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El TTIP profundiza en la pérdida de biodiversidad del planeta

Pablo Jiménez

Martes 21 de julio de 2015

El tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos llevará a la entrada masiva de transgénicos, la utilización de agrotóxicos e incidirá aún más en la destrucción de diversidad biológica.

La pérdida de biodiversidad es uno de los problemas más graves con los que se enfrenta la sociedad actual, si bien no existe esa percepción en las sociedades urbanas avanzadas, desconocedoras del debate en torno a las interrelaciones ecológicas de los seres vivos. El ritmo de desaparición de especies en todo el planeta ha adquirido una velocidad entre cien y mil veces superior a la natural, la lista roja de especies amenazadas de la UICN no se reduce o incluso aumenta y se reducen notoriamente los servicios de los ecosistemas, de acuerdo con la última evaluación de los Objetivos del Milenio –sirva como ejemplo Europa, donde el 60% de las especies y el 77% de los tipos de hábitat de interés comunitario presentan un estado de conservación desfavorable–, así como se apuntan pérdidas significativas de variedades locales y razas autóctonas en el mundo agrario que indican que, según la FAO, desde 1990 se ha perdido el 75% de la diversidad genética de los cultivos mundiales y que al menos 190 razas de animales domésticos se han extinguido y otras 1.500 se consideran al borde de la extinción.

En este contexto preocupante, las relaciones económicas y comerciales entre la UE y los Estados Unidos representan conjuntamente alrededor de una tercera parte del comercio mundial y más de la mitad del PIB mundial. De aprobarse el TTIP abarcaría un potencial de 800 millones de consumidores. Estos son datos significativos, ¿pero cuál es la relación de este comercio con la biodiversidad y con su situación actual?

Lo primero que hay que hacer constar es que EE UU no ha firmado el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y por tanto no está comprometido con ninguna de las decisiones tomadas en las doce reuniones de partes celebradas hasta hoy. La pregunta que surge inmediata es cómo se puede firmar un tratado de libre comercio, cuando éste –el volumen de comercio internacional– se considera una de las causas subyacentes de la pérdida de biodiversidad, con un estado que no ha firmado el CDB. Pero analicemos más detenidamente esta cuestión

El sector agrícola

En el sector agrícola el TTIP defiende un modelo basado en, además de la alta tecnificación y mecanización y el bajo empleo, los monocultivos y el uso masivo de pesticidas y otros productos químicos, que se identifican como causas claras de la pérdida de biodiversidad. Al optar por la agroindustria, EE UU renuncia a su propia diversidad, como demuestra el hecho de que en el último siglo ha desaparecido de sus campos el 93% de las variedades de frutas y productos hortícolas. Esta forma de cultivar prescinde de cualquier otra planta o animal presentes cuando la biodiversidad está considerada como un factor de regulación necesaria para que los agrosistemas funcionen. En ellos, la biodiversidad es capaz de ejercer por ella misma una serie de servicios ecológicos además de los propios de producción alimentaria, tales como el reciclado de nutrientes, la depuración de productos químicos, la eliminación o reducción de plagas o enfermedades o la regulación microclimática e hídrica locales.

En la actualidad existe evidencia científica suficiente como para poder afirmar que la disminución de la biodiversidad agrícola está relacionada con cambios en las prácticas agrícolas. Según un estudio de SEO Birdlife , por ejemplo, en España, que –como el resto de Europa– paulatinamente tiende al modelo agroindustrial, el cambio en la forma de cultivar los cereales ha provocado una reducción próxima al 30% en el número de aves de campo asociadas. Los ecólogos afirman desde hace tiempo que la heterogeneidad del hábitat es uno de los principales mecanismos de generación de biodiversidad, y esto es tan válido para los ecosistemas naturales como para los agroecosistemas. Al apostar el TTIP por este tipo de agricultura, se apuesta por una biodiversidad agraria pobre, con el agravante de resultar de sus prácticas unos suelos y acuíferos contaminados por la enorme cantidad de fertilizantes y productos fitosanitarios empleados.

Otro de los elementos importantes que traerá consigo el TTIP es la introducción de los transgénicos para la alimentación humana y la autorización de cultivo de nuevas especies que acompañen al permitido hasta ahora, un tipo de maíz. Aunque la Comisión Europea ha reiterado en múltiples ocasiones que los transgénicos no entrarán en las negociaciones y que la firma de ese acuerdo no pondría nunca en peligro la seguridad alimentaria en la UE, el hecho de que el pasado enero el Parlamento Europeo haya aprobado la reforma de la directiva comunitaria sobre cultivos transgénicos y la reciente aprobación en abril por parte de la CE de la comercialización de diez organismos modificados genéticamente hace pensar en un primer paso que allane el camino a estos productos en Europa.

