Manos

María González Reyes

Domingo 13 de marzo de 2016

La primera vez que te vi repartías la comida de la olla para toda la gente que participaba en la reunión. No había suficiente así que hiciste partes equitativas hasta que llegaste a tu plato, que se quedó menos lleno a pesar de tu cuerpo grande. “Lo justo no es repartir por igual, sino repartir según las necesidades de cada persona”, solías decir. Luego había otras cosas, detalles, como salir a fumar fuera del centro comunitario (fumador empedernido tú) aunque sabías que la gente prefería tu presencia porque tragaba diariamente cosas mucho peores que el humo de los cigarrillos. O también (esto lo recuerdo siempre) tu costumbre de escuchar otras palabras en las asambleas antes de decir las tuyas. Aquella primera vez que te vi ya me fijé en tus manos. Se puede conocer a alguien solo por sus manos, las mías, sin ir más lejos, no pueden esconder su procedencia de clase media acomodada, las tuyas, sin embargo, dejaban claro que las usaste desde pequeño para otras cosas que no eran hacer dibujos con colores. Tus manos… nunca perezosas para soldar, barrer, cortar verdura o para tocarme seguras de conocer cómo recorrer mi cuerpo para que el placer brotase.

Ahora ya no hay cuerpo grande ni cigarros ni tus manos sobre mi piel desnuda. Pero sigue habiendo palabras. Las tuyas, que quedan en las que estamos y las nuestras, que siguen peleando para construir ese proyecto de mundo con el que seguimos soñando.

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