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“El tema de la violencia sexual comercial y el de la trata no están en las agendas feministas, incorporarlos es el primer desafío”

Entrevista de Beatriz Plaza (Pueblos, 28 de julio de 2015) a Entrevista a María Ximena Machicao Barbery, feminista boliviana

Viernes 7 de agosto de 2015

Ximena cuenta con más de 30 años de activismo feminista en la defensa de los derechos humanos de las mujeres, años en los que ha participado en campañas que van desde la participación política a la despenalización del aborto y la erradicación de toda forma de violencia contra las mujeres. Actualmente se encuentra trabajando sobre la violencia sexual comercial y la trata en cinco países de la región sudamericana.

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En su mirada, su voz y sus gestos se siente la intensidad y fortaleza con la que día a día afronta este trabajo, porque, según nos cuenta ella misma, este tipo de violencia es la expresión más perversa del sistema heteropatriarcal y su magnitud deja patente la forma más vil de expropiación de los cuerpos y vidas de las mujeres desde su niñez. Una problemática que, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), afecta a más de 12,3 millones de personas en el mundo, y especialmente a mujeres y niñas, un tipo de violencia calificada también como “una forma de esclavitud moderna”. Aprovechamos su paso por Donostia, donde participó en unas actividades relacionadas con la defensa y lucha de los derechos sexuales y reproductivos, para charlar con ella.

Ya son más de 30 años los que viene trabajando en el movimiento feminista latinoamericano, ¿qué hitos destacas en todo este recorrido?

En el feminismo como movimiento y propuesta política no hay hito personal, son siempre hitos de construcción colectiva. Estos hitos tienen que ver con aquellos momentos fundacionales que hemos tenido las feministas en ciertos espacios de decisión política en los últimos 30 años. Las feministas trabajábamos para llevar a estos espacios propuestas que fueran incorporadas en agendas que no eran las nuestras. Lo que hicimos fue construir un lenguaje alternativo, y fue un trabajo muy articulado con liderazgos fantásticos como los de Virginia (Gina) Vargas, Ana Falú, Marisa Matamala o Sonia Corrêa, entre otras.

Los años 80 y 90 para América Latina supusieron un momento de cambio, también en el campo del feminismo.

Sí, a partir de los 80 se tomaron en cuenta muchas exigencias de las feministas latinoamericanas. En ese momento en muchos de nuestros países recuperábamos la democracia, y ahí es donde empezaron a surgir como semillitas múltiples las organizaciones no gubernamentales feministas que hoy llevan adelante todos estos procesos de incidencia.

¿Cuál es el balance que realizas con respecto a la lucha por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en América Latina y el Caribe?

La conquista de los derechos humanos de las mujeres, de todos los derechos políticos, sociales, económicos, culturales, sexuales y reproductivos son luchas a muy largo plazo y los reconocimientos no siguen un proceso lineal. Hemos avanzado mucho, ahora la agenda de las mujeres la tienen en cuenta los gobiernos, pero tiene muchas dificultades para su implementación porque los Estados, aunque sean democráticos, no tienen voluntad política. La voluntad no es un discurso, implica implementar una política para la equidad, significa dar capacidad técnica y económica para ello. Nos hemos acostumbrado a hacer planes y proyectos, pero la igualdad no se construye en planes y proyectos, es una construcción permanente, sistemática.

¿Y qué opinas de las políticas relacionadas con los principios de igualdad y equidad que se han estado aprobando en los últimos años en diferentes países de América Latina?

Las políticas de construcción de igualdad y equidad no pueden estar basadas en voluntades personales o de un equipo de funcionarias y funcionarios públicos, tienen que ser políticas de Estado. Si cambia un gobierno no se pueden mover las políticas que luchan por la equidad, por la igualdad, contra la homofobia o el racismo, porque son principios de un estado de derecho. Hace muy poco que se acaba de evaluar Cairo, estamos empezando a evaluar Beijing y ya se empieza a hablar de otra Agenda Post 2015. ¿Y por qué? Las agendas que inventan el mundo globalizado y el poder demuestran la incapacidad absoluta de implementar los acuerdos a los que llegan los Estados, sobre todo en el tema de los derechos humanos y de las mujeres. En la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible[1] hay otros temas (comerciales, económicos, medioambientales) donde los derechos humanos se dejan a un lado y se negocia a otro nivel. No es casual que la Agenda Post 2015 se llame “para el desarrollo económico y sostenible”. Nuestros derechos son una moneda de cambio, están muy mercantilizados.