Los transgénicos afectan gravemente a la diversidad biológica, además de los potenciales riesgos para la salud humana, por la posibilidad alta de contaminación genética que hace especialmente sensibles las variedades locales. Son conocidos en Aragón y Cataluña los casos de contaminación de maíz ecológico, que han supuesto la desaparición en algunos casos de las propias explotaciones agrarias.

Los transgénicos llevan asociados a su uso el empleo de productos químicos, fabricados por los mismos productores de las semillas, para combatir potenciales plagas y enfermedades, así como para la eliminación de malas hierbas (un herbicida –el glifosato– de la transnacional Monsanto ha sido declarado por la OMC como potencialmente cancerígeno), incidiendo aún más en la destrucción de la diversidad biológica.

Hace unos años una evaluación de la agricultura mundial realizada por la ONU, la FAO, el Banco Mundial y otras agencias, junto con más de 400 científicos, determinó que los cultivos transgénicos no juegan un papel relevante para la resolución de los problemas agrícolas y alimentarios del mundo, recomendando al contrario métodos agrícolas biológicamente diversos.

No obstante, en EE UU más del 70% de los alimentos que se consumen están modificados genéticamente, y la poderosa industria agroalimentaria presiona para que se introduzca en el TTIP la eliminación de cualquier traba a su comercialización, desde las normas de etiquetado al rechazo del “principio de precaución” recomendado en las conclusiones de Río92 y adoptado por la UE desde entonces. El negocio de las semillas transgénicas está en manos de seis transnacionales: Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Dow, Basf, que son asimismo las seis mayores en el mercado mundial de agrotóxicos.

El sector energético

Otros de los problemas que afectan gravemente a la biodiversidad es su relación con el cambio climático. Considerado como una de las cinco presiones directas sobre la pérdida de biodiversidad, el cambio climático es un hecho aceptado por la práctica totalidad del mundo científico, aunque desgraciadamente ignorado en los niveles de decisión política y económica del planeta, bien por la supina ignorancia o bien por los intereses personales de importantes dirigentes de nuestro mundo.

Ya podía leerse en el informe del IPCC de 2002 que “ha subido la temperatura de la superficie terrestre y marina, han cambiado los patrones espaciales y temporales de las precipitaciones; se ha elevado el nivel del mar, y ha aumentado la frecuencia e intensidad de los fenómenos asociados con El Niño. Dichos cambios, sobre todo la subida de las temperaturas en algunas zonas, han afectado a la estación de la reproducción de animales y plantas y/o la de la migración de los animales, a la extensión de la estación de crecimiento, a la distribución de las especies y el tamaño de sus poblaciones, y a la frecuencia de las plagas y brotes de enfermedades. Algunos ecosistemas costeros o aquellos en altitud y latitud altas también se han visto afectados por los cambios en el clima regional”.

La capacidad de adaptación de muchas especies de flora y fauna es bastante limitada por el hecho de que el calentamiento global se está produciendo con extrema rapidez, ya que se prevé que en este siglo el ascenso de la media de la temperatura global sea superior al registrado por el planeta en los últimos mil años (Grupo de trabajo I del IPCC, 2007). El trabajo del IPCC es bastante riguroso en sus diagnósticos, en identificación de las causas (GEI, abuso de fertilizantes en agricultura, deforestación) o en predecir las consecuencias futuras del calentamiento global, pero es bastante reticente a identificar el principal responsable de lo que viene sucediendo, que no es otro que el mismo modelo político y económico que sólo es capaz de utilizar las variables económicas para leer la realidad natural en la que vivimos sin tener en cuenta los límites ecológicos del planeta.

Y nos hacemos nuevamente la misma pregunta. ¿Cómo es posible firmar un acuerdo comercial con un Estado que no ha firmado la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y su protocolo posterior conocido como Protocolo de Kioto, que intenta por primera vez poner límites, aunque de forma limitada, a las emisiones de GEI y otros usos claramente identificados como causantes del calentamiento global?

El TTIP apuesta claramente por los combustibles fósiles, favoreciendo los intereses de las grandes petroleras en detrimento de alternativas de emisiones cero. Las negociaciones en curso en torno al sector energético implicarán un aumento de la presión sobre los recursos naturales y un aumento de los gases de efecto invernadero, poniendo en peligro el propio objetivo de la UE para el 2020 del paquete de energía y clima del 20-20-20 (GEI, EERR, EE).

Próximos a la COP21, la Cumbre de París sobre el Clima, en la que desde el mundo científico y la sociedad civil se demanda, como pide el Manifiesto por el Clima firmado por más de 400 organizaciones en España, una transición hacia un modelo energético “renovable eficiente, sostenible y justo que garantice el acceso universal a la energía”, la UE está abandonando estos objetivos, por otra parte nada ambiciosos, poniéndose al servicio también en este caso de los lobbies petrolíferos al apoyar y potenciar nuevas técnicas extractivas invasivas como el fracking o fractura hidráulica y la entrada de las arenas y esquistos bituminosos, productos altamente contaminantes.

