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Memoria

María González Reyes (Ecologista, nº 89, junio de 2016)

Jueves 25 de agosto de 2016

Cuenta que lo que más le gustaba de la escuela era hacer ejercicios de redacción. Cuenta también que quería mucho a su maestra y que por eso guarda ese y otros cuadernos. Hago el cálculo con su edad real (digo la que tiene de verdad y no la que dice tener, porque se niega a aceptar que ya pasó los 90) y descubro que guarda ese cuaderno desde hace 80 años. Cifra redonda.

Ese 2 de marzo era martes y recuerda hacia qué nueva España se dirigían: la del rosario como mantra para no pensar, la de mirar hacia el suelo, la de las armas que sonaban en las manos de los vecinos del pueblo, la de su padre republicano huido y escondido durante meses, la del boticario, el médico y el cura reunidos para decidir a quién mataban. La del miedo. La de su madre y otras madres peleando por la vida desde las cocinas. La de los y las muertas amontonadas fuera del muro del cementerio.

No quiere hablar de las mujeres a las que cortaban el pelo y hacían beber aceite de ricino antes de pasearlas por el pueblo con el intestino rebosando por el ano, ni de los “castigados” a los que hacían ir a misa y sentarse en el fondo de la iglesia para recibir la humillación escupida desde los ojos de los que se sentaban delante, ni de que no pudo cumplir su sueño de ser maestra.

Se agacha para mover el brasero con la badila y baja la voz: Te digo una cosa, tu abuelo y yo teníamos un truco que usamos mucho cuando éramos pequeños, nos dijimos el uno al otro que si cuando teníamos que callar ante cosas injustas o decir que creíamos en algo que nos parecía espantoso teníamos los dedos cruzados, eso significaba que no aceptábamos lo que estaba ocurriendo. Era un pequeño gesto de rebeldía infantil que nos permitió sobrevivir durante muchos años con la sensación de que no podían con nosotros. Yo tendría unos 10 cuando empecé a hacerlo y tu abuelo 12. Se detiene para ordenar la memoria y decidir qué parte contar en alto. Se nos ocurrió el día que mataron a nuestro tío Antón del que ya te hablé alguna otra vez. Pasamos horas subidos en las ramas de un alcornoque porque nuestra madre nos mandó que no volviésemos hasta la noche a la casa, creo que pensaba que se la llevarían a ella también y no quería que lo viésemos.

Nos quedamos calladas un rato, en nuestras conversaciones siempre hay silencios cómodos y pausados. Pienso en sus palabras sin odio pero cargadas de la necesidad de ser compartidas, de reivindicar su derecho a ser dichas en voz alta. Pienso en la memoria de esta mujer y en cómo retrasar el momento en que todo lo que me cuenta sea olvidado. En cómo hacer que su memoria sobre todo lo que vivió de una época que es mejor no olvidar permanezca. Cuando ella muera y yo muera y a quien yo pueda contarle esta historia también desaparezca, entonces, ¿quién recordará que una guerra y una dictadura le robaron su sueño de ser maestra?

Yo todavía sigo cruzando los dedos muchas veces. Comenta mirando por la ventana que da a la calle que lleva habitando desde que nació.

¡Pero ahora ya no hace falta!, le digo. Y ella sonríe. Los muertos de aquel tiempo siguen pudriéndose en el otro lado de la tapia del cementerio sin que nadie los saque.


Ver en línea : Ecologista, nº 89, junio de 2016.


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