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Pasando a la práctica la radicalidad crítica de los movimientos sociales

Beatriz Plaza y Erika González (Pueblos, nº 66, julio 2015)

Martes 1ro de septiembre de 2015

En la actual crisis ecológica, social y de cuidados, el papel de los movimientos sociales es fundamental en el despliegue de estrategias de resistencia ante los impactos y en el señalamiento de responsables, como también son un agente clave en la configuración y puesta en práctica de paradigmas alternativos a la globalización capitalista. Algunos de estos paradigmas, como el decrecimiento y el ecofeminismo, albergan líneas de acción que abren espacios fuera del dominio de las empresas transnacionales. En este ámbito se encuentran la soberanía alimentaria, la lucha feminista y la economía social y solidaria.

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Los movimientos sociales emancipadores [1] representan una forma específica de acción colectiva con aspectos comunes, como compartir una visión crítica del sistema dominante, expresar una serie de demandas colectivas de interés general que buscan la transformación de las relaciones de poder y actuar a través de dos vías: por un lado, señalando responsabilidades políticas (en ocasiones, mediante movilizaciones confrontativas) y, por otro, desarrollando prácticas alternativas que les permitan avanzar hacia horizontes más justos e inclusivos. Se podría decir, entonces, que uno de sus horizontes es la sostenibilidad de la vida, y que en su caminar van desplazando, de manera más o menos planificada, la centralidad de las multinacionales en el actual modelo capitalista.

En un escenario en el que la crisis financiera ha servido para profundizar el neoliberalismo y en el que se ha ampliado el papel económico y la capacidad de influencia política de las grandes corporaciones, resulta esencial fortalecer estos movimientos sociales emancipadores. Ante los conflictos socioecológicos y las violaciones de los derechos humanos que se reproducen en todo el globo, estas nuevas formas de acción colectiva han llevado a cabo diferentes estrategias de movilización, denuncia e incidencia política para frenar los impactos sobre el territorio y las mayorías sociales.

Se pueden encontrar algunos ejemplos que siguen esta caracterización en América Latina. Allí los movimientos sociales han tenido una gran relevancia política en las últimas décadas. En términos de Bellamy Foster [2], hemos asistido a una auténtica “revuelta latinoamericana”, donde la soberanía popular ha cuestionado el poder del imperialismo y ha encontrado un espacio de diálogo con los gobiernos que les ha permitido generar un marco abierto para avanzar en sus reivindicaciones mediante la incidencia política, así como también para conocer los límites y contradicciones del ámbito institucional. Éste sería el caso, entre otros, de las organizaciones indígenas y campesinas en Bolivia y el Movimiento Sin Tierra en Brasil. A nivel global, estos procesos han servido para la reflexión, el intercambio y la experimentación de propuestas que confrontan el discurso creado por las élites.

La resistencia no es la única vía utilizada por los movimientos sociales, estos también tienen un papel clave en la conformación y experimentación de alternativas. Sus aportaciones teóricas, los debates que sitúan en las agendas sociales y su propia práctica alimentan y configuran nuevos paradigmas que abren ventanas hacia otras formas de vivir y relacionarse. En ese sentido, se puede citar el ejemplo del decrecimiento, uno de los ejes de trabajo del ecologismo social. También se puede hablar de cómo algunas corrientes del feminismo han contribuido a la divulgación y configuración del ecofeminismo.

Enfrentar la modernidad capitalista

El decrecimiento y el ecofeminismo confluyen en una crítica radical a la modernidad capitalista. Señalan e identifican el crecimiento económico, la obtención del máximo beneficio, el individualismo y la competitividad como causantes de la crisis ecológica y del agotamiento de los recursos naturales disponibles, así como de “la subordinación de las mujeres, la colonización de los pueblos ‘extranjeros’ y de sus tierras, y de la naturaleza” [3]. Frente a ello erigen diferentes “alternativas al desarrollo” [4] que tienen como principio fundamental la satisfacción de las necesidades humanas y la reproducción de las condiciones para una vida digna de las personas y de la naturaleza.

