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Trump y la derecha que viene

Gonzalo Fernández, Andrea Gago Menor y Suso López (Pueblos, nº 74, julio de 2017)

Lunes 17 de julio de 2017

Tras cumplir en abril los cien días de rigor, diarios y televisiones de todo el mundo abrían sus ediciones con crónicas en las que hacían balance de la presidencia de Donald Trump. “Mucho ruido y pocas nueces”, titulaba Peter Baker en la edición en español de The New York Times [1]; “La realidad vence a Trump”, destacaba Jan Martínez en El País [2]; “Trump, un pato cojo tras 100 días”, encabezaba su crónica Pablo Pardo, corresponsal del diario El Mundo [3] en Washington. Son solo algunos de los titulares que retratan el inicio de mandato del magnate metido a presidente, que parece haber oscilado entre la bravuconada y el choque con la realidad sin por ello perder pujanza política entre su electorado.

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Al margen de la opinión que nos merezca el propio Trump, sus primeros pasos en la Casa Blanca lo sitúan en unos índices de aprobación que rondan el 40 por ciento, los datos más bajos en este período de un presidente en la historia moderna de los Estados Unidos, y su estrategia de campaña “Donald Trump’s Contract with the American Voter” (Contrato de Donald Trump con el votante americano) se quedó en poco más que en agua de borrajas. De las 44 propuestas que recoge el documento, a ejecutar en los primeros cien días de mandato, solo cinco se habían desarrollo en su totalidad, catorce estaban en proceso y 25 no habían prosperado, según se puede ver en la web www.track-trump.com. Pese a todo, Donald Trump sigue ahí y lo hace, como recuerda Miguel Ángel Simón en el blog Piedras de Papel de eldiario.es [4], a pesar de “haber incumplido buena parte de sus compromisos y haber girado 180 grados en algunas de las líneas maestras que definieron su campaña, pero mantiene casi intacta la base de votantes que le llevaron a la Casa Blanca”.

Podemos afirmar en este sentido que Trump e incertidumbre son dos elementos estrechamente unidos, por lo que resulta imposible aventurar nada concreto en cuanto a la figura del presidente. Desde El País, por ejemplo, el periodista Jan Martínez [5] lanzaba mensajes tranquilizadores como “Trump aprende. El empresario que a lo largo de su vida se reconstruyó tantas veces como fue necesario está mudando de piel” o “La nueva narrativa ha incorporado un elemento que Trump desechó en su campaña: la realidad”.

Pero, en sentido contrario, no todo el mundo sostiene que el sistema económico y político actual sea capaz de poner freno y mitigar la agenda que Trump defiende y abandera. De esta manera, sus vaivenes y limitaciones no convierten las propuestas de Trump en pólvora mojada ni mucho menos, sobre todo si lanzamos una mirada analítica global sobre los cambios políticos que se están produciendo en los últimos tiempos: Brexit, auge de la extrema derecha en Europa, golpe parlamentario en Brasil, ofensiva colonial de la Troika sobre Grecia, gobierno violento en Filipinas, etc.

Capitalismo de guerra frente a universalista

Estos son síntomas que no pueden ser analizados de manera aislada, sino que pudieran significar un cambio de paradigma o, al menos, una fuerte disputa en este sentido. Así, quizá podríamos estar asistiendo a una profunda crisis del capitalismo universalista vigente desde la II Guerra Mundial (caracterizado por la pretensión de generar un mercado globalizado y autorregulado, bajo el paraguas y retórica de los derechos humanos y la democracia), ante la cual se posiciona otro capitalismo de guerra, sin caretas y sin retórica, que representarían Trump y compañía.

