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¿De dónde vienen las flores?

Erika González (La Marea, 13 de febrero de 2015)

Viernes 13 de febrero de 2015

14 de febrero, San Valentín: en el mercado de las emociones, las flores cotizan al alza, millones de rosas se venden para celebrar el día de los enamorados. Al otro lado de la cadena de producción, en los invernaderos donde se cultivan las flores y en las frías salas en las que se preparan para su exportación masiva, esta es también una fecha señalada: es el día internacional de las trabajadoras y los trabajadores de las flores.

En las últimas semanas, en plena temporada alta para la cosecha y venta de plantas ornamentales, bajo los plásticos de las fincas productoras situadas en países como Colombia, Kenia o Ecuador, vuelven a reproducirse de nuevo las duras condiciones de explotación laboral que caracterizan a “la industria de las flores”. Cultivar y cosechar rosas, claveles y crisantemos para el mercado internacional sigue el patrón de la agricultura industrial: se extienden los monocultivos de flores y se hace un uso intensivo del suelo, el agua, los agroquímicos y la mano de obra. Por eso mismo, la organización colombiana Cactus viene impulsando desde hace años una jornada de movilización en el día de San Valentín, para visibilizar las reivindicaciones laborales y los derechos sociales de las personas que trabajan en la floricultura.

La calificación de este cultivo como industria también alude al modelo de organización laboral que reproduce, ya que tiene muchas semejanzas con el funcionamiento de una maquila, con las operarias ejecutando tareas repetitivas a ritmos extraordinariamente elevados: siembran, guían, deshierban, podan, desbotonan, seleccionan, clasifican y ordenan en ramos. Hablamos sobre todo de mujeres, que son quienes conforman la mayoría de las plantillas de las compañías floricultoras. Los argumentos empresariales para explicar la contratación predominante de mujeres se centran en el cuidado, la destreza y delicadeza de las trabajadoras; sin embargo, las condiciones socioeconómicas de las empleadas señalan razones muy distintas. Y es que la mayor parte de las trabajadoras son madres cabeza de familia sin cualificación y sin otras opciones laborales, así que admiten altos grados de explotación laboral para sostener con el salario a sus hijos e hijas. Se repiten, una vez más, las características propias de los empleos feminizados: temporalidad, bajos ingresos, flexibilización de contratos y horarios, baja sindicalización.

En estos momentos del año en que hay mucha demanda de flores, los ritmos de producción son frenéticos y para alcanzarlos con la máxima rentabilidad se pulverizan los derechos laborales: creciente temporalidad de los contratos, total flexibilización de los horarios laborales, plena disposición de las operarias. Como dice Ofelia Gómez, extrabajadora colombiana de las flores, “una entraba a las seis de la mañana pero no sabía a qué hora salía”. En las empresas floricultoras de la sabana de Bogotá, el suministro de flores para San Valentín conlleva unas jornadas que se pueden extender entre 10 y 12 horas cortando tallos a un ritmo de 400 plantas por hora. En el caso de que la empleada se sitúe en el área de postcosecha, puede llegar a estar incluso 20 horas al día organizando centenares de tallos a la hora para su exportación. Y sostener extenuantes jornadas de trabajo físico, repetitivo, expuesto a agroquímicos y a altas temperaturas, inevitablemente tiene graves secuelas físicas sobre las trabajadoras. Las huellas de la floricultura en el cuerpo de las mujeres tienen forma de lesiones en los tendones del brazo, la clavícula, la mano… “Todo por las tijeras”, recuerda una antigua operaria de la floricultura en Colombia.

La precariedad laboral, las políticas antisindicales, el reducido número de sindicatos independientes, la ausencia de supervisión estatal y la falta de un control más estricto sobre los abusos, otorgan una gran impunidad a la patronal del sector cuando se vulneran los derechos laborales y sindicales. De este modo, son muchas las barreras que hay que salvar para poner en marcha acciones sociales y reivindicaciones sindicales que sirvan para construir una fuerza colectiva en defensa de sus derechos fundamentales. Aún así, diferentes sindicatos, asociaciones y movimientos sociales acompañan el proceso de toma de conciencia de las mujeres que han trabajado y trabajan en la floricultura. Y a partir de ahí, se favorece la formación y la movilización a través de huelgas, toma de fincas, concentraciones y todo tipo de denuncias para visibilizar los impactos que tiene el monocultivo de las flores.

Este 14 de febrero miles de trabajadoras de la industria de las flores en todo el mundo se organizan para reivindicar el fin de la explotación laboral y exigir otros modelos de empresa que prioricen la justicia social y la equidad. Por nuestra parte, celebraremos el día de las trabajadoras y los trabajadores de las flores apoyando su lucha para la defensa de sus derechos y visibilizando las experiencias que han puesto en marcha para avanzar en la necesaria transición a otras formas de producir, de trabajar y vivir con justicia social, garantizando el cuidado y la conservación de la tierra.


Ver en línea : La Marea, 13 de febrero de 2015.


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