El sector químico

Otro de los problemas asociados a la pérdida de biodiversidad es la contaminación de suelos y agua por exceso de uso de fertilizantes, considerándose otra de las presiones directas ejercidas sobre la biodiversidad. La utilización de nitrógeno y fósforo para poner en cultivo suelos pobres en nutrientes o excesivamente trabajados ha traído como consecuencia competencia entre plantas adaptadas a medios frugales y otras oportunistas que prosperan en los medios mejorados o modificados. Es ya conocido que el exceso de nitrógeno existente en diversos ecosistemas es el principal responsable de la modificación en la composición de sus especies en zonas templadas, como puedan ser las praderas europeas y norteamericanas, así como que los ecosistemas costeros y de aguas continentales se eutrofizan con el fósforo y nitrógeno sobrante de las tierras de cultivo y con las aguas residuales de las poblaciones vecinas, ricas en nutrientes, estimulando de esta forma el crecimiento de algas y algunas formas de bacterias, que entran en competencia con otras especies, desplazándolas o eliminándolas.

Estos fertilizantes y otros productos químicos (pesticidas, herbicidas, cosméticos, pinturas…) están producidos por la importante industria química, cuyos lobbies presionan fuertemente para que en el TTIP queden recogidas sus pretensiones de limitar las regulaciones que afecten a su sector. En Europa el reglamento REACH, tildado de blando por algunas organizaciones ecologistas, regula y controla la utilización masiva de estas sustancias, pero está en el punto de mira de los negociadores que ven en esta norma y otras similares un freno a su potencial expansión. Nuevamente estamos ante la cortedad de miras y la sinrazón de algunos grupos industriales guiados por sus intereses sectoriales y alejados de la comprensión de la viabilidad de los ecosistemas y de sus servicios asociados.

Los tratados de libre comercio y la biodiversidad

Esta situación muestra un escenario futuro incierto donde es necesario identificar cuáles son las causas específicas que motivan esta degradación ambiental continuada, aunque ya en el en el tercer informe de la Perspectiva Mundial de la Biodiversidad (GOB3) se apuntaba entre las causas subyacentes las relacionadas con “tendencias sociales, económicas y culturales tales como el crecimiento demográfico, la actividad económica, el volumen del comercio internacional, las pautas de consumo per cápita vinculadas a la riqueza individual, los factores culturales y religiosos o los cambios científicos y tecnológicos”.

Estas causas subyacentes hablan ya de unas pautas sociales y económicas que perfilan claramente la raíz del problema que afrontamos. El modelo social y económico, de raíz claramente antropocéntrica, centrado en un desarrollo que jamás puede ser sostenible, privilegia un consumo desaforado en la aldea global que no tiene en cuenta la finitud de determinados recursos, la tasa de reposición natural o el equilibrio ecosistémico. En un momento próximo al punto de no retorno, en el que desde el mundo científico se están dando las pautas a seguir –diversidad agraria, apuesta por emisiones cero, es decir renovables, reducción del uso de productos químicos de síntesis, entre otras- el modelo neoliberal imperante, que desprecia el conocimiento científico existente sobre la interrelación de los fenómenos de la naturaleza y centra su actividad en los logros económicos cortoplacistas e individuales, es el responsable directo de la mayoría de esas causas subyacentes y el propiciador del impulso otorgados a los mecanismos de control social y económico con consecuencias graves ambientales como es la pérdida de biodiversidad que analizamos.

Las conclusiones de las Conferencias de Partes de la CDB, las COP11 y 12 y los informes sobre la Perspectiva Mundial sobre la Biodiversidad del GBO3 y GBO4, si bien identifican de forma general las causas, no señalan claramente los causantes del deterioro imparable de la biodiversidad. El sistema económico imperante hoy día en el mundo es el principal responsable, y las políticas subyacentes como los tratados comerciales que impulsa las herramientas que utiliza para mejorar su implantación.

Los tratados de libre comercio, ya sean bilaterales o impliquen a varios Estados o regiones geográficas, como es el caso del TTIP, son un medio de control político, social, económico y cultural al servicio de las grandes corporaciones transnacionales, deseosas de eliminar cualquier traba a su actividad comercial, significativamente las que denominan barreras no arancelarias, tales como la regulaciones en materia laboral, social, cultural o ambiental.

Los TLC no son los responsables de la pérdida de biodiversidad del planeta, como tampoco lo es el TTIP, pero sí que, desde la ideología irresponsable que los guía, profundizan y exacerban las causas que la hacen posible.


Pablo Jiménez , geógrafo, miembro de la Campaña estatal #NoalTTIP y del Área Federal de Medio Ambiente de IU.


Ver en línea : Diagonal, 16 de julio de 2015.


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