El decrecimiento se centra en la inviabilidad del crecimiento económico ilimitado y, por lo tanto, apunta a una transformación radical del modelo de producción y consumo que suponga la reducción drástica del el uso de energía y materiales [5]. Por su parte, el ecofeminismo habla de salir de la lógica androcéntrica y de la organización social creada en torno a los mercados para buscar nuevos caminos en la intersección de la economía, el feminismo y la ecología [6].

A partir del objetivo y los principios que perfilan el decrecimiento y el ecofeminismo se han elaborado reflexiones y propuestas sobre cómo llevarlos a la práctica y cuáles pueden ser las diferentes líneas de acción que abran espacios fuera de la lógica del capitalismo y del dominio de las empresas transnacionales. Algunas de estas propuestas son la disminución de la jornada laboral y el reparto equitativo entre hombres y mujeres del trabajo remunerado y el de cuidados, acompañadas, a su vez, de una fuerte cobertura pública. Plantean, también, la reducción de la escala de las actividades económicas de lo global a lo regional y local. Llevar la producción y el consumo a espacios próximos favorece un mayor control democrático acerca de qué producir y la forma de hacerlo, reduce el transporte de mercancías y favorece la mayor justicia redistributiva [7].

Otro ejemplo sería sustraer tierra a la agricultura industrial y al urbanismo desbocado para dar lugar a sistemas agroecológicos locales, que permitan una producción alimentaria de calidad [8].

Todas estas medidas forman parte de las prácticas y reflexiones de los procesos de transformación que desde diferentes movimientos sociales emancipadores se están impulsando. A continuación se hace una breve presentación de algunos de estos procesos y de los movimientos que están trabajando en ellos, como la soberanía alimentaria, la lucha feminista y la economía social y solidaria. En su elección ha influido el hecho de ser propuestas incluidas en las agendas políticas de diferentes movimientos y de promover espacios libres del dominio de las multinacionales.

La lucha feminista

El movimiento feminista ha vivido varias transformaciones a lo largo de los últimos años, al compás de la sociedad y las dinámicas políticas que le rodean, pero siempre confrontando y planteando alternativas al sistema capitalista heteropatriarcal. Se han ido sumando así diferentes propuestas que implican un pensamiento y práctica transformadora para llegar a un modelo en el que se priorice la sostenibilidad de la vida.

En el camino hacia dicho objetivo destacan varias propuestas que tanto en la práctica como en la teoría cuestionan el poder económico y sus principales agentes, como es la construcción de un sistema de indicadores no androcéntrico en el que se contabilice el tiempo dedicado a las tareas de cuidados, la elaboración de presupuestos desde un enfoque de género, la construcción de espacios económicos liberadores y comprometidos con el buen vivir colectivo desde la armonía con los recursos materiales y energéticos disponibles, la reubicación de la lucha por la igualdad como un aspecto central de la política económica frente a las medidas de “austeridad”, y las diferentes propuestas de fiscalización orientadas a criterios ecológicos y sociales y desde la perspectiva feminista.

Uno de los movimientos sociales emancipadores que genera espacios internacionales para el intercambio de prácticas alternativas es la Marcha Mundial de Mujeres. Ésta se presenta internacionalmente en el año 2000 y lo hace a través de un llamamiento en el que reivindica la democracia, la esperanza, la igualdad y la paz. La Marcha ofrece un proyecto alternativo integrador en tanto que constituye una herramienta para la denuncia internacional de las diferentes formas de violencia y de los victimarios, articulando espacios locales, nacionales, regionales e internacionales en alianza con diferentes movimientos sociales.

