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Mujeres contra el poder corporativo

Una mirada feminista a los impactos de las multinacionales

Erika González y Beatriz Plaza (Ecologista, nº 88, primavera de 2016)

Martes 24 de mayo de 2016

Las mujeres son las grandes damnificadas cuando una gran corporación se instala en el territorio. Su actividad empresarial acarrea una mayor explotación laboral para ellas, un aumento de la desigualdad salarial, invisibiliza e intensifica el trabajo de cuidados e incrementa la violencia contra el cuerpo de las mujeres.

“Antes iba al campo, trabajaba y traía un ingreso para la casa. Pero ahorita no, hay que esperar que el marido consiga algunos días de trabajo para traer algo a casa”. El testimonio de María Denis Trillero muestra cómo está siendo afectada su vida por la construcción de la presa hidroeléctrica El Quimbo, en Colombia. La empresa responsable de esta obra es la multinacional italiana Enel ‒Endesa hasta el año 2014‒ y su actividad está ocasionando la desaparición de la economía agrícola local. La inundación de las fincas se ha llevado por delante las fuentes de ingresos que tenían las mujeres, ha fracturado las comunidades y las redes de apoyo y también ha generado un entorno más precarizado y hostil.

Este es un ejemplo más de los impactos que generan las empresas transnacionales en su expansión global. No se trata de un caso aislado de “malas prácticas” empresariales. La acumulación de poder y ganancias de las grandes corporaciones se nutre, en gran medida, de la vulneración de los derechos de las mujeres y la explotación de la naturaleza. Esta lógica permite entender la propia reproducción del sistema capitalista heteropatriarcal, porque la violación de los derechos humanos no son sólo consecuencias del actual modelo económico, sino que están en la raíz de los beneficios empresariales.

Extractivismo y grandes infraestructuras

La ocupación del territorio por un megaproyecto, ya sea extractivo o de infraestructuras, implica la desaparición de las tierras destinadas para la agricultura tradicional. Y han sido las mujeres quienes, de forma mayoritaria, han trabajado en ellas con el fin de garantizar la seguridad alimentaria de sus familias. Así que, ante la destrucción de su fuente de sustento, buscan unos ingresos mínimos que, generalmente, encuentran en la economía informal. La construcción de la presa hidroeléctrica de El Quimbo en Colombia es un ejemplo paradigmático en este sentido. [1]

La ausencia de los medios de subsistencia se suma al deterioro ambiental del territorio, a la inseguridad que genera la desaparición de las formas de vida tradicionales y a la ruptura del tejido social que permitía el soporte de la solidaridad comunitaria. Cada una de estas dinámicas profundiza la división sexual del trabajo y demanda a las mujeres un inabordable trabajo de cuidados, a la familia y a la comunidad, en un contexto de fuerte crisis social. Por último, este tipo de proyectos suele ir acompañado de la militarización del territorio y el aumento de la violencia, que repercute especialmente en las mujeres en forma de acosos y violaciones sexuales. Este es el escenario creado por la minera canadiense Tahoe Resources en Guatemala, según las denuncias de la Asociación de Mujeres Indígenas de Santa María Xalapán Jalapa.

Mercantilización de cada vez más esferas de la vida

La mercantilización de los servicios de agua, electricidad, sanidad y educación antepone la obtención de lucro sobre su función social y, en consecuencia, amplios sectores de la población, con ingresos muy reducidos, no pueden acceder a ellos. Son las familias y, en concreto, las mujeres quienes asumen la responsabilidad del trabajo de cuidados que deja de proveerse por el Estado.

Los efectos de la privatización de los servicios públicos se ponen de manifiesto en los barrios más empobrecidos de Colombia y Nicaragua, donde el suministro de electricidad ha sido privatizado y gestionado por compañías como Gas Natural Fenosa [2]. Los frecuentes cortes de electricidad, el encarecimiento de la tarifa y los racionamientos han generado graves problemas sociales ‒no hay abastecimiento de agua porque falta la energía para bombearla, se altera el horario lectivo en colegios, se cierra el pequeño comercio, etc.‒. En un contexto de pésimas condiciones socioeconómicas, las mujeres de los sectores más empobrecidos de la población deben hacer frente a estas carencias y buscar la forma de proveerse los servicios básicos. No es de extrañar, entonces, que ellas sean quienes conforman mayoritariamente los movimientos en defensa de los servicios públicos de estos barrios.