Los síntomas de los que hablamos constatan, por un lado, cómo este modelo universalista ha roto los consensos o pactos nacionales entre capital y trabajo en función de diferentes formulaciones del Estado del bienestar (fundamentalmente en el Norte Global, que es donde se permitieron y donde han facilitado cierta estabilidad social y política) sin ofrecer alternativa alguna a las lógicas de deslocalización, terciarización, desinversión interna, desempleo y precariedad vinculados a la globalización neoliberal. Por otra parte, consideran que la delegación de soberanía nacional a órganos supraestatales propia de la lógica de los acuerdos y tratados regionales y globales impide el desarrollo de políticas autónomas y constriñe las capacidades económicas de los capitales propios al obligar a pactar con los foráneos desde un prisma multilateral, cediendo así necesariamente poder en un momento en el que la tarta no da para todos.

Por tanto, no todos los capitales tienen expectativas positivas en el modelo de capitalismo universalista ni posibilidad de sustento político y social que garantice su sostenibilidad. Debido a ello, algunos de ellos (sobre todo los que tienen su matriz en el Norte Global, y que acumulan, por tanto, un notable poder de negociación), apuestan por ampliar su trozo de tarta frente a otros, transitando del universalismo a la guerra económica.

Se plantea así la posibilidad de impulsar un relato y una agenda que prime la defensa de los capitales nacionales frente al capital en general; que limite el costo de la apuesta global en su retórica multilateral; que integre en su base política no solo al capital nacional, sino también a parte de la clase trabajadora ávida de recuperar inversión y empleo; que, finalmente, confronte aun retóricamente con dichas élites desde una ofensiva contra su imaginario liberal y progresista (derechos y libertades fundamentales, igualdad de oportunidades, diversidad sexual, protección del medio ambiente…), situando el debate político en una guerra entre pobres, contra lo otro, centrado especialmente en la migración como fenómeno directamente vinculado a la globalización y sus efectos.

Nos toca no perder de vista que los hechos se van sucediendo de manera cada vez más acelerada, con un Trump que disfruta haciendo sonar los tambores de guerra. Las últimas declaraciones grandilocuentes realizadas antes de finalizar este artículo y que han tenido eco en los medios europeos, las relacionadas con la muerte del estudiante estadounidense Otto Warmbier: “El destino de Otto profundiza la determinación de mi administración para evitar tragedias como esta, ocurridas a personas inocentes a manos de regímenes que no respetan las reglas el derecho y de la decencia humana más básica” [6]. Por lo tanto, y pese a los límites que está encontrando Trump a la hora de implementar su agenda, es importante analizar el fenómeno en términos globales y estructurales. Más allá de sus éxitos o fracasos puntuales, Trump es el abanderado de la nueva derecha ante la cual nos estamos ya enfrentando y, sobre todo, nos enfrentaremos en las próximas décadas, también en Europa.

Las piezas del mapa europeo

Si en EEUU, con una administración en crisis, una tasa de paro elevadísima y pocas perspectivas de futuro para amplias capas de la población, se había creado el caldo de cultivo perfecto para que calasen mensajes simples y populistas como los de Donald Trump, en Europa la situación no es muy diferente. El voto socialdemócrata ha sufrido varios años de caídas en todos los países de la Unión y son fuerzas alternativas de izquierda, centro-liberales y de extrema derecha quienes van ocupando cada vez más espacio político a los partidos tradicionales. Y aunque hay países que parecen no seguir esta tendencia, como los de Islandia o Portugal, y balones de oxígeno como los resultados de Jeremy Corbyn en las elecciones británicas de junio, los casos de Francia, Países Bajos, Austria, Hungría, Italia y Grecia sí nos permiten hablar del retorno del fascismo [7] en Europa.

El primer hito que dejó patente que nos encontramos en un cambio de ciclo fue la votación del Brexit, el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. El racismo existía antes del Brexit, por supuesto, pero fue esta votación la que provocó un incremento del 50 por ciento de las agresiones racistas. El resultado del referéndum abrió las compuertas a la manifestación abierta de la intolerancia, al lenguaje ofensivo y a los ataques directos. Nos gustaría compartir el optimismo que trasmite el editorial de Contexto [8] “Corbyn resucita el socialismo”, que sostiene que May se ha encontrado con que “el apoyo de la extrema derecha la compromete y no le da ventaja suficiente”, pero, en líneas generales, los éxitos que va cosechando la extrema derecha en determinados lugares van abriendo puertas, a gran velocidad, a iniciativas similares en otras zonas.

