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Patriarcado y capital

Beatriz Plaza (Diagonal, 8 de marzo de 2016)

Viernes 11 de marzo de 2016

En marzo de 1908, más de 15.000 personas recorren las calles de Nueva York con el lema “Pan y rosas”. Al frente de las manifestaciones, una mayoría de mujeres organizadas que comenzaban a reivindicar la “emancipación femenina” en distintos frentes: sexual, matrimonial, religioso, económico. En un momento histórico en el que las grandes corporaciones transnacionales comenzaban a consolidarse como los principales agentes económicos y estaban expandiendo su poder a todos los niveles, la lucha de las mujeres por visibilizar las condiciones de precariedad y explotación laboral que sufrían en sus centros de trabajo se convertía así en una de las mayores expresiones de lucha frente al capital.

La aceleración científico-tecnológica, el desarrollo de sistemas de producción estandarizados, la aparición de nuevos productos para el mercado y el aumento del consumo ─en el que incidió directamente Edward Louis Bernays, sobrino de Sigmund Freud, usando la psicología de masas─ se sirvieron entonces de la división sexual del trabajo para mantener a las mujeres en un papel secundario de sometimiento, donde el “éxito social” dependía exclusivamente de que ellas desarrollaran a la perfección su papel de “ángel del hogar” al servicio de la familia. Al mismo tiempo, la rebelión de muchas mujeres frente a este rol impuesto, conjuntamente con las reivindicaciones que muchas obreras ya organizadas estaban llevando a cabo en las fábricas y en las calles, evidenciaba la necesidad de cuestionar los principios sobre los que se estaba desarrollando el sistema capitalista de mercado, que en esos momentos estaba viviendo sus años de máximo esplendor.

En el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas, en 1910, Clara Zetkin y Kate Duncker ─respaldadas por Rosa Luxemburgo─ plantean que se reserve un día para la reivindicación de “los derechos de las mujeres, por el bienestar de la infancia y por la paz europea y mundial, por la paz de las naciones, contra el militarismo y por la abolición de los ejércitos existentes”. Una década después, en 1921, mujeres comunistas entre las que se encuentra Aleksandra Kollontai proponen cambiar el nombre de “Día Internacional de la Mujer” a “Día Internacional de la Obrera”, fijando la fecha de celebración para el 8 de marzo en conmemoración al alzamiento de mujeres que precedió el inicio de la Revolución rusa.

Desde entonces y hasta hoy, el feminismo ha puesto cuerpo, alma y voz a la lucha contra el capitalismo patriarcal a lo largo del mundo. Y es que razones no faltan: desde el incendio provocado por la patronal en la fábrica textil de la Triangle Shirtwaist Company en Nueva York (1911) hasta el derrumbe del edificio Rana Plaza en Bangladesh (2013), las empresas transnacionales han seguido expandiéndose a costa del cuerpo y la vida de las mujeres trabajadoras, generando impunemente violencia a su paso. Y ahora seguimos afrontando uno de los peores escenarios que podríamos imaginar del capitalismo patriarcal, con el asesinato de activistas sociales y defensoras de derechos humanos concebido como una forma más de acallar las rebeliones en defensa de la tierra frente a los megaproyectos de las transnacionales, la violencia extrema ejercida como una herramienta de legitimación y la tortura de los cuerpos ─recordemos las largas jornadas laborales en las maquilas─ convertida en un ejercicio que aporta rentabilidad.

Algo de piedra, algo de arena, poco de oro

Aproximadamente el 80% de las personas que se dedican en el mundo a la minería artesanal ─también conocida como minería a pequeña escala (MPE)─ son mujeres, niñas y niños. En este sector, según la OIT, la tasa de mortalidad derivada de accidentes de trabajo es 90 veces superior a la registrada en las minas de los países industrializados. Este tipo de actividad minera transcurre totalmente en la informalidad, el espacio físico en el que se desarrolla son pequeñas parcelas creadas por aluviones de materiales desechados por la mina, y se basa en limpiar continuamente cantidades de tierra en busca de algunas vetas de oro o piedras preciosas que la maquinaria minera haya descartado. Así, es una actividad que queda prácticamente fuera de todo marco jurídico y reglamentario; no existen contratos, los horarios laborales varían en función de la actividad de la mina y la falta de medidas de seguridad y de protección son una constante.

