Sesión 2. Pobreza 2.0: Marketing social al servicio de las ganancias empresariales

Es necesaria la lectura previa del siguiente texto para la sesión:


II.

El teléfono móvil es hoy el instrumento más potente en sí mismo para luchar contra la extrema pobreza, las enfermedades curables y el hambre. […] Las aplicaciones son omnipresentes. Abarcan todos los ámbitos: agricultura, salud, educación, infraestructuras, previsión meteorológica, desarrollo empresarial, operaciones de banca y microfinanzas… Todo está incluido.

Jeffrey Sachs
Asesor de Naciones Unidas (2009)

El asesor especial del secretario general de la ONU para los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), Jeffrey Sachs, tiene una dilatada trayectoria en promover las “bondades” del mercado como receta para salir de las crisis económicas. No en vano, el que hace dos décadas fue citado por el New York Times como «el economista probablemente más importante del mundo» ha sido colaborador del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, además de asesor de los gobiernos de Bolivia, Polonia y Rusia en la época de las reformas neoliberales, donde pudo poner en práctica sus métodos de “terapia de choque” (Klein, 2007). Hoy, Sachs prefiere no recordar aquellos años —como es lógico, porque los efectos de las medidas de ajuste sobre las poblaciones de esos países fueron devastadores— y se esfuerza por ser uno de los intelectuales de referencia de la «globalización con rostro humano». Eso sí, como parte de su actual trabajo en relación a los ODM, tiene muy claro que para «fomentar una alianza mundial para el desarrollo» es fundamental el papel del “sector privado”. Será por eso que —en un video patrocinado por Telefónica, por cierto— hace esta exagerada alabanza al móvil como «el instrumento más potente en la lucha contra la pobreza».
«La pobreza casi es equiparada con aislamiento en muchos lugares del mundo», continúa. «La pobreza viene de la falta de acceso a los mercados, a servicios de salud de emergencia, del acceso a la educación, de la capacidad de sacar provecho de los servicios públicos, etc.». Dejando a un lado cualquier tipo de análisis serio sobre las causas estructurales de la pobreza y las desigualdades, Sachs defiende que las personas pobres sólo tienen una manera de mejorar: incorporándose de una vez por todas al mercado global. Y para eso, nada mejor que consumir el que ya es el icono de la pobreza 2.0: «Los teléfonos móviles tal vez sean la herramienta avanzada más importante de nuestra era, capaces de romper el aislamiento a un coste asombrosamente bajo y de aproximar la economía global incluso a las regiones más remotas y las comunidades más pobres» (Sachs, 2008). Ésa es la clave del asunto: llevar la sociedad de consumo a todos los rincones del mundo. Y si para ello ayuda esta interpretación ad hoc de la pobreza, pues bienvenida sea.
La RSC «significa mucho más que mera filantropía empresarial. Exige creatividad», dice el asesor del secretario general de Naciones Unidas. «Estoy hablando de algo mucho más radical que la caridad», afirma Stephan Schmidheiny, el multimillonario que hizo fortuna con la industria del amianto a quien la revista Forbes ha llamado “el Bill Gates de Suiza”. Y, desde luego, hay que ser muy creativo para relacionar el fin de la pobreza con el móvil. Creatividad es también calificar como negocios inclusivos lo que no son sino un conjunto de nuevas técnicas empresariales para expandirse al inmenso mercado que representan las dos terceras partes de la humanidad que están en “la base de la pirámide”.
Aliarse con otros actores para conseguir ese objetivo se vuelve, según esta lógica, en algo sumamente “innovador”: «Hay oportunidades adicionales para unas asociaciones público-privadas que son completamente transformadoras», proclama Sachs. Siguiendo esta línea, el gobierno brasileño, por ejemplo, ha regalado un teléfono móvil —con un saldo de siete reales (2,7 euros) mensuales— a cada uno de los once millones de beneficiarios del programa asistencial Bolsa Familia. Leíamos en el diario El País que así, «con este plan, las operadoras lograrían expandir el sistema de telefonía móvil, que ya ha llegado cerca del límite. Las empresas basan sus expectativas de beneficio en que las familias acabarán superando el consumo de siete reales al mes, pudiendo llegar hasta los doce, casi cinco euros». Como vemos, la clave para todas estas alianzas entre empresas y Estados no tiene nada que ver con la “lucha contra la pobreza” ni con la “responsabilidad social”: se trata, lisa y llanamente, de mejorar las «expectativas de beneficio».

