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Guatemala, más allá de las elecciones

Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate (Pueblos, nº 67, octubre 2015)

Viernes 23 de octubre de 2015

La convulsión generada en Guatemala en torno al proceso electoral todavía en marcha (en espera de la segunda vuelta entre Jimmy Morales y Sandra Torres a la hora de escribir este artículo) puede entenderse desde claves políticas diversas pero, independientemente del resultado final, abre una ventana de oportunidad para quienes defienden un proceso constituyente que reforme integralmente al Estado y que vire la lógica neoliberal y violenta del modelo hegemónico de desarrollo.

Es incuestionable que algunas cosas han cambiado en los últimos tiempos en Guatemala. En primer lugar, Ríos Montt fue condenado en 2013 a 80 años de cárcel y, aunque posteriormente la sentencia fue anulada en el marco de impunidad todavía vigente, se logró escuchar y leer desde un espacio oficial como la judicatura el concepto de genocidio como diagnóstico de lo ocurrido en el período 1960-1996, generando un amplio debate social y mediático.

En segundo lugar, los numerosos escándalos de corrupción que han aflorado desde abril de este mismo año han enviado a la cárcel al presidente y a la vicepresidenta, entre otras personas, en una dinámica que parece no haber concluido. Si ello pudiera responder a disputas entre élites y a la necesidad de designar cabezas de turco en la lógica de que algo cambie para que nada cambie, no quita para que la resolución de este tipo de hechos sea muy diferente al habitual.

En tercer lugar, la respuesta ante la crisis política vivida ha sido muy diferente, estallando un clima efervescente de protesta e indignación en las calles. De esta manera, al ciclo creciente de movilización popular que han venido desarrollando en los últimos años el movimiento campesino, el indígena y el feminista, se han sumado otras muchas gentes, seguramente con agendas diferentes y bajo consignas diversas, pero que han tomado la calle con valentía, frente a la ecuación calle igual a miedo que ha imperado por décadas en el país.

Por último, también se ha roto la ley no escrita de que quien quedaba segundo en unas elecciones presidenciales se convertía en el ganador de las siguientes. Así, Baldizón ha pasado de ser el candidato con más posibilidades a quedar fuera de la contienda en la segunda vuelta, tanto por su pésima gestión de la crisis en connivencia con el Partido Patriota de Pérez Molina (que le ha hecho acumular un gran rechazo popular) como por no dejar de ser un outsider de las élites conservadoras vinculadas a la patronal CACIF, y además con supuestos vínculos con el narcotráfico. De esta manera, la segunda vuelta se presenta más abierta y bajo nuevas lógicas.

En todo caso, como decimos, hay cosas que han cambiado, y los debates políticos, la movilización social y los reacomodos de élites y movimientos no son las mismas. No obstante, y al mismo tiempo, podemos afirmar que todavía hay muchas cosas que no lo han hecho.

Lo que no ha cambiado

En este sentido, y en primer lugar, el modelo ultra-neoliberal y violento que impera desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1996 de la mano de la coalición entre militares, patronal, narco y empresas transnacionales, se sigue ahondando, desposeyendo a los pueblos de sus territorios, asesinando y encarcelando a sus líderes y militantes.

En segundo lugar, el Estado sigue siendo un escenario de disputa y reacomodo entre élites conservadoras, emergentes e ilegales, que corrompen endémicamente el sistema político en su propio beneficio, para lo cual no establecen las más mínimas garantías democráticas como el control de la financiación de los partidos o el seguimiento y penalización del transfuguismo (práctica más que habitual en el Congreso), del nepotismo o del acarreo. En tercer lugar, tampoco ha cambiado el papel injerencista de la Embajada de Estados Unidos en todo el proceso, apostando por la dinámica final de encarcelamiento ejemplificador del presidente a la vez que defendiendo la celebración de las elecciones para evitar cambios más profundos.

En cuarto lugar, tampoco se ha superado el papel residual de los partidos políticos de izquierda, incapaces de recabar la indignación popular en forma de voto.

Finalmente, y en quinto lugar, se mantiene, pese a la movilización popular, un sentido común conservador mayoritario dentro de la sociedad guatemalteca, como ha podido traducirse de la victoria en primera línea de la ultraderecha militarista encarnada por Jimmy Morales.

Variables e inercias en las elecciones

Todas estas variables, todos estos cambios notorios y todas estas inercias estructurales han jugado su papel en los comicios que aún se siguen celebrando. De esta manera ha habido quienes, como ya hemos dicho, han apostado por un lavado de cara electoral para que nada cambie; quienes han protestado simplemente contra los y las corruptas, pero sin tirar más allá del hilo, y quienes piensan que es el propio sistema el que está corrompido, por lo que es preciso transformarlo completamente.

En esta última lógica, pareciera que quienes hicieron esta apuesta necesaria y estratégica de cambio profundo, bajo el lema “en estas condiciones no queremos elecciones”, se hubieran visto derrotados y derrotadas tanto por el alto porcentaje de participación (en torno al 80 por ciento), como por la victoria en primera vuelta de la ultraderecha.

No obstante, no es necesariamente así, ya que los ciclos políticos y sus puntos de inflexión no pueden medirse en el corto plazo. Como hemos dicho, el sentido común guatemalteco sigue siendo conservador, y la fuerza de las élites y de la embajada americana todavía muy notables.

Pero, en todo caso, se han abierto grietas, fisuras notorias, que es preciso aprovechar en los próximos años. Así, se abre una oportunidad para ampliar el marco de la movilización y la indignación, convirtiéndolas en un control mayor de las instituciones y en agendas políticas transformadoras, fortaleciendo el ciclo de luchas contra los monocultivos y los proyectos extractivos e hidroeléctricos. A su vez, existe un conflicto abierto entre élites que no se ha cerrado como en 2012 en torno al Partido Patriota, por lo que se pueden encontrar contradicciones y sacar partido de las mismas, dentro de una crisis integral del sistema y del modelo de desarrollo.

Son estas cuestiones las que nos permiten vislumbrar un horizonte de cambio en el medio y largo plazo, más allá de las elecciones. En este sentido, el resultado definitivo de la contienda electoral en segunda vuelta es significativo, pero no estratégico. Se enfrentan Jimmy Morales (el actor que representa a FCN, un partido generado por militares recalcitrantes, sin propuesta política más allá de desmarcarse de la corrupción) y Sandra Torres, de la UNE, que defiende una propuesta socialdemócrata para el país (un inciso: cuando escribo la palabra socialdemócrata, se me aparece la imagen de una tumba donde pone RIP 1950-1980, pero cuando aparece esa misma palabra vinculada a Guatemala, lo que me genera es una carcajada incontenible). Ocurra lo que ocurra, miremos más allá, ya que vamos despacio porque vamos lejos.


Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es coordinador de Paz con Dignidad – Euskadi e investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL).


Ver en línea : Pueblos, nº 67, cuarto trimestre de 2015.


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