Explotación laboral y devaluación salarial

Las empresas transnacionales en su expansión a los países periféricos, especialmente las industrias de producción intensiva para la exportación, utilizan la desigualdad entre hombres y mujeres para reducir los costes laborales y dirigir una mano de obra más “dócil”.

El “modelo maquila”, donde predomina la mano de obra femenina, se basa en la ausencia de aranceles aduaneros, la eliminación de impuestos para las empresas y la explotación laboral. Aunque generalmente se asocia al sector textil, se ha extendido a otros ámbitos como el de la agroindustria. Por ejemplo, las grandes empresas productoras de flores en Colombia prefieren que sus trabajadoras “sean madres porque necesitan más el trabajo”. La presencia mayoritaria de mujeres, en un sector donde se ha denunciado altas cotas de explotación laboral, se debe a la necesidad que tienen de obtener ingresos para sostener a sus hijos e hijas. No tienen otra opción, así que admiten una elevada temporalidad e intensidad de trabajo, unos reducidos ingresos y la flexibilización de contratos y horarios [3]. Estas mismas condiciones de trabajo se reproducen, también, en las contratas y filiales de grandes empresas transnacionales españolas como Inditex, Calvo y Telefónica, que obtienen considerables ingresos a costa de la violación de los derechos de las mujeres.

El movimiento feminista frente a los impactos de las transnacionales

A lo largo del artículo se ha mostrado cómo la explotación laboral, la invisibilización del trabajo de cuidados, las desigualdades salariales, el agravamiento de la violencia contra el cuerpo y vida de las mujeres, son expresiones procedentes de la lógica de la acumulación de las empresas multinacionales. Frente a ello, las organizaciones y movimientos sociales han desarrollado discursos e iniciativas contrahegemónicas que se basan en tres ejes: la resistencia ante el poder y los impactos de las corporaciones, la exigencia de mecanismos de control garanticen la sostenibilidad de la vida y la construcción de alternativas que pretenden avanzar hacia un horizonte transformador. En esta línea se encuentra el trabajo que se ha venido realizando desde el movimiento feminista.

Ante la impunidad de la que gozan las empresas transnacionales, se está avanzando en el fortalecimiento de la solidaridad feminista a partir de la denuncia de las diferentes formas de opresión sobre los cuerpos, vidas y territorios [4]. Experiencias como el Tribunal de Derechos de las Mujeres y el Tribunal Permanente de los Pueblos son algunos ejemplos a tener en cuenta.

En los últimos años, además, las multinacionales han intensificado su expansión para acceder a nuevos negocios y nichos de mercado. Así pues, cada vez es más necesario ampliar, consolidar y dinamizar un movimiento feminista global que tenga como un principio fundamental la solidaridad. Y es que la coordinación de resistencias y alternativas son la clave para frenar el poder corporativo y generar espacios para avanzar en otro modelo de sociedad.


Erika González y Beatriz Plaza son investigadoras del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad.


Ver en línea : Ecologista, nº 88, primavera de 2015.


Notas

[1Pulido, A. (2015): Susurros del Magdalena. Los impactos de los megaproyectos en el desplazamiento forzado, Bilbao, CEAR-Euskadi.

[2Ramiro, P. González, E. y Pulido, A. (2007): La energía que apaga Colombia. Los impactos de las inversiones de Repsol y Unión Fenosa, Barcelona, Icaria.

[3González, E. (2014): “Las mujeres en la industria colombiana de las flores”, Informe OMAL, nº 11.

[4Se habla también de interseccionalidad porque considera que es necesario analizar las diferentes desigualdades y discriminaciones (por sexo, grupo étnico, religión, recursos económicos, etc.) en su conjunto.


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