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Palabras que nos sostienen

María González Reyes (La Marea, 28 de noviembre de 2016)

Lunes 28 de noviembre de 2016

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Esta mañana vi a una mujer que limpiaba la calle (esa parte pública por la que caminamos) metida dentro de su bata de trabajo. Limpiaba como sacada de otra época, asumiendo que el resplandor del suelo es tarea suya. Limpiaba el suelo de un portal de escalera ancha de madera en el que (estoy segura) no vive. Quizás, mientras trabaja, piensa en quién organiza el mundo para que ella, en vez de limpiar su barrio, esté sacando brillo a un suelo que pisa otra gente que entra sin limpiarse los zapatos. Quizás se pregunta quién decidió que haya gente que viva pisando aceras que son barridas cada día por otras que viven en barrios periféricos, donde nadie barre la calle frente al portal. Seguramente se preguntará por qué ella es de las que limpian y no de las que pisan el suelo recién abrillantado.

Quien decide cómo funciona el mundo no somos todos (y mucho menos todas). Son solo unos cuantos quienes dictan normas, ponen las reglas y hacen trampa cuando algo no les sale bien. Los políticos organizan el mundo siguiendo los intereses de una élite y hacen trampa diciendo que están legitimados para hacerlo porque la gente les votó. Pero nadie votó a la élite que marca las reglas, que tiene mucho dinero y que acumula mucho poder. Nadie votó nunca a las multinacionales para que dirigiesen el mundo.

El dinero y el poder hacen que parezca que las empresas transnacionales tienen muchas virtudes y pocos defectos. Parece que gracias a ellas vivimos mejor porque hacen crecer la economía, que se preocupan por el medio ambiente como dicen en su publicidad, que tienen mucho interés porque los y las adolescentes tengan una buena educación ambiental y por eso financian programas de sostenibilidad en las escuelas, o que son empresas responsables y que es fundamental confiar en ellas para salir de la crisis.

El dinero y el poder hacen que sea difícil descubrir que son un lobby muy fuerte que influye de manera determinante en las decisiones que toman los políticos para ordenar nuestras vidas, y que estas decisiones favorecen sus intereses y por eso generan desigualdad. Es difícil descubrir que sus beneficios son para sus propietarios, que no los reparten entre las trabajadoras y trabajadores y menos entre la población y que, por eso, no tiene sentido llamarlas “nuestras empresas”. No se conoce que producen innumerables impactos ambientales en lugares lejanos de donde extraen los recursos, que agujerean la tierra que es sagrada para muchas de las comunidades que viven sobre ella, y que la contaminan junto con el agua y el aire. Tampoco se sabe que producen impactos sociales fuertes, principalmente en las personas que habitan las periferias del planeta, cuyas manos son, precisamente, las que sustentan su producción. Personas a las que, por cierto, no dudan en amenazar e incluso quitarse del medio cuando se oponen a sus intereses.

También es difícil saber que hay una brecha salarial brutal (los directivos ganan más de 100 veces lo que ganan algunas trabajadoras) o que nadie juzga sus actividades en terceros países, ni por contaminar, ni por explotar a las personas, ni por desplazarlas de donde viven (por eso deslocalizan su producción). No se sabe que las mercancías que mueven tienen más facilidad para atravesar las fronteras que muchas personas, ni que hay multinacionales que tienen más derechos que muchos de los habitantes de las periferias de este planeta.

Y es difícil saber todo esto porque la producción de historias ha sido acaparada por los dueños (que no las dueñas) del mundo. A los humanos nos gustan las historias, pero pocas de ellas hablan de cómo las multinacionales están destruyendo la base sobre la que se sostiene la vida debido a que extraen y emiten residuos de manera creciente.

Tampoco hablan de las vidas del otro lado de las fronteras, de las muertes que se esconden debajo de los escombros de las maquiladoras, pocas nos cuentan que somos ecodependientes (necesitamos a la naturaleza para poder sobrevivir) y que somos interdependientes (necesitamos cuidados a lo largo de nuestra vida porque nuestros cuerpos son vulnerables). Pocas tienen a mujeres como protagonistas. Casi ninguna las califica con los adjetivos fuerte o valiente.

Y, muchas menos historias, plantean como vencedora la lucha de una comunidad que consigue que no se haga una mina en su territorio o que no se privatice el agua. Tampoco hablan de las mujeres que pelean contra las patentes y que deciden no echar transgénicos en sus ollas. Raramente se cuentan esas victorias o se habla de la felicidad que produce a muchas comunidades vivir pisando suave el planeta. Pocas contienen las palabras rebeldía, poder popular, esperanza, redes o utopía.

Si no conocemos historias que nos cuenten que es posible construir otros mundos posibles, más justos, sostenibles y capaces de vivir en paz con el planeta, es más difícil que nos atrevamos a imaginarlos. Para cambiar el mundo (o al menos intentarlo) es necesario contar y visibilizar relatos que no son los que cuentan los poderosos. Para saltar por encima del miedo paralizante es importante escuchar historias de cómo otras y otros consiguen hacerlo.

Las historias no son neutras. Las palabras tampoco lo son y, por eso, unas se escuchan más que otras. Hay palabras que ayudan a sostener los núcleos de poder: banco, acumulación, beneficios, marketing, desarrollo, deslocalización, fronteras, mercado, propiedad privada, riqueza, medios de comunicación. Otras, sin embargo, hablan de gente que piensa que puede construir un mundo distinto y lo intenta y lo consigue, son las palabras que nos sostienen: alegría, colectivo, alternativas, cuidados, asamblea, desobediencia, dignidad, educación, feminismo, sueños, árbol. No son iguales todas las palabras, unas sostienen a unos pocos, otras nos sostienen a muchas, por eso no da igual cuáles usemos más.

Todas las palabras se pueden relacionar. Todo está relacionado. La palabra banco con la palabra acumulación con la palabra fronteras. La palabra periferia con la palabra policía con la palabra miedo. La palabra dignidad, con resistencias, con desobedecer. La polinización con la ecodependencia y con la vida. Cuidar con mujeres con trabajos invisibles. La palabra rebeldía con la palabra colectivo con la palabra alegría. Todo está relacionado. El sol con el romero y con las abejas.

Es necesario usar más, mucho más, las palabras que nos sostienen, porque ayudan a visibilizar que hay maneras de dar un puntapié a los núcleos acaparadores de riqueza y poder y reocupar el espacio que nos arrebatan.

Hay muchas personas que las usan a diario y que construyen, de manera colectiva, la palabra futuro. Yo las he visto. Personas que están empecinadas en no callarse ante las cosas injustas. Personas que se dejan arrastrar por la ilusión para no dejar cabida a la desesperanza. Personas que se agarran a los sueños colectivos y que impiden que nadie se los arrebate. Personas que dejan el yo para dar cabida al nosotras y nosotros. Personas que se divierten, que aman, que disfrutan de la vida. Personas que están convencidas de que si piensas que no se puede hacer nada por cambiar un mundo desigual e injusto es que no estás mirando todo lo que se puede ver. Personas que luchan porque nadie tenga prohibida esta palabra, la palabra futuro.


María González Reyes es activista de Ecologistas en Acción y autora, junto con Virginia Pedrero, de “Palabras que nos sostienen” (Libros en Acción y OMAL, 2016)


Ver en línea : La Marea, 28 de noviembre de 2016.


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