Cajera

María González Reyes

Domingo 10 de enero de 2016

Has faltado a la cita y te imagino subiendo con la bici la cuesta de adoquines. No me hace falta cerrar los ojos para pensarte así, casi oigo tu respiración ligeramente acelerada al llegar arriba.

Tengo ganas de romper algo. De coger la caja de música, la gallina de madera y el libro aquel y estamparlos contra el suelo. Delante de ti, para romperte. Destrozar las cosas para tratar de mantenerme de pie, para no desaprovechar las pocas energías que consigo recolectar con el descanso nocturno. “Te espero en el andén” dijiste. Y quiero tirar uno tras otro todos tus mensajes, quiero arrojártelos a la cara.

Detrás de los códigos de barras que paso monótonamente por el lector tú descubriste un ritmo melódico. Me viste sin importarte que no hubiera ido a la universidad y sin hacer caso a tus amigos progres que no se atreven a criticar a los inmigrantes ni a los gitanos pero sí a las chicas de barrio que fuimos a institutos en los que se empezaba a fumar a los 13 y a follar a los 15.

No es culpa tuya faltar a la cita. Sabes que te voy a decir que te dejo. Conocí a otro en el trabajo. Menos refinado que tú, menos aficionado a la lectura, con menos capacidad de preguntarme cómo me siento. Pero no te dejo por él, te dejo por mí. Demasiadas clases en el insti donde sentirme humillada, demasiadas mañanas de pellas con porros y pipas en la plaza, demasiadas noches de polvos sin correrme y demasiados años viendo a mi madre agachar la cabeza para fregar, agachar la cabeza para decirme que no había dinero en casa, agachar la cabeza para dirigirse a mi padre.

Es complicado imaginarme de otro modo.

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