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Las alternativas al sistema y el dilema de Galeano

Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate (La Marea, 10 de noviembre de 2017)

Viernes 10 de noviembre de 2017

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Cualquier persona preocupada por cambiar las cosas, por construir alternativas al statu quo, tendrá en mente esta frase atribuida a Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Con ella, el escritor uruguayo destaca la capacidad que tendrían miles de alternativas diversas y locales –un verdadero “mar de fueguitos”– de generar un gran incendio que logre transformar las dinámicas y estructuras económicas, políticas y culturales que hoy nos condenan a una crisis de raíz civilizatoria.

La frase tiene dos lecturas muy positivas. Por un lado, pone en valor la agencia humana, la capacidad de todos y de todas por actuar políticamente, por influir en el curso de las cosas no solo desde la macropolítica sino también desde la vida cotidiana. Así, la emancipación y el cambio social no serían asuntos de unos pocos, ni algo que se decide únicamente en ámbitos multilaterales alejados de la ciudadanía, sino eso que nos atañe a todos y todas. Ser parte de grupos de consumo responsable, acudir de manera preferente a los mercados sociales, defender los derechos laborales, corresponsabilizarse en la distribución de las tareas de cuidados, militar en movimientos sociales y organizaciones políticas, salir a la calle a manifestarse y movilizarse… son cuestiones que no debemos obviar.

Pero, además, Galeano posiciona la esperanza como variable irrenunciable, enfatizando el potencial transformador de las múltiples iniciativas que se enfrentan a esa idea con la que nos taladran desde los tiempos de Margaret Thatcher: no hay alternativa. De esta manera, la cita considera cada iniciativa en sí como un cambio pero, sobre todo, como germen de transformaciones profundas en favor de la humanidad y del planeta, que dan pie a lo otro posible. Frente a las privatizaciones se pueden oponer remunicipalizaciones, como en 2008 hizo París con el agua, en una disputa con los gigantes corporativos Suez y Veolia. Frente a la impunidad con la que operan las transnacionales, se contraataca con la propuesta de una normativa internacional vinculante para obligar a las multinacionales a cumplir los derechos humanos, impulsada en la ONU por países como Ecuador y Sudáfrica. Frente a la inevitabilidad de las élites económicas, se pueden sostener empresas sin patrón, con criterios democráticos y bajo la primacía del trabajo, como muestra el movimiento de empresas recuperadas –que avanza en América Latina y se extiende por Europa– o la pujanza de la economía solidaria y la soberanía alimentaria. Bien pudieran ser estas las bases para provocar ese incendio.

Entre el incendio y las cenizas

No obstante, la frase también puede tener una lectura más cuestionable. Porque pudiera dar a entender que simplemente atendiendo a nuestras luchas más cotidianas y locales, concentrando los esfuerzos en el ámbito más cercano de vida, estaríamos en condiciones de desmantelar esa cosa escandalosa que nos aboca a un atolladero histórico. Nos conformaríamos así con la disputa en las periferias, y no también en los centros; con el rescate de espacios menos agresivos, pero sin querer ganarlo todo para todas y todos; con mejoras parciales, evitando una mirada diversa pero integral. La frase, de esta forma, nos trasladaría un buenismo antiestratégico y antipolítico que cifra en la fe las esperanzas de convertir lo pequeño en grande, sin explicar ese salto, quién o cómo se produciría, pese a la envergadura del adversario.

Luchamos contra un sistema que cuenta con un proyecto integral, que cada vez tiene menos fronteras. Un proyecto que, en síntesis, se podría explicar por apuestas que ya están en marcha. Como el desmantelamiento de los mínimos democráticos en el altar del gobierno de facto de las empresas transnacionales, mediante una nueva oleada de tratados de comercio e inversión y bajo un patrón de apropiación corporativo del territorio. O el ensayo de un muy cuestionable nuevo ciclo de crecimiento económico en base a la inteligencia artificial y al “capitalismo verde” –sin garantía de alcanzar la productividad generalizada esperada, o de construir más empleo del que se destruya– que nos aboca, de la mano de la prioridad de las finanzas y la deuda, a una constante incertidumbre y especulación que además ahondará el abismo social y el colapso ecológico. Al igual que el impulso, frente a otras posibles agendas inclusivas y pacíficas, del fascismo social, el miedo y la guerra, tal y como destila Trump como avanzadilla de lo que nos viene.