Con el tiempo, los campos de acción que en un principio fueron definidos se han ido ampliando para albergar las diferentes reivindicaciones y organizando en cuatro líneas vehiculares que se encuentran en constante interacción. Esas cuatro líneas son: la lucha por la soberanía alimentaria y el bien común, la desmilitarización y el avance en procesos de paz y no violencia, la visibilización del trabajo de las mujeres y la denuncia activa de toda violencia ejercida contra las mujeres, en tanto que supone una herramienta perversa que pretende el control de sus cuerpos, vidas y sexualidades. Poco a poco estas denuncias han ido llenando la agenda política y en diferentes lugares se han ido creando espacios de encuentro en el que muchas personas participan activamente en acciones de denuncia colectiva e internacional, salvando las distancias geográficas que las separaban y dando un nuevo contenido feminista a la solidaridad internacional.

La economía social y solidaria

La cooperación solidaria, la reciprocidad y el intercambio equitativo figuran entre las bases que unen a los movimientos sociales emancipadores, cuya agenda política considera fundamental la construcción de una economía alternativa centrada en la equidad, la solidaridad y la sostenibilidad. Estos son principios que forman parte de la economía social y solidaria y que, como plantean diferentes autoras y autores [9], deben entenderse como un proceso dirigido a crear una economía postcapitalista. De hecho, la economía solidaria surge como una respuesta a la lógica de la acumulación capitalista para establecer un sistema de valores y prácticas que organizan las relaciones de producción, distribución y consumo de bienes en pro de las necesidades y deseos legítimos de todos los miembros de la sociedad [10], dentro de los límites que establece la biosfera y basadas en la cooperación, la reciprocidad y la ayuda mutua. Por otro lado, la economía social tiene como prioridad la promoción de relaciones más igualitarias, la fertilización de formas asociativas colectivas más solidarias, la autonomía y la democracia en la gestión. Así que el tipo de empresas que surgen de la economía social y solidaria están marcadas por la democracia, la autogestión y el empresariado colectivo.

Entre los movimientos sociales que promueven dichas alternativas nos encontramos con la Red Intercontinental de Promoción de la Economía Social y Solidaria (RIPESS) [11]. RIPESS se presenta como una red de redes que a nivel intercontinental, nacional y sectorial consigue unir diferentes propuestas prácticas de economías alternativas desde la experiencia real. Su dinámica de trabajo es la articulación de las diferentes redes que la componen a través del intercambio de experiencias, conocimientos y saberes, así como la construcción de un discurso que permite recoger la visión global de la economía social y solidaria.

Entre las experiencias prácticas se pueden citar algunos casos que ya son una realidad, como las empresas comunales en Colombia, las fábricas y empresas recuperadas en Argentina, la construcción de mercados y monedas sociales alternativas y la propuesta del shock redistributivo, basada en una reorganización de la economía garante de una vida digna partiendo de la organización popular, la democracia participativa y la reivindicación de la igualdad. Ejemplos que evidencian cómo desde la valoración de iniciativas asociativas, la autogestión, la aplicabilidad efectiva de los derechos en favor del trabajo digno, la regulación social de los mercados nacionales e internacionales y el cambio en la jerarquía de derechos a favor de la vida y el trabajo es posible construir procesos de vidas alternativas.

La soberanía alimentaria

Uno de los espacios en el que más resistencias y prácticas alternativas están surgiendo es el mundo rural. Los movimientos sociales emancipadores han realizado en este ámbito una gran labor de sensibilización sobre la producción agroecológica de alimentos y de movilización frente a la expansión de grandes corporaciones dedicadas a la agroindustria. Uno de los actores destacables en este sentido es la Vía Campesina.

La Vía se fundó en el 1992 en Managua (Nicaragua) y tuvo su primera expresión pública internacional en la conferencia celebrada en Mons (Bélgica), un año después [12]. En el centro de sus reivindicaciones está la soberanía alimentaria como clave para entender y proteger el papel central de quienes producen, distribuyen y consumen alimentos locales frente a la industria agroalimentaria, monopolizada por una minoría de transnacionales dedicadas al agronegocio.

