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Enmarañadas

Pedro Ramiro y María González Reyes (Ecologista, nº 87, invierno de 2015)

Martes 12 de enero de 2016

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Una maraña de cables, cada uno conecta cada casa con el poste central del tendido eléctrico. Podría ser una metáfora del comportamiento de las sociedades humanas o una imagen que ilustrase la vida en las ciudades, de no ser porque simboliza, sobre todo, otra cosa: los impactos del capitalismo neoliberal y de la dictadura de la ganancia sobre las poblaciones más desfavorecidas.

Préstamos condicionados, planes de ajuste, reformas estructurales. Liberalización comercial, internacionalización empresarial, inversión extranjera. Devaluación interna, brecha salarial, flexibilización. Privatización, acumulación, desposesión. Vivimos hoy, en el sur de Europa, tiempos parecidos a los que en las últimas tres décadas vivieron en otras partes del planeta. Ahora son la troika, los dictados de Bruselas, la moneda única y el TTIP, de la misma manera que antes fueron la deuda externa, el Consenso de Washington, la dolarización y el sinfín de tratados de “libre comercio” que han servido, ayer como hoy, para poner los intereses de las grandes corporaciones por encima de los derechos de las personas, los pueblos y la naturaleza.

Aeropuertos sin aviones, autopistas sin tráfico, urbanizaciones desiertas y, mientras tanto, una clase político-empresarial que utiliza las instituciones que nos gobiernan para su propio beneficio. Todo ello forma parte de esa misma cara de la moneda que, al dar vueltas, impide a millones de personas acceder a los servicios básicos y a las condiciones materiales que hagan posible una vida digna.

Lo hemos visto, por poner un caso, en la costa caribeña de Colombia, con una de “nuestras empresas” anteponiendo sus ganancias a la situación de las comunidades empobrecidas que viven en la periferia de las grandes ciudades. Y lo que hizo allí Unión Fenosa, tratando de amortizar rápidamente el dinero invertido en la compra de las empresas eléctricas privatizadas a finales de los noventa, mediante alzas de tarifas y nulas inversiones en mantenimiento, a la vez que las voces críticas de las organizaciones sociales y sindicales que se oponían a su mala gestión eran acalladas. No es muy diferente a lo que están haciendo en estos momentos por aquí Telefónica, Coca-Cola o el Banco Santander.

Pero también hemos visto, desde Barranquilla a Barcelona, de Atenas a Madrid, que es posible cambiar el “no hay alternativas” por el “sí se puede”. Hay resistencias y alternativas que ocurren a diario, que se construyen desde lo cotidiano y que revierten situaciones que parecían imposibles de cambiar. Frente al poder de las multinacionales, frente a los gobiernos que no miran hacia abajo, frente a los ricos que generan pobres.

Tenemos que cambiar el relato dominante y visibilizar historias que muestran las resistencias y alternativas que se están construyendo. Historias que hablan de gente común, peleona, organizada, que es capaz de crear otras realidades. Porque las alternativas pueden surgir desde múltiples lugares: en la cola del paro, en un campo de cultivo o en el interior de una cocina. Y cuyos protagonistas son tan diversos como diferentes son las resistencias: estudiantes, campesinas, indígenas… Teniendo presente que son los procesos colectivos los que generan cambios, pero que estas colectividades están formadas por cada una de nosotras. Colectividades que se enmarañan como los cables para construir juntas algo diferente.

Ver en línea : Ecologista, nº 87, invierno de 2015.


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