Frente a este proyecto, ¿múltiples iniciativas, interesantes y emancipadoras, pero también frágiles, vulnerables, inconexas? El mar de fueguitos pudiera entonces no convertirse en incendio, sino más bien en un mar de cenizas. Es el dilema que nos ofrece la frase de Galeano: movernos entre el incendio y las cenizas. Ninguno de los dos términos son seguros, ambos son posibles. Podemos poner en valor lo que se está haciendo, claro, y no caer en la desesperanza, por supuesto. Pero tampoco se trata de poner todos los huevos en el cesto de la fe en lo pequeño, contentarnos con victorias parciales, puntuales o locales. Más bien se trataría, bajo dicha base, de apostar por la disputa total, a partir de la articulación de agendas y estrategias que, desde la diversidad, marquen otros horizontes para las grandes mayorías sociales.

Estrategias inclusivas en transición

Frente a la agenda suicida y biocida que nos ofrece el statu quo, plantear agendas y estrategias en defensa de la vida que articulen un horizonte alternativo, en base a lo que ya se está ensayando y poniendo en práctica. Este es el reto fundamental, y dos son los conceptos que nos pueden ayudar en esta tarea: transición e inclusión.

Transición para tratar de aunar, en una lógica temporal y de creciente intensidad transformadora, el abordaje de las necesidades prácticas, urgentes e inmediatas de las mayorías sociales. A la vez prefiguramos nuevas sendas por las que avanzar, que apuesten por la transición energética, por los circuitos económicos cortos, por lo local como ámbito estratégico, por la defensa de lo público dentro del marco más amplio de lo común, por una verdadera democracia, etc. Aunque estos elementos no sean premisas de actuación sino referencias hacia las que avanzar. Tan malo sería limitarse a resolver lo concreto dentro del estrecho marco de lo posible, como construir lo nuevo desde el alejamiento de la realidad vital de los sectores populares. Marcar horizontes de radicalidad, mientras se acompañan los procesos del sujeto popular, amplio y diverso, es una de las claves emancipadoras.

E inclusión, como vía para sumar esfuerzos ante un sistema de dominación múltiple que nos afecta gravemente –aunque de maneras diferentes– y que se define por su complejidad, por lo que también compleja debe ser la respuesta. De esta manera, a partir del reconocimiento de la diversidad y de las asimetrías, resulta estratégico aunar agendas y sujetos, como comenzaron a trabajar hace una década en la Conferencia de Nyeleni (Mali) la Vía Campesina, la Marcha Mundial de las Mujeres y Amigos de la Tierra.

Y también articular esfuerzos en todos los niveles competenciales, afianzando las luchas por el territorio desde una mirada integral y global, como por ejemplo están haciendo los sindicatos canadienses, las activistas ecologistas brasileñas y las comunidades mozambicanas, todas ellas afectadas por la gran corporación minera Vale. Así como corresponsabilizarse de la lucha política, allá donde sea posible, entre comunidades, movimientos sociales e instituciones públicas, como ha puesto de manifiesto la experiencia napolitana en defensa de los servicios públicos desde una alianza público-autogestionaria. El combate es explícito y duro, por lo que agentes, sectores o territorios aislados no están en condiciones de afrontarlo desarticulados. La inclusión, donde sea posible, y asumiendo su complejidad, se convierte en otra necesidad perentoria.

Disputar con audacia los sentidos comunes

Ante la agudización de esta compleja disputa entre capital y vida, y bajo el reto de construir alternativas inclusivas de transición, ¿qué hacer, qué priorizar? Por supuesto, es una cuestión específica de cada contexto y situación, no algo que se pueda generalizar. En todo caso, en coherencia con lo dicho, se trataría de priorizar apuestas dentro de un triángulo marcado por aquello que sea eficaz para desmantelar el proyecto hegemónico, incorpore la pedagogía política suficiente para movilizar a las grandes mayorías sociales y, por último, asuma una mirada inclusiva, preferentemente con los sujetos, dinámicas y espacios más olvidados.

En este sentido, frenar la renovada oleada de tratados de comercio e inversión; defender el territorio y los bienes comunes; enfatizar el carácter insostenible, odioso e ilegítimo de parte importante de la deuda; y confrontar el relato de fascismo social para señalar a los verdaderos antagonistas de la vida, son algunas posibles referencias, que en todo caso corresponden a cada estrategia y agenda específica.

Mejor coger lo bueno de la frase de Galeano y añadirle un cierto sentido estratégico, con una lógica inclusiva y de transición. El sentido común frente a esta afrenta contra la vida está de nuestra parte, podemos aprovechar con audacia esta oportunidad.


Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)Paz con Dignidad.

Ver en línea : La Marea, 10 de noviembre de 2017.


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