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Texaco fue el aliado crucial de Franco en la Guerra Civil

Miguel Ayuso

Jueves 31 de marzo de 2016

Aunque se trata del conflicto que ha definido la historia de España en el último siglo, quizás por ignorancia –¿interesada en ocasiones?– seguimos desconociendo muchos detalles de nuestra Guerra Civil. Es común dar por hecho que los mayores aliados de Franco fueron la Alemania nazi y la Italia fascista, al igual que la Unión Soviética ofreció ayuda a la Segunda República, pero muy pocos saben que, en realidad, el mayor aliado internacional con el que contó Franco durante la contienda tenía su despacho a más de 5.500 kilómetros del Gobierno de Burgos: en el edificio Chrysler de Nueva York.

Como cuenta el historiador y periodista estadounidense Adam Hochschild en su nuevo libro ’Spain in Our Hearts: Americans in the Spanish Civil War, 1936–1939’ (Houghton Mifflin Harcourt) –del que ’Salon’ ha ofrecido un adelanto–, ninguno de los cientos de periodistas extranjeros que presenciaron los bombardeos de Madrid se preguntaron de dónde salía el combustible que utilizaban los Junkers Ju 52 que Hitler envió a Franco, habida cuenta que el Generalísimo no contaba en principio con ningún suministro de petróleo y Alemania e Italia eran países importadores. El bando sublevado contaba con el mejor aliado que podía tener: un empresario filofascista que dirigía una de las mayores petroleras del mundo.

No es personal, solo negocios

Torkild Rieber nació en Noruega, pero a los 15 años emigró a San Francisco. Durante años trabajó como marinero de cubierta en barcos que transportaban empleados contratados en Calcuta a las plantaciones de azúcar de las Indias Occidentales Británicas, y fue ascendiendo en el escalafón de las navieras. A los 22 años, tras sobrevivir a una reyerta a navajazos contra un colega borracho, logró la nacionalidad estadounidense y, en poco tiempo, se convirtió en el capitán de su propio petrolero.

Su embarcación fue adquirida por la Texas Company, más conocida por el nombre de las gasolineras que la empresa tenía por todo Estados Unidos, Texaco. Probablemente, Rieber habría sido otro empleado más de la petrolera si no hubiera dado el braguetazo: se casó con la secretaria de su jefe, fue escalando en la compañía y, en 1935, justo en el gran momento de expansión de la empresa, fue nombrado CEO.

Decía Thomas Jefferson –al que cita Hochschild en su libro– que “los mercaderes no tienen país”, pues “el lugar en el que están no constituye un vínculo tan fuerte como el sitio del que obtienen sus ganancias”. Se trata de una afirmación muy acertada, máxime en estos tiempos globalizados, pero resulta especialmente acertada para definir la actitud de Rieber a cargo de Texaco, una compañía que ya era famosa antes de su ascenso por ser la más descarada y agresiva de las petroleras.

Y, cuando se trata de hacer negocios, es mucho mejor tratar con dictaduras que con democracias. “Piensa que a un autócrata sólo tienes que sobornarlo una vez”, aseguró un amigo de Rieber sobre el empresario. “Con las democracias hay que seguir haciéndolo una y otra vez”.

Sí pasaran (mis petroleros)

En 1935, la República Española firmó un contrato con Texaco que convirtió a la compañía de Rieber en su principal suministrador de combustible. Pero pasado un año, cuando Franco dio su golpe de Estado, al empresario estadounidense no le importó en absoluto cambiar de bando.

“Sabiendo que los camiones militares, tanques y aviones no sólo necesitan combustible, sino una amplia gama de aceites de motor y otros lubricantes, el CEO de Texaco ordenó rápidamente a un petrolero de la empresa que cargara un suministro en el puerto francés de Burdeos y lo enviara a los nacionalistas, que estaban pasando por dificultades”, cuenta Hochschild. “Fue un gesto que Franco nunca olvidaría”.

En pleno inicio de la contienda, el empresario en persona viajó a Burgos para reunirse con Franco y aceptó cortar el suministro de petróleo a la República para apoyar sin reservas al bando nacional. La ayuda de Rieber fue fundamental en los primeros días de la guerra, y no sólo por su traición al orden democrático establecido, sino por darle a Franco todo lo que pedía sin esperar nada a cambio.

“No os preocupéis por los pagos”, fue la respuesta de Rieber cuando los sublevados le dijeron que iban justos de efectivo. Como reconoció más tarde un ejecutivo de Campsa –que desde 1927 era la compañía nacional que monopolizaba el suministro de petroleo–, “pagábamos lo que podíamos cuando podíamos”.

Una ayuda ilegal

Pese a que la Guerra Civil era portada casi a diario en los grandes periódicos estadounidenses de la época, nunca se hizo público que uno de los grandes empresarios de América estaba ayudando de forma descarada a los franquistas, incumpliendo por el camino la legislación sobre neutralidad del país.

Las Leyes de Neutralidad de 1930 limitaban la acción de las empresas estadounidenses al comerciar con un país en guerra. En teoría, estaba prohibido que los petroleros de Texaco llevaran combustible a Franco (y el bando nacional carecía de este tipo de naves) y, además, era ilegal vender suministros a crédito (y el oro del Estado español estaba en manos republicanas).