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¿Qué opinas de las nuevas luchas que organizaciones feministas latinoamericanas han iniciado en denuncia de la violación sistemática de los derechos de las mujeres?

Cuando hablamos de violación a los derechos humanos de las mujeres no hay temas nuevos o emergentes, hay dimensiones distintas, escenarios más complicados, magnitudes que se extienden, mayor invisibilización. Me causa malestar cuando escucho: “es que ése es un tema emergente de los últimos diez años”. No, ese tema existía pero en una dimensión muy distinta a la que existe hoy.

También es posible que las propias organizaciones feministas nos hayamos dedicado a veces a actuar para ganar institucionalidad y que se aprueben políticas públicas, sesgando y fragmentando de este modo la agenda: la de violencia va por aquí, la de derechos sexuales y reproductivos por acá… y eso evidentemente tiene malas consecuencias. También tiene que ver con los intereses de la cooperación al desarrollo para América Latina, que te dice: “Sí, yo apoyo ahora violencia pero no me meto con derechos sexuales y reproductivos, o yo apoyo lo otro pero no me meto en…”, y ahora todas quieren el desarrollo sostenible y que metamos género.

El género se ha vaciado en forma y contenido político. No tiene nada que ver con ser un instrumento que tiene fin en sí mismo, es decir, el género de ningún modo te va a hacer una política pública, lo que hace una política pública son planes a largo plazo, son otro tipo de instrumentos y mecanismos institucionales, pero no un concepto vacío absolutamente de su versión fundacional y transformadora. Se ha perdido para qué utilizamos el género, que es para mirar la realidad y las relaciones de poder, no solamente entre hombres y mujeres, sino entre mujeres o entre hombres. El género es una categoría de análisis relacional política, es como la clase, como la raza. Por lo tanto, cuando tú quieres pelear, por ejemplo, por un ministerio de la mujer, y esto está pasando mucho en los llamados socialismos del siglo XXI, te encuentras con un desconocimiento total sobre lo que verdaderamente significa el género.

En cuanto a los gobiernos adscritos al socialismo del siglo XXI y teniendo en cuenta que usted viene desde Bolivia, un país que con Evo Morales al frente del gobierno ha experimentado toda una serie de cambios hacia la revolución, ¿cuál sería la relación de estos gobiernos con el movimiento feminista?

Una se desencanta con los procesos y los resultados que va viendo en el camino. Las expresiones de Morales o Correa en relación al género o al mismo movimiento feminista nos han hecho perder la expectativa inicial. Esto me genera mucha rebeldía, porque tuvimos la esperanza de que íbamos a vivir un cambio. Cambiamos los gobiernos de derechas neoliberales que no hicieron mucho por los derechos humanos, y mucho menos por los derechos de las mujeres, y pensamos que había llegado el momento de avanzar. Sin embargo, en el caso de Bolivia, es posible que ahora mismo seamos de los países con más retrocesos.

En Bolivia, ¿cómo es la relación entre el Gobierno, el movimiento MAS y el movimiento feminista?