La vulnerabilidad económica de amplias capas de la población puede explicar parte del auge de la nueva extrema derecha, pero no todo. Como sostiene Helena Castellà [9], “en el ámbito europeo no son los países con una crisis económica más acentuada los que experimentan un mayor incremento del porcentaje de votos para la extrema derecha, como demuestra el caso del Estado español”. De igual modo, ejemplos como el de Hungría muestran que el porcentaje de personas inmigrantes en el conjunto de la población tampoco es determinante.

Aunque, como decíamos, las teorías socioeconómicas no explican completamente el auge de la extrema derecha, estas cuestiones sí permiten encontrar un patrón común entre Trump, Le Pen y otras propuestas del ámbito. Según explica Alberto Garzón [10], la extrema derecha “ha conseguido llegar a las víctimas de la globalización a través de proyectos políticos que implican promesas de protección construidas mediante discursos que llevan a guerras entre pobres”.

La indignación que generan las enormes desigualdades producidas por la globalización neoliberal no se convierten de manera natural en luchas transformadoras en un contexto de democracias de baja calidad. Lamentablemente, puede tornarse en propuestas políticas excluyentes e insolidarias que, lejos de mayores complejidades, prometan el regreso a lugares que nunca volverán (como el Estado del bienestar en el marco de un capitalismo basado en el Estadonación), dentro de estrategias defensivas y de “sálvese quien pueda”.

Claves de la nueva derecha y retos para la izquierda

Como hemos venido sosteniendo en los párrafos anteriores, tanto Donald Trump como las nuevas derechas europeas se presentan a sí mismas como salvadoras de las personas que más han sufrido los efectos de la globalización, manifestándose contrarias al gran capital, a la especulación y al papel de los organismos transnacionales.

Son, al mismo tiempo, identitarias, y se aferran a la lengua, a la tierra y a la religión. Creen en la supremacía blanca y se oponen al feminismo, a las minorías raciales, a todo lo que pueda parecer musulmán y a todo lo que lo que consideran “el imperio de lo políticamente correcto”.

Es bajo estas premisas que en Estados Unidos ha ido tomando especial relevancia el influyente movimiento Alt Right. Este movimiento, que cronológicamente surgió a la par que Occupy Wall Street, el 15-M y las primaveras árabes, fue alimentándose del malestar que descargaban en las redes sociales muchos jóvenes a través sobre todo del humor con altas dosis de reafirma Marcos Reguera [11], “a pesar de que el antirracismo o la tolerancia hacia la diferencia no son valores genuinamente hegemónicos en nuestra sociedad, en los medios de comunicación sí predomina una versión convencional y superficial de los mismos, que, unida a una actitud cada vez más intransigente de algunos de los militantes más activos de dichos movimientos, ha generado una oleada de rechazo creciente hacia esas ideas, formándose así un caldo de cultivo propicio para una nueva extrema derecha”.

Gran parte de sus referencias intelectuales no son, sin embargo, nada nuevas. Nos referimos, por ejemplo, a Ayn Rand, gran defensora del egoísmo como motor del ser humano y de la economía mundial. Para Jonathan Freedland [12], obras de Ayn Rand como El manantial (1943) o La rebelión de Atlas (1957) atraen de manera poderosa a un tipo de lector: “adolescente, masculino y sediento de una ideología cargada de certidumbre ética”, características que coinciden con el porcentaje principal de votantes de la extrema derecha en Europa.