No pasó mucho tiempo hasta que los funcionarios de aduanas estadounidenses se percataron de que los petroleros de Texaco estaban incumpliendo la ley: supuestamente, salían de la terminal de Texaco en Port Arthur (Texas) con dirección a Rotterdam o Ámsterdam, pero a mitad del camino, los capitanes cambiaban su rumbo y se dirigían a los puertos que controlaba Franco.

El FBI llegó a interrogar a Rieber, pero el presidente Franklin D. Roosevelt, que no quería participar de forma alguna en la Guerra Civil española, ni siquiera persiguiendo una violación tan evidente de la ley estadounidense, solucionó el asunto por lo bajini con un tirón de orejas. Texaco tuvo que pagar una multa de 22.000 dólares por extender crédito a un Gobierno en guerra, pero nada se hizo por detener el suministro de petróleo a los golpistas.

En años recientes, el historiador Guillem Martínez Molinos estudió los archivos de Campsa para conocer los entresijos del suministro de hidrocarburos durante la Guerra Civil y realizó otro descubrimiento: la compañía cobró a Franco solo por los hidrocarburos, no por su transporte, lo que ahorró al bando sublevado cientos de miles de dólares.

Un espía al servicio de Franco

Por si fuera poco, Texaco no sólo prestó ilegalmente petróleo a Franco, además trabajó como servicio de inteligencia para los sublevados. Como es sabido, Mussolini dispuso submarinos italianos en el Mediterráneo para impedir que los republicanos recibieran suministros de sus aliados. Y Franco, en cuanto pudo, hizo lo propio con su flota. Los nacionalistas fueron increíblemente eficaces al capturar o derribar los cargueros que llevaban combustible a la República, logrando que al menos 29 barcos no llegaran a su destino. Ahora sabemos la razón de tamaño éxito: Franco tenía acceso a la red de inteligencia marítima de la petrolera.

Rieber ordenó a la oficina de Texaco en París que recabara información sobre los petroleros que se dirigieran a puertos republicanos. El dirigente de ésta, William M. Brewster, coordinó todo un operativo de inteligencia que aportó a Franco hasta el último detalle del suministro de petroleo, incluida la cantidad y el tipo de fuel que transportaba cada embarcación y cuánto se había pagado por él. Y, siempre que se podía, se ofrecía información útil a los bombarderos y submarinos que pudieran atacar el objetivo.

Como cuenta Hochschild a modo de ejemplo, el 2 de julio de 1937 Brewster envió un telegrama al jefe de la Campsa franquista sobre el SS Campoamor, un petrolero republicano que un agente de Texaco había visto en Le Verdon, un puerto francés cercano a Burdeos. La tripulación había cubierto el nombre y el casco con una capa de pintura negra y se dirigía a Santander bajo bandera británica, donde debía entregar 10.000 toneladas de queroseno. Además, explicaba el telegrama, la tripulación solía descuidar el barco “casi todas las noches”. Cuatro días más tarde, cuando la mayor parte de los marineros estaban de fiesta en la playa, un pequeño destacamento franquista tomó la embarcación y la llevó a uno de los puertos de Franco.

España paga traidores

Al finalizar la contienda, España devolvió a la petrolera estadounidense todo el combustible prestado por valor de unos 20 millones de dóalres (unos 325 millones de hoy en día). Dado la inestimable ayuda que Rieber ofreció a Franco no es de extrañar que el CEO de Texaco se convirtiera en un VIP del régimen. El empresario fue condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, uno de los mayores honores que puede recibir en España un civil.

Tras finalizar la Guerra Civil española, Rieber continuó con su política exterior, ahora ayudando al Tercer Reich. Texaco estuvo vendiendo petróleo a los nazis incluso tras estallar la II Guerra Mundial. Rieber, de hecho, se reunió con Hermann Göring tras la invasión de Polonia y visitó varias intalaciones militares de los nazis. Pero, logicamente, estas amistades peligrosas acabaron pasándole factura.

En 1940 las autoridades estadounidenses descubrieron que varios de los alemanes que había contratado Rieber eran espías nazis que estaban usando la red de comunicación interna de Texaco para transmitir información a Berlín. El empresario fue despedido de forma fulminante pero enseguida encontró trabajo: Franco le nombró jefe de compras de Campsa en América. Tras este empleo fue alternando otros puestos directivos muy bien pagados en la industria y murió rico en 1968, con 86 años.

“El petróleo de Texaco ayudó a Franco a ganar la Guerra Civil española y así estar en posición de apoyar a los nazis en la gran guerra que llegó después”, concluye Hochschild. “Un incontable número de marineros americanos perdieron su vida en manos de los 21 U-boats alemanes que tenían su base en la costa atlántica española. 45.000 españoles se enrolaron voluntariamente en el ejército de Hitler y España supuso un flujo incesante de minerales que necesitaba la industria de guerra alemana”. Todo por no haber aplicado la legislación vigente ante tanaña corruptela empresarial.


Ver en línea : El Confidencial, 24 de marzo de 2016.


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