En la Constitución de Bolivia figuran más de 45 artículos de transversalización de la equidad y la igualdad, de la no discriminación y de la dignidad. El problema es que no se cumplen porque no hay recursos. Si tú implementas y promulgas una ley, lo mínimo que tienes que hacer es dar las condiciones para que se ejecute. Creo que son formas de acallar cierto tipo de demandas, y listo. Porque cuando Evo habla de estos temas dice “ningún gobierno ha hecho tanto por las mujeres”, y yo creo que ningún gobierno tiene que cobrar factura a la ciudadanía, su obligación es proteger los derechos humanos. Y sin embargo, hay una tendencia en el feminismo de América Latina que sí está muy captada por estos gobiernos. Ellas dicen: “pero es que nunca hemos tenido las leyes que tenemos ahora”; y yo digo que sí, que es cierto, pero que vamos a celebrarlas cuando las implementen, y no ahora que hemos empezado a tener cifras altas de homicidios por violencia sexual. Algo está pasando cuando estas leyes contribuyen a incrementar, y no a disminuir, la violencia contra las mujeres. Lo más grave es que legitiman y naturalizan, todavía, las formas de violencia hacia las mujeres, porque, si no, no podríamos entender cómo no salimos en el mundo entero millones de personas a las calles a pedir que paren el feminicidio, y si hay un problema en un partido de fútbol tienes miles de personas en las calles. La naturalización hace que no se vea la violencia como un problema, que se desvalorice la vida de las mujeres.

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Ahora mismo se encuentra trabajando sobre la trata y la violencia sexual comercial en cinco países de Sudamérica: Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay y Brasil. ¿Cuál es el panorama que se presenta en cuanto a este tema?

Hace 20 años no nos hubiéramos imaginado, aunque existían, la magnitud de estas violencias estructurales y la incidencia que hoy en día tienen en el mundo. En muchos de los países en los que estamos trabajando resulta impresionante ver cómo hay madres que son las proxenetas de sus propias hijas. Pero cuando vas hurgando te encuentras casos en los que resulta que la madre vivió la misma violencia. Hay un problema de afecto muy grande, las exponen a situaciones de violencia sexual comercial. La línea de violencia sexual comercial y de la trata es muy delgadita, pero son condiciones distintas. La violencia sexual comercial contra las menores de edad y la trata son las expresiones más perversas del sistema patriarcal, magnitudes inimaginables de lo que significa la expropiación de los cuerpos y las sexualidades de las mujeres, y parece que todo eso es natural, legítimo. Esta naturalización o legitimación es lo que genera que sea tan difícil de luchar, de pelearlo, porque está muy enraizado en las sociedades en las que vivimos.

¿En qué se diferencian la violencia sexual comercial y la trata?

La trata es una situación de condiciones de explotación y esclavitud sexual, y forma un triángulo entre el origen, el tránsito y el destino. Se calcula que en el mundo cerca de 44 millones de mujeres menores de 25 años, y sobre todo de menores de 18, están en situación de trata. Está absolutamente relacionada con el crimen organizado, muy de la mano del narcotráfico. Un informe reciente de Naciones Unidas señala que se calcula que la trata ha superado en rentabilidad al tráfico de armas. En el ranking de la rentabilidad nos encontramos primero con el narcotráfico, seguido por la trata y, después, por el tráfico de armas. Evidentemente en la trata están metidos gobiernos, corporaciones transnacionales. Miras rutas críticas en el mundo entero y siempre tiene relación con toda esta concepción desarrollista y extractivista.

La violencia sexual comercial se da en los mismos territorios donde viven las muchachas, es decir, que ellas no son trasladadas, y digamos que están en condiciones de mayor control. En Bolivia, por ejemplo, en la ciudad de El Alto, hay muchachitas en la calle en situación de violencia sexual comercial, drogadas, con doce o trece años, que viven en grupos en un alojamiento porque han abandonado a sus familias o la familia las ha expulsado, y están en esa situación en los mismos barrios, pueblos, comunidades o ciudades de donde son.

¿Y la diferencia entre trata y tráfico?

Los conceptos trata y tráfico son muy diferentes. El objetivo de la trata es la explotación de la persona, en este caso nos referimos a la explotación sexual comercial de mujeres y niñas principalmente, porque está cuantificado que el 95 por ciento de las mujeres en situación de trata en el mundo son mujeres. Nosotras trabajamos el concepto de trata por la dimensión de la explotación sexual, pero obviamente el tráfico de personas existe y a veces está relacionada con la trata. El tráfico de personas implica la entrada de forma clandestina de una persona en un territorio del cual no es nacional ni residente. Puede ser voluntario o por extorsión; igual tienes intermediarios, pero si llegas a una frontera, a la de cualquier país, al pisar suelo puedes estar en condiciones de libertad. Puedes ser una o un inmigrante mal pagado y tal vez explotado, porque hay mucha explotación laboral en el tráfico de personas, pero no es lo mismo que la situación de esclavitud sexual.

