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Siete estrategias empresariales que llevan a París

Pedro Ramiro (La Marea, 18 de diciembre de 2015)

Lunes 21 de diciembre de 2015

“Compromiso histórico”. “Paso decisivo”. “Acuerdo ambicioso”. Los grandes medios de comunicación no han ahorrado calificativos para calificar el resultado de la Cumbre del Clima de París: “Un acuerdo universal vinculante para hacer frente al cambio climático” que representa “un paso decisivo para encarar la crisis ecológica que amenaza el planeta a causa del calentamiento global”, afirmaba El País en su editorial del pasado lunes. En ese mismo sentido, felicitándose porque “es una gran noticia que se haya firmado el acuerdo en la COP 21”, los spots de multinacionales como Acciona nos dicen que “el futuro que queremos está más cerca” y los de Iberdrola que “el cambio ya ha comenzado”.

Junto a todas las críticas que con razón pueden hacerse a este discurso triunfalista que, en la práctica, no supone un compromiso real y efectivo de los países firmantes para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero —con las graves consecuencias que eso va a tener cuando la temperatura del planeta aumente varios grados a lo largo de este siglo—, no puede decirse que el acuerdo de París haya sido demasiado sorprendente. Y es que este “acuerdo histórico”, en realidad, sigue una línea de continuidad con las estrategias promovidas por las grandes corporaciones y los lobbies empresariales durante las dos últimas décadas.

Desde finales de los años noventa, las compañías multinacionales han ido poniendo en marcha toda una batería de estrategias para transmitir el mensaje de que son “parte de la solución y no del problema”. París, con su “acuerdo jurídicamente vinculante en todo excepto en los objetivos de emisión de gases de efecto invernadero” —escribía sin sonrojarse el editorialista de El País—, es la penúltima expresión de ese intento de las grandes empresas por vender la idea de que, como decía Repsol hace unos días, se trata de “construir un futuro que equilibre el modelo socioeconómico actual con el respeto al medio ambiente”.

1. Negación del problema. Aunque ahora pueda parecernos que eso fue hace mucho tiempo, la realidad es que las empresas transnacionales han estado negando la existencia de la influencia humana en el cambio climático hasta hace muy poco. No olvidemos todo el dinero que una de las mayores multinacionales del planeta, la petrolera Exxon Mobil, invirtió durante la primera década de este siglo en financiar estudios que rebatieran los argumentos de las instituciones internacionales y las organizaciones ecologistas. Es “la industria de la cortina de humo de la duda”, como lo ha denominado Amy Goodman, a la que también se han sumado las tabaqueras como Philip Morris y otras grandes compañías. Y algo parecido pasó cuando Naciones Unidas comenzó a prestar atención a cuestiones como la pobreza, la desigualdad y el desarrollo; entonces, las multinacionales negaron su responsabilidad y trataron de cargarle las culpas a los Estados y a los gobiernos locales.

2. Lavado de cara. Al mismo tiempo, pusieron en marcha un “lavado de cara” empresarial que, por supuesto, no tuviera ninguna traducción en cambios reales en el modus operandi habitual de estas compañías. Una cuestión de comunicación y marketing: un contraataque empresarial para recuperar la imagen y reputación corporativas ante los escándalos financieros, desastres ambientales y conflictos laborales en los que muchas multinacionales se han visto implicadas. Y para eso han contado, incluso, con el aval de la ONU —es lo que se venido a llamar el bluewashing, un “lavado de cara azul”—: numerosas empresas demandadas por violar los derechos humanos, contaminar el medio ambiente, no respetar los derechos laborales y estar involucradas en casos de corrupción disponen hoy del aval de Naciones Unidas ya que son miembros de pleno derecho del Global Compact.

3. Producción discursiva. “Crecimiento”, “empleo”, “recuperación”, “riqueza”, “sostenibilidad”… son palabras recurrentes en el relato que tratan de construir los think tanks empresariales como estrategia para avalar las bondades del actual modelo socioeconómico y minimizar las críticas al mismo. Eso sí, como dice José Manuel Naredo, al analizar el discurso dominante se demuestra que, cuántos más adjetivos se le sumen, más en evidencia quedan los conceptos de referencia de la ideología neoliberal: hablar de “capitalismo inclusivo” solo sirve para mostrar que este es un sistema que globaliza la pobreza y la exclusión; con las promesas de “crecimiento sostenible” se reconoce la esencia de insostenibilidad que existe en el modelo de crecimiento y acumulación; las menciones a la “empresa responsable”, igualmente, confirman que las grandes corporaciones solo pueden competir en el mercado mundial con unas prácticas basadas en la irresponsabilidad social y ambiental; cada vez que se cita el “desarrollo humano”, se hace patente la injusticia de un modelo económico que no tiene en cuenta los derechos humanos.

