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Nicaragua, ¿abierta en canal?

Francisco Segura

Viernes 13 de febrero de 2015

Un inmenso movimiento de lodos, la expulsión de millares de campesinos de sus tierras, el agua para beber afectada, los hábitat de al menos 22 especies vulnerables amenazados. El Canal de Nicaragua dejará impactos aún más profundos que la zanja faraónica prevista para hacerlo realidad. Y todo para lograr el paso de grandes buques, algo tan peligroso como innecesario. Las poblaciones locales se han movilizado en contra, pero la respuesta está resultando muy dura. Piden desde allí que se dé a conocer la amenaza de partir un país en dos.

El gobierno de Nicaragua inició a finales de diciembre de 2014 la construcción del llamado Canal Interoceánico, una obra faraónica pensada para permitir la navegación de grandes embarcaciones de transporte entre el Atlántico y el Pacífico. La obra, que cuenta con inversores chinos detrás, se ha planteado como un desafío de las economías emergentes al imperialismo estadounidense, representado por el Canal de Panamá y su proyecto de ampliación. Pero no existe ningún reto en realidad. Las grandes navieras y el capital financiero de EE UU no se ven amenazados por este proyecto y de hecho no se han manifestado en contra. Es más, están amparando otros proyectos similares de transporte ferroviario entre ambos océanos en Guatemala y México, lo que supondrá una feroz competencia. Esa es otra de las incertidumbres del Canal Interoceánico, su viabilidad económica.

Frente a esa incertidumbre hay ya grandes certezas: los impactos que el canal dejará en la tierra y en la sociedad nicaragüense. Empezando por lo más grave, el proyecto acentuará el riesgo de catástrofes naturales, pues se construye en una zona de alto riesgo sísmico, partiendo en dos el arco volcánico centroamericano y pasando al lado de varios volcanes activos.

Una enorme excavación a lo largo de 278 kilómetros atravesará importantes áreas de selva virgen y la mayor reserva de agua potable en Centroamérica, el lago Nicaragua o Cocibolca. Dañaría miles de kilómetros cuadrados de bosque, costa y humedales que incluyen el sistema de humedales de San Miguelito (incluido en la Convención Ramsar), la Reserva Natural Cerro Silva o la Reserva de la Biosfera de Río San Juan, por citar algunos.

La obra afectaría a los hábitat de al menos 22 especies vulnerables y en peligro de extinción, de acuerdo con la Lista Roja de la UICN, incluyendo tapires, jaguares, tortugas marinas, corales y otras especies; así como algunos de los escasísimos manglares vírgenes, arrecifes de coral, bosques secos y bosques húmedos que aún perduran en Centroamérica. El Corredor Biológico Mesoamericano será partido en dos, y el canal y su infraestructura crearán una barrera descomunal de dispersión para plantas y animales.

El canal también causará fortísimos daños a la calidad del agua y su distribución, todo ello en un país con problemas de escasez hídrica. Los impactos combinados del proceso de construcción del canal y de los derrames accidentales de petróleo de buques oceánicos que utilizasen la ruta podrían impedir el uso del agua del lago para beber, la pesca, el riego o el turismo. Sólo en el Lago Cocibolca habría que realizar una zanja de 520 metros de ancho por 30 metros de profundidad, lo que obligará a mover 1.300 millones de toneladas de sedimentos y materiales del fondo del lago.

Millares de campesinos se verán expulsados de sus tierras de cultivo y numerosas poblaciones locales, tanto campesinas como comunidades indígenas, se verán obligadas a desplazarse por la construcción del Canal. Y eso a pesar de que la propia Constitución de Nicaragua reconoce y garantiza la inalienabilidad de las tierras de indígenas y afrodescendientes, que no pueden ser vendidas, donadas ni arrendadas.

Parce que poco importa la Constitución si ya se ha entregado la soberanía nacional nicaragüense a un conglomerado financiero internacional: el gobierno ha concedido al concesionario chino total discrecionalidad para “negociar” la adquisición de propiedades tanto en el canal propiamente dicho como en los subproyectos que no están en la ruta canalera.

Una vez más se invoca un “desarrollo” amparado en megaproyectos que finalmente solo atienden a los intereses de las grandes corporaciones aliadas al poder político local. Está demostrado que el verdadero desarrollo, el único posible, es el que se vincula con las características ecológicas, sociales y culturales de los pueblos. Aun así, e incluso en términos puramente ingenieriles, la obra propuesta para el canal no respeta ni las más elementales buenas prácticas internacionales sobre megaproyectos, como constató una conferencia organizada por la Academia de la Ciencia de Nicaragua en noviembre de 2014 que contó con la participación de 15 expertos internacionales.


Francisco Segura es miembro del equipo de coordinación de Ecologistas en Acción.


Ver en línea : El País, 6 de febrero de 2015.


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