Nos indicas que en el caso de la trata el 95 por ciento de personas que se encuentran en esta situación son mujeres. En el caso de la violencia sexual comercial, ¿se sigue este mismo patrón?

Si, no me gusta hablar de cifras ni de datos, porque no somos cifras los seres humanos, pero los estudios son sólidos. Tanto Naciones Unidas como otros observatorios u organizaciones dan cifras de que entre un 90 por cierto y un 95 por ciento de las personas que son captadas para fines de comercialización y/o explotación sexual son niñas. Lo cual no significa que no haya niños, pero es mucho más clandestino e invisibilizado.

¿Existen diferencias entre las niñas y los niños que viven o han vivido una situación de violencia sexual comercial o trata?

Sí, la situación de trata que viven los niños o adolescentes jóvenes en América Latina muchas veces responde a la explotación laboral, hay muchos tipos de abusos, pero es el cuerpo de las mujeres el que se vende. No quiere decir que no haya niños, pero es muchísima la diferencia. En los cinco países en los que he entrado a albergues de recuperación de trata, todas son niñas y mujeres, excepto en uno de Perú, donde había dos bloques, uno donde estaban las niñas y otro donde estaban los niños. Las niñas, unas 160, estaban por abandono, por violencia sexual en sus casas, por estar en situación de calle. Cuando hablamos con la directora y el equipo del centro, los niños, que eran como 160 también, estaban por haber delinquido, por haber robado, por haber destrozado un auto. Es decir, totalmente distinta la situación, y no están juntos, están separados.

Según su propia experiencia, ¿cómo es la realidad en estos centros de recuperación?

Lo llaman “régimen cerrado de reinserción”, aunque no creo que la palabra reinserción sea la correcta. Reinsertar significa que se hace un esfuerzo para que un delincuente que ha cometido un delito se integre en la sociedad, y no podemos hablar de reinsertar a las víctimas de violencia sexual porque ellas no han cometido ningún delito, ellas han sido víctimas del delito. Hay mucha complejidad en el uso y definición de los términos, y hay que hablar de restitución de derechos.

¿Nos puede contar cómo son estos procesos de recuperación?

Muy largos. Una niña que ha vivido explotación sexual comercial durante seis años no se recupera en un mes, porque lo más difícil en los procesos de ayuda psicoterapéutica es que entiendan que han cometido un delito con ellas. Como desde tan chiquitas han sufrido violencia sexual en sus casas, lo han naturalizado y es muy difícil desestructurar la identidad de las muchachas en situación de violencia sexual comercial. Más difícil y complejo es lo de trata, porque traspasa varias barreras, es una absoluta expropiación del cuerpo, la sexualidad y las mentes de las mujeres, muy bien organizada en forma de red, que puede ser nacional o internacional.

¿Cuál es el papel que los Gobiernos o los Estados cumplen en estos procesos?

Actualmente, en los cinco países en los que hemos trabajado, nos consta que no hay una política de Estado para la recuperación integral de estas mujeres. No hay una política de recuperación de derechos, de restitución, para después poder conseguir un trabajo digno. Los cursos de formación profesional que dan en los centros no resuelven el problema. Además, en la mayoría de los casos, cuando estas muchachas cumplen los 20 o los 22 años ya no sirven ni para la explotación ni para la trata, así que o las matan o las liberan. Muy pocas de las que liberan, y de las que son liberadas, regresan a los círculos pero de otra manera, se convierten en las que captan a otras mujeres.

¿Nos puedes comentar las características de cada uno de los cinco países en los que trabajáis?