4. Captura corporativa. Desde que en 1927 Rockefeller financiara la biblioteca de la Sociedad de Naciones que aún hoy sigue funcionando en la sede de la ONU en Ginebra, hasta que Kofi Annan presentase en 1999 el Global Compact en el Foro Económico Mundial de Davos con el aval de las mayores transnacionales del mundo, pasando por todo el fomento de las “alianzas público-privadas” y los “negocios inclusivos” del que ha hecho gala Naciones Unidas en los últimos años, esta organización multilateral ha sufrido un innegable proceso de “captura corporativa”. Y es que la penetración de las grandes empresas en las grandes instituciones internacionales, tanto en la creación de discurso como en la elaboración de normas y políticas, ha sido una constante desde los noventa. Sirva como símbolo el caso del PNUD, que en solo una década pasó de decir que “el desarrollo humano es el desarrollo del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” a sostener que “los actores del sector privado impulsados por incentivos del mercado tienen capacidad probada para contribuir a importantes metas del desarrollo”.

5. Falsas soluciones. “Capitalismo 2.0”, “globalización inteligente”, “economía verde”. Muchas son las teorías que desde los principales agentes económicos se han propuesto en los últimos tiempos para “salir de la crisis”… sin cuestionar, claro está, los mecanismos de apropiación y acumulación de riqueza que están en el centro del modelo socioeconómico realmente existente. Así, las instituciones que nos gobiernan han optado por seguir avalando la lógica de la autorregulación empresarial —a pesar de que, como ha demostrado el crash de 2008, eso puede tener efectos muy destructivos, incluso para el propio capitalismo— antes que por instaurar mecanismos efectivos para obligar a las grandes compañías a respetar la naturaleza y cumplir los derechos humanos. Por eso, como ha escrito Susan George, “necesitamos normas estrictas y de obligado cumplimiento, así como una legislación, preferiblemente internacional, que controle la conducta de las empresas, no soluciones aparentes”.

6. “Responsabilidad social”. Mientras el cuerpo normativo relacionado con la mercantilización del sistema neoliberal ha ido perfeccionándose a favor de las empresas transnacionales, se ha ido abandonando la posibilidad de ejercer un control real sobre sus actividades, dejando sus obligaciones socioecológicas en manos de la “buena voluntad” empresarial y la responsabilidad social corporativa (RSC). Para las grandes corporaciones, la “responsabilidad social” y la “ética de los negocios” son suficientes para controlar los “excesos” del modelo. Pero, como ha quedado claro con el fraude de Volkswagen, de nada sirven los códigos de conducta y los acuerdos voluntarios —como el “histórico acuerdo” de París— si no hay mecanismos e instancias que controlen efectivamente la manera de operar de las grandes compañías. En palabras de Enrique Dans, “el caso Volkswagen representa, a todos los efectos, el fracaso absoluto de la RSC. No hay paliativos posibles: hablamos de una manipulación consciente, conocida a todos los niveles de la compañía, intencionadamente diseñada”, que “consiguió poner a la marca en el trono de su industria a nivel mundial al tiempo que se publicitaba como ecológica y envenenaba todo el planeta”.

7. “No hay alternativa”. En todo caso, cuando ninguna de las anteriores estrategias funciona, siempre queda un último cartucho para utilizar: “Y vosotros, ¿qué proponéis?”. Recurriendo a la conocida idea de que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de capitalismo, las grandes corporaciones y las instituciones que las apoyan tratan de llevar a un callejón sin salida a quienes se atrevan a poner en duda el discurso dominante. Sin embargo, moviéndose entre la posibilidad de instaurar mecanismos de control para limitar el poder de los mercados y la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición post-capitalista, existen múltiples iniciativas que hoy le están disputando la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas. Empresas recuperadas, monedas sociales, propuestas de compra pública responsable, finanzas solidarias, banca ética, comercio justo, cooperativas de consumo agroecológico, proyectos de vivienda comunitaria en derecho de uso, cooperativas de economía social y solidaria, circuitos cortos de comercialización… Todos ellos son ejemplos, cada uno en distinto grado y con diversa potencialidad, de cómo es viable organizar las actividades humanas de otra manera, al margen de la lógica de la acumulación capitalista.


Ver en línea : La Marea, 18 de diciembre de 2015.


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