En Bolivia, en las minas de oro del norte de La Paz, miles de mujeres a las que conoce como las palliris trabajan diariamente en la MPE. Su labor consiste en recoger y seleccionar los desechos de las plantas de tratamiento de los materiales resultantes de las minas, limpiarlos y venderos a intermediarios. La alta tasa de accidentes, pues muchas de ellas trabajan en pozos aluviales de hasta 20 metros de profundidad, apenas compensa la escasa retribución económica que reciben a cambio, pero la MPE es la única forma de conseguir un trabajo directo que les permita obtener ingresos en efectivo. En la mayoría de los casos, las palliris son esposas o familiares de los trabajadores formales de las minas.

El ’mama lus frut’ y las tarjetas de madre

Del fruto de la palma africana se extrae el aceite de palma, actualmente el aceite más utilizado en el mundo superando al de soja o el de colza. Tanto en la industria alimentaria como en la cosmética, se utiliza como materia prima para la producción de cremas, velas, bollería industrial y productos de limpieza, además de en los agrocombustibles. En la última década, multinacionales como Unilever, Nestlé, Kraft o Monsanto lideran la producción de aceite de palma, para lo cual han deforestado enormes extensiones de territorio para la plantación de palma africana. Y el ecosistema que rodea estos grandes monocultivos se ha visto afectado directamente: escasez de agua debido al riego de las plantaciones, contaminación de ríos cercanos por los agrotóxicos utilizados, eliminación de fauna que residía en los territorios… son algunas de las consecuencias de este modelo de explotación agroindustrial. Pero ahí no queda la cuestión.

En África, concretamente en Papúa Nueva Guinea, a partir de 2003 se extiende el monocultivo de palma aceitera con el apoyo directo del Banco Mundial, en el marco de su programa de “servicios de apoyo a la agricultura en pequeña escala’. En consonancia con dicha estrategia, se desarrolla un sistema conocido como mama lus frut, a partir del cual se les reconoce a las mujeres su trabajo informal recogiendo la fruta caída de la palma africana. Dicho reconocimiento consiste en la dotación de una tarjeta llamada mama card, que les habilita para recoger la fruta, venderla y cobrar ellas mismas el importe; hasta ese momento, solo se les pagaba a los hombres, aun cuando mujeres, niñas y niños hubieran participado en la producción. Las empresas y organismos promotores de tal sistema valoran exitosamente los resultados: por un lado, dan respuesta a las reivindicaciones de las mujeres sobre el reconocimiento de su trabajo y les pagan por ello; por otro, aumentan la rentabilidad de la producción aprovechando la fruta caída. De este modo, la informalidad, la ausencia de protección jurídica, la falta de medidas de seguridad y la inestabilidad económica, una vez más, se presentan asociadas directamente al trabajo de las mujeres.

Motivos para seguir luchando

Estos son, desgraciadamente, apenas dos ejemplos que evidencian los impactos diferenciados del poder transnacional sobre el cuerpo y la vida de las mujeres. A ellos podríamos sumar los casos de las maquilas del textil en Centroamérica o de la industria de las flores en Colombia. Porque motivos y situaciones no faltan para seguir denunciando cómo las grandes corporaciones y las instituciones estatales e internacionales que las apoyan, protegidas con fuerza por toda la arquitectura jurídica de la impunidad, refuerzan diariamente la alianza entre el patriarcado y el capital.

Es por eso por lo que seguimos apostando por la solidaridad feminista como herramienta clave para desafiar el capitalismo patriarcal, con el énfasis de seguir uniendo miradas cómplices que tiendan redes desde las montañas del Kurdistán hasta el río Gualcarque en Honduras, reforzando sinergias entre quienes continuamente reivindicamos el feminismo para poder vivir dignamente y en paz con el planeta.


Beatriz Plaza (@BeaPlazaE), investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad.


Ver en línea : Diagonal, 8 de marzo de 2016.


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