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La banca contraataca

Thilo Schäfer

Sábado 15 de noviembre de 2014

La muerte repentina de Emilio Botín por un infarto el 10 de septiembre produjo centenares de obituarios y comentarios, en general halagüeños, en los medios de comunicación. Hubo algunas revelaciones sorprendentes, como la de su hermano Jaime, que aseguró en el diario El País que a quien fue presidente del mayor banco del país “no le importaba nada el dinero, aunque nació con el talento de multiplicarlo”. Algo enigmático resultó el artículo que le brindó el ministro de Economía, Luis de Guindos, en las mismas páginas: “Recuerdo ahora una llamada suya en plena tormenta por el rescate de la economía española. Frente a la opinión generalizada de que el rescate era ineludible, Botín me dijo: ‘Tú sabes lo que tienes que hacer… y yo te apoyaré’”. Guindos no especifica a qué se refería el presidente del Santander, pero el balance de la gestión de la crisis es de sobra conocido. El gobierno del Partido Popular esquivó una intervención total del país como en Grecia o Portugal, aunque pidió el rescate para la banca; la prima de riesgo ha bajado a mínimos, y la economía vuelve a crecer a ritmo moderado. Por el camino, la crisis ha dejado 5,6 millones de parados, una subida de impuestos –sobre todo los indirectos como el IVA– que estrangulan a amplias capas de la sociedad, y una inyección multimillonaria de dinero público para sanear al sector financiero. Este rescate ha contribuido a acercar la deuda pública de España al 100% del PIB, es decir, toda la riqueza que produce el país en un año.

El balance que hizo Botín resultaba más positivo. “Estamos viviendo un momento fantástico”, dijo hace un año ante la prensa en Nueva York, “a España llega dinero de todas partes”. La frase dejó estupefactos a muchos ciudadanos pero es un reflejo fiel de la situación de la banca, que ya ha salido del túnel de la larga recesión, y de la vuelta en manada de los inversores extranjeros. Esto es, de los bancos que han sobrevivido la purga que siguió al pinchazo de la burbuja inmobiliaria y que se ha llevado por delante al sector de las cajas de ahorro. De las 50 entidades que existían durante la burbuja hoy quedan apenas 15 y las grandes son más grandes que nunca. Santander, BBVA y La Caixa suman una cuota del mercado del 60%. En el caso de las dos últimas, tras absorber a precio de saldo algunas de las cajas saneadas con dinero público. Después de limpiar sus balances contaminados por el ladrillo, los bancos españoles han vuelto a dar beneficios abultados (6.363 millones de euros en el primer semestre del año), aunque esta cifra sigue lejos de las ganancias que cosechaban antes de la crisis. Es un problema que ya quisieran tener muchas empresas de otros sectores, por no hablar de las miles de compañías que tuvieron que cerrar.

Una vez recuperada de la fiebre del ladrillo, a la banca le preocupa ahora que el médico se pase recetándole hábitos más saludables. Botín advirtió en sus últimas comparecencias de la “regulación excesiva”, y Francisco González, presidente del BBVA, lamentó en enero que “nos gastamos una fortuna en adaptarnos al enorme cambio regulatorio”. Es el argumentario del sector. “Dejemos que las medidas en vigor muestren sus efectos antes de pensar en introducir otras nuevas”, pidió en mayo José María Roldán, el nuevo presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), la patronal del sector. Durante la crisis y hasta hace un año, Roldán fue director general de Regulación del Banco de España, es decir, el máximo responsable de la supervisión. Es, sin duda, el mejor fichaje del lobby financiero español en los últimos tiempos. Roldán ha trabajado en prácticamente todos los comités y foros internacionales donde se cuecen los temas de regulación y supervisión del sector.

La gran batalla entre la banca y los políticos e instituciones que pretenden construir diques de contención para evitar que se repitan los excesos y abusos que causaron la gran crisis mundial se está librando en Bruselas y Frankfurt. Y es precisamente en Europa donde la banca acaba de apuntarse un auténtico golazo con el nombramiento del británico Jonathan Hill como comisario responsable para la regulación financiera en el nuevo Ejecutivo comunitario liderado por el veterano dirigente luxemburgués Jean-Claude Juncker, que tomará posesión en noviembre. Hill ha sido un importante lobista de la City de Londres, creando su propia empresa de relaciones públicas. En su nuevo cargo