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Davos y el (mismo) camino a seguir

Pedro Ramiro (La Marea, 30 de enero de 2015)

Sábado 31 de enero de 2015

“Entre cocktails y mousse de espárragos, los directivos de las corporaciones pueden relacionarse con presidentes de gobierno, académicos de renombre y alguna que otra celebridad del rock, al tiempo que hilvanan acuerdos que mantendrán saneados sus beneficios”. Este es el resumen que Nick Buxton, editor del informe State of Power, hace de las actividades que todos los años por estas fechas tienen lugar en la ciudad suiza de Davos, donde el Foro Económico Mundial celebra su reunión anual. Allí se reúnen para hacer negocios los mayores multimillonarios y las personas más poderosas del planeta, lo que Susan George ha llamado la clase de Davos: “Algunos tienen poder económico y casi siempre una considerable fortuna personal. Otros poseen poder administrativo y político, ejercido sobre todo en nombre de los primeros, que les recompensan debidamente”.

En la edición de este año, que ha sido la 45ª y ha contado con la presencia de unos 2.500 líderes empresariales, académicos y gubernamentales, el Foro de Davos se convocó con un lema: El nuevo contexto global. En un mundo que ya nunca va a volver a ser el previo al crash de 2008, las instituciones que nos gobiernan se presentan dando a entender que quieren repensar sus prácticas y estrategias para resituarse en el marco de la mayor crisis económica, ecológica y social que ha conocido el capitalismo global. Pero los debates, reuniones y cocktails que se han celebrado en Davos, en realidad, sólo han servido para certificar el “consenso global sobre el modelo de desarrollo”, aceptando modificaciones superficiales que en ningún caso cuestionan los elementos fundacionales del sistema capitalista: propiedad, ganancia, explotación, crecimiento, acumulación.

“Un nuevo modelo productivo”

Al hablar de “crecimiento sostenible”, se reconoce la esencia de insostenibilidad que existe en el modelo de crecimiento y acumulación; con las menciones a la “empresa responsable”, se confirma que las grandes corporaciones sólo pueden competir en el mercado mundial con unas prácticas basadas en la irresponsabilidad social y ambiental; cada vez que vuelve a citarse el “desarrollo humano”, se hace patente la injusticia de un modelo socioeconómico que no tiene en cuenta los derechos humanos. Igualmente, las referencias de los dirigentes de la clase político-empresarial que se reúne en Davos a la necesidad de crear “un nuevo modelo productivo” solamente sirven para demostrar que, efectivamente, es urgente redefinir el modelo de sociedad en que queremos trabajar, relacionarnos y vivir dignamente y en paz con el planeta.

Dice el presidente de KPMG en España que “vivimos en un momento de disrupción histórica como consecuencia del avance de la tecnología, una de las palancas con mayor capacidad de transformación”. Es la mitología de la desmaterialización de la economía y la sociedad del conocimiento, en la que la tecnología juega un papel central para la salida (neoliberal) de la crisis. Como si en ese “nuevo modelo” no hubiera que recurrir a la explotación de los trabajadores y trabajadoras y al saqueo de la naturaleza para continuar con la lógica de reproducción del capitalismo global. A pesar de que esté basado en conceptos novedosos como innovación y emprendimiento —que sustituyen a otros más manidos, como crecimiento y desarrollo, pero siguen la misma línea argumental—, no parece que tenga mucho sentido avalar un “nuevo modelo” si no va a suponer un cambio radical en las relaciones de poder y en los patrones de generación y distribución de la riqueza.

“La senda de la recuperación”

“Davos, quizá más que cualquier otra reunión”, continúa Buxton, “encarna la forma en que el poder político y la gobernanza global se han atrincherado en una pequeña élite corporativa en las últimas décadas”. Así, en las montañas de la estación de esquí suiza donde cada año se encuentran, los miembros de la clase de Davos siguen con su storytelling habitual y repiten una y otra vez que está cerca “el fin de la crisis”: “La población española sabe perfectamente que hace tres años estuvimos al borde del colapso y ahora el cambio ha sido impresionante”, decía Luis de Guindos en el Palacio de Congresos de Davos la semana pasada.

Esta crisis no ha sido más que un paréntesis y en breve llegará la “recuperación” y volverá la “prosperidad” a nuestra sociedad, proclama el relato oficial de la marca España. Eso sí, basta fijarse en cómo siguen aumentando las ganancias empresariales a costa de la devaluación de las rentas salariales —“los trabajadores españoles son caros” y “la edad de jubilación, la semana laboral o las vacaciones también deben modificarse”, afirmaba en Davos el presidente del mayor hedge fund del mundo— o en que las corporaciones transnacionales desarrollan sus operaciones a nivel internacional a través de una extensa red de sociedades situadas en paraísos fiscales para evadir impuestos —más aún tras el crash global: el Banco Santander disponía de 79 filiales en territorios off-shore en 2012, más del doble que dos años antes— para comprobar que la realidad es bien distinta a cómo nos la presentan los grandes directivos de las compañías multinacionales.

“Recuperación”, “crecimiento”, “riqueza” y “desarrollo” son palabras recurrentes en el relato de la clase de Davos. Todos los días estamos viendo, sin embargo, que la única recuperación realmente existente es la de las tasas de ganancia, mientras la riqueza económica es un patrimonio exclusivo de las élites empresariales y el modelo de desarrollo lleva asociada tal colección de impactos negativos que ya hace tiempo que resulta absurdo añadirle los calificativos de “humano” o “sostenible”.

Preparándonos para el colapso

La belle époque del neoliberalismo se acabó y ya no vamos a volver a los tiempos de “la globalización feliz”. De hecho, como plantea el libro En la espiral de la energía, estamos asistiendo al final del capitalismo global y a una crisis de civilización que ya no tiene vuelta atrás: “El declive energético va a marcar un punto de inflexión histórico ineludible: el colapso del sistema urbano-agro-industrial y es posible que también de la civilización dominadora que comenzó hace unos 6.000 años”. De ahí que coincidamos con sus autores, Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, en que —al contrario de lo que ha ocurrido en Davos— “sería un error histórico autoengañarnos proyectando posibles futuros alentadores que es difícil que sucedan”. Mejor será, siguiendo a estos mismos autores, apostar por otros modelos alternativos con “esperanza, la que surge de saber que mediante el trabajo colectivo consciente y empático, es posible construir un mundo diverso, sostenible, justo y solidario sobre las ruinas de esta civilización”.


Pedro Ramiro (@pramiro_) es coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)Paz con Dignidad.


Ver en línea : La Marea, 30 de enero de 2015.


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