La soberanía alimentaria, según la Vía Campesina, es el derecho que poseen todos los pueblos a establecer su propio sistema de producción, distribución y consumo de alimentos, de acuerdo a su contexto y capacidades, y en armonía con la naturaleza. Su puesta en marcha viene de la mano de toda una serie de prácticas cotidianas que apuestan por el fomento de la agricultura campesina y/o familiar, la recuperación, preservación e intercambio de semillas originarias o ancestrales, la creación de un sistema alimentario culturalmente adecuado, la producción de alimentos orgánicos de calidad, la eficiencia energética, la garantía de un ingreso económico digno y el fortalecimiento de circuitos de comercialización que, por un lado, se salgan del oligopolio conformado por las grandes cadenas de comercio y, por otro, respeten los criterios ambientales de no contaminación.

Entre los ejemplos que nos pueden servir de referentes en el impulso de experiencias prácticas basadas en la soberanía alimentaria como principio, se encuentran las regiones libres de transgénicos en Alemania que, actualmente, ocupan más de 1,1 millones de hectáreas; la recuperación de tierras por parte del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra en Brasil; la retirada de la llamada “Ley Monsanto” en Guatemala o los comedores escolares ecológicos. La extensión y diversidad de acciones demuestran la fuerza de las resistencias, las propuestas de regulación y alternativas que desafían el poder de las transnacionales dedicadas al agronegocio.

Además de resistir los impactos del modelo capitalista y de señalar a las y los responsables de estos impactos, los movimientos sociales emancipadores demuestran hoy, día a día y paso a paso, que es posible poner en marcha alternativas locales y globales a un sistema que ha demostrado sobradamente su naturaleza injusta. Y están abiertos a la participación, pues ésa es una de las claves de su éxito.


Beatriz Plaza y Erika González son investigadoras del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)Paz con Dignidad.

- Euskaraz: “Praktikara jotzen gizarte-mugimenduen erradikaltasun kritikoa” >>


Ver en línea : Pueblos, nº 66, tercer trimestre de 2015.


Notas

[1La definición de movimientos sociales emancipadores se ha extraído de la publicación de Martinez, Z., Casado, B. e Ibarra, P. (2012): “Movimientos Sociales y Procesos Emancipadores / Jendarte-mugimenduak eta prozesu askatzaileak”, Cuaderno de trabajo Hegoa, nº 57, Bilbao.

[2Bellamy Foster, J. (2007): “The Latin American Revolt”, Monthy Review, vol.59, nº 3.

[3V. Shiva y M. Mies (1997): Ecofeminismo: Teoría, crítica y perspectivas, Icaria, Barcelona.

[4Gudynas E. (2014): “El postdesarrollo como crítica y el Buen Vivir como alternativa”, en: Delgado Ramos G. (coord.), Buena Vida, Buen Vivir: imaginarios alternativos para el bien común de la humanidad, CEIICH, UNAM, México.

[5Martínez Alier, J. (2009): “Por una economía ecológica: hacia un decrecimiento sostenible”; Revista de Economía Crítica, nº 8.

[6Ecologistas en Acción (2008): Tejer la vida en verde y violeta. Vínculos entre ecologismo y feminismo.

[7Bonaiuti, M. (ed.) (2005): Obiettivo Decrescita, EMI, Bologna.

[8Herrero, Y. (2013): “Pautas ecofeministas para repensar el mundo”, Boletín Ecos, nº 22, Fuhem Ecosocial.

[9Pérez-Mendiguren, J.L. y Etxezarreta Etxarri, E. (2015): “Los debates en torno a la Economía Social y Solidaria”, Boletín de recursos Hegoa, nº 42.

[10Coraggio, J.L. (2007): Economía social, acción pública y política: Hay vida después del neoliberalismo, Editorial CICCUS, Buenos Aries, Argentina.

[11Más información: http://ripess.eu

[12Straigh,H. y Singh,Y., “La Vía Campesina pide que la agricultura sea retirada en su totalidad del ámbito de la OMC”, Ecoportal, 7 de septiembre de 2009.


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