A la conquista de “la base de la pirámide”
Las teorías empresariales que pretenden hacer de la pobreza y los pobres un inmenso negocio tienen su origen hace ahora una década. En concreto, a partir de la publicación de La fortuna en la base de la pirámide, el libro que muy pronto se convertiría en una referencia obligada para todas las corporaciones que quisieran desarrollar estrategias para penetrar en ese nuevo nicho de mercado. «¿Qué pasa si movilizamos los recursos, la escala y los alcances de las grandes firmas para crear conjuntamente soluciones a los problemas de ‘la base de la pirámide’, es decir, de aquellos 4.000 millones de personas que viven con menos de dos dólares al día?», se preguntaba entonces su autor, el profesor de economía C.K. Prahalad. Y él mismo respondía: «El compromiso activo de las empresas privadas con ‘la base de la pirámide’ es un elemento esencial para la creación de un capitalismo incluyente en la medida en que la competencia del sector privado por dicho mercado fomenta la atención hacia los pobres como consumidores y crea opciones para ellos».
Así, la solución para todos los males de los dos tercios de la población mundial que no son “clase consumidora” sería integrar todas sus actividades bajo la lógica del mercado: «Los pobres deben convertirse en consumidores activos, informados y participantes», decía Prahalad (2005). Como es natural, las principales beneficiarias de todo ello serían las grandes corporaciones, que podrían así rentabilizar las «oportunidades significativas aún sin explotar latentes en los mercados de ‘la base de la pirámide’» que «han permanecido ‘invisibles’ durante demasiado tiempo».
«Lo que se necesita es un mejor enfoque para ayudar a los pobres», sostiene el gurú neoliberal más influyente de los últimos tiempos, «un enfoque que supone asociarse con ellos para innovar y lograr escenarios ganadores en los que los pobres estén activamente comprometidos y donde, al mismo tiempo, las empresas que les suministren productos y servicios sean rentables». En realidad, las empresas multinacionales nunca se han preocupado ni por la pobreza ni por las desigualdades sociales. Lo suyo siempre ha sido dedicarse a otra cosa: «Para no caer en moralina, admitamos que el objetivo lógico y común de todo negocio es el lucro. Es decir: nadie da duros a peseta; las empresas son empresas, no ONG; y esto va de ganar dinero», respondía un directivo de Telefónica ante la pregunta «¿cuándo un negocio es ético?». Por eso, las grandes compañías se han centrado durante décadas en la venta de bienes y servicios a las clases medias y altas de los países centrales. Lo que ocurre es que, en estos momentos, «la verdadera fuente de posibilidades para el mercado no son las minorías ricas del mundo en desarrollo, y ni siquiera los consumidores emergentes de ingresos medios. Son los miles de millones de esperanzados pobres que ingresan por vez primera en la economía de mercado», dice Prahalad. De ahí que hayan pasado a interesarse por todos esos “esperanzados pobres” que, eso sí, nunca van a representar más allá de un número en su cuenta de resultados. Y, como nos recuerda Vandana Shiva (2005), «la gente no muere por falta de ingresos. La gente muere por falta de acceso a los recursos».”

La sesión se inicia con un debate previo en torno a la siguiente pregunta:

  • ¿Son los negocios en la “base de la pirámide” una solución para la pobreza y la desigualdad?

A partir de las intervenciones del alumnado se desarrollan las tesis expuestas en el Capítulo I “Las empresas transnacionales y la pobreza rentable: de los negocios inclusivos a las alianzas público-privadas” del libro de Miguel Romero y Pedro Ramiro, Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización de la cooperación al desarrollo (Icaria, 2012).

Además del libro, hay dos artículos que, de forma más sintética, desarrollan este mismo contenido: a) Miguel Romero y Pedro Ramiro, “La globalización de la pobreza”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013, pp. 143-156; b) Miguel Romero y Pedro Ramiro, “La cooperación al desarrollo en la era de la pobreza 2.0”, Pueblos, nº 53, julio de 2012.