En Bolivia estamos trabajando en una zona de origen, tránsito y destino que se llama ciudad de El Alto, un territorio de mucha migración aimara que ahora tiene mucho poder por el Gobierno de Evo Morales. En Colombia se está trabajando en tres municipios en donde está presente la minería extractivista, porque está comprobado que donde hay empresas transnacionales hay focos de mujeres en situación de trata. En Paraguay se trabaja con mujeres de áreas rurales, mujeres indígenas guaranís en la triple frontera: Paraguay, Brasil y Uruguay. En Brasil se está trabajando en la zona del norte, en Bahía. Es impresionante la cantidad de jóvenes que trasladan desde Haití hasta Brasil para el turismo sexual en situación de trata. En el Perú, el estudio es más extenso y abarca cinco regiones, las más duras de tránsito y trata de tráfico de personas tanto a nivel interno como externo. En los cinco países es el mismo drama, pero hemos tratado de enfocar algunas características que nos lleven a mirar de manera integral, a excepción de Colombia, porque el conflicto armado otorga unas características específicas.

Según lo que venimos hablando, ¿podríamos afirmar que existe una relación entre las redes de trata y los enclaves de las empresas transnacionales en estos países?

Sí, lo que pasa es que hay mucha movilidad. La trata se mueve igual que el narcotráfico, sigue las mismas rutas. Si se mueve una empresa transnacional extractivista se mueven también las rutas de trata y los enclaves de comercialización sexual.

Y en estos países, ¿conocéis si existen garantías de protección o prohibición explícitas?

En los cinco países hay leyes de trata y se han firmado varios protocolos, como el de Palermo. Ya tenemos el estudio del marco normativo y de leyes, nos resta por hacer el estudio comparativo. En diferentes países de América Latina el tema de la trata ha estado muy presente en los últimos años. Hay iniciativas gubernamentales que están muy bien, pero el problema es que hay que tomar medidas urgentes ya. Hay que cuidar fronteras, cerrar rutas, entrar con garantías a algunos lugares, porque como la trata está tan relacionada con el crimen organizado y el narcotráfico, es muy complicada la lucha. Pero al menos hay un mayor movimiento, por las magnitudes alcanzadas, por el incremento de las denuncias… Se ha visibilizado más el tema y por lo tanto se están haciendo esfuerzos, pero no podría evaluar qué puede pasar con esos esfuerzos a nivel intergubernamental.

¿Cuáles serían, según tu percepción, los retos o desafíos a los que se enfrenta el movimiento feminista latinoamericano en la lucha contra la trata y la violencia sexual comercial?

El tema de la violencia sexual comercial y el de la trata no están en las agendas feministas, incorporarlos es el primer desafío, porque no es un fenómeno aislado a las violaciones de los derechos sexuales y reproductivos. En un rastreo en El Alto, de 160 muchachas menores de quince años, el 80 por ciento de ellas tiene VIH, además en muchos de los casos han tenido abortos clandestinos o ya son madres. Estos problemas se han tratado dentro del marco de la violencia, pero sin visibilizar a las víctimas principales. Visibilizar esto es una tarea imprescindible de las feministas.

¿Y cuáles son los desafíos de los gobiernos y organismos internacionales como Naciones Unidas?

Los Estados tienen que tratar este tema porque se va a desbordar, como desborda el narcotráfico. Y tienen que tratarlo como derechos humanos, como responsabilidad política, como Estados de derecho. No pueden seguir siendo cómplices por acción u omisión de este flagelo del siglo XXI. Naciones Unidas, según una propuesta que han hecho 44 países, tiene que declarar la violencia sexual comercial y la trata como delito de lesa humanidad. El trabajo de prevención es necesario, pero debe haber una alianza entre Estados, organizaciones y sociedad civil.

Es necesario construir sociedades más equitativas, redistributivas, solidarias y, sobre todo, pensadas para estas poblaciones jóvenes. En nuestros países no hay políticas focalizadas en ellas, la pobreza económica es un detonante, pero no es el único, esto tiene que ver con políticas de desarrollo de otra naturaleza que no son las que tenemos ahora mismo.


Beatriz Plaza es investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad.


Ver en línea : Pueblos, 28 de julio de 2015.


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