Tanto el colapso ecológico como el auge de la extrema derecha nos indican que el momento actual es grave. Aunque en abril fue apartado del Consejo de Seguridad Nacional, Stephen Bannon sigue siendo muy influyente. Bannon asume la teoría de Strauss y Howe según la cual la historia se desarrolla en ciclos de 80 a 100 años, divididos en “altas”, “despertares”, “revelaciones” y “crisis”. Su confianza en este modelo queda patente en la conclusión del documental Generation Zero (2010) sobre el crash de 2008, escrito y dirigido por él mismo: “la historia se divide en estaciones, y el invierno está por venir”. El empuje de Bannon en la Administración Trump parece guiarnos precisamente hacia ese “invierno”, como si el mayor objetivo de este “guardián de las tareas pendientes de Trump” [13] fuese cumplir la profecía. Que en algunas manifestaciones en Estados Unidos se represente a Bannon, una persona que cree en teorías cíclicas fatalistas de la historia, como quien mueve los hilos de un Trump-marioneta, no transmite precisamente tranquilidad.

Por todas estas cuestiones, resulta urgente elaborar un diagnóstico del complicado momento actual, evitando caer en el debate trampa que plantea una elección simple entre un neoliberalismo supuestamente progresista y un proteccionismo fascista. Resulta urgente, a la vez, diseñar una agenda para un camino propio, realmente alternativo, pero que tenga muy en cuenta a los sectores cada vez más amplios de población que se sienten excluidos, que sufren de un modo u otro por las desigualdades creadas por la globalización. El problema no es solo que Trump esté en la presidencia de EE UU y la solución no es que Le Pen no haya ganado en Francia: la cuestión es que no sirven las recetas que se centran en salvar o redefinir al capitalismo en este momento crítico, porque todas ellas nos conducen al colapso ecológico, a los conflictos armados, a menor o mayor escala, y al abismo social.


Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es coordinador de Paz con Dignidad – Euskadi e investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL). Andrea Gago Menor coordina Pueblos-Revista de Información y Debate. Suso López (@Susolopez), que también forma parte del consejo de redacción de Pueblos, es comunicador audiovisual y especialista en gestión de la comunicación.

- Artículo publicado en el nº 74 de Pueblos - Revista de Información y debate, tercer trimestre de 2017.

Ver en línea : Pueblos, nº 74, julio de 2017.


Notas

[1Baker, Peter (27/04/2017): “Los primeros 100 días de Trump: mucho ruido y pocas nueces”, The New York Times, www.nytimes.com.

[2Martínez Ahrens, Jan (29/04/2017): “La realidad vence a Trump”, El País, www.elpais.com.

[3Pardo, Pablo (26/04/2017): “Trump: un pato cojo tras 100 días”, El Mundo, www.elmundo.es.

[4Simón, Miguel Ángel (27/04/2017): “100 días de Trump en el gobierno de las maravillas”, www.eldiario.es.

[5Ver nota 2.

[6Declaraciones tomadas de la noticia “Trump arremete contra Pyongyang tras muerte de estudiante”, HispanTV, 20/06/2017, www.hispantv.com.

[7Garzón Espinosa, Alberto (06/05/2017): “El retorno del fascismo en Europa”, La-U, www.la-u-org.

[8Editorial de Contexto del 9 de junio de 2017: “Corbyn resucita el socialismo”. Ver en www.ctxt.es.

[9Castellà, Helena (2016): L’extrena dreta, un fenomen europeu. Anàlisi de la presencia i impacte de la nova extrema dreta a Europa y als països catalans, Fundació Josep Irla.

[10Garzón Espinosa, Alberto (25/12/2016): “La extrema derecha es hija de la globalización”, www.eldiario.es.

[11Reguera, Marcos (22/02/2017): “Alt Right: radiografía de la extrema derecha del futuro”, www.ctxt.es.

[12Freedland, Jonathan (23/04/2017): “Ayn Rand, la virgen atea de la derecha, renace gracias a Trump y Silicon Valley”, www.eldiario.es.

[13F. Pereda, Cristina (06/05/2017): “Steve Bannon, el guardián de las tareas pendientes de Trump”, El País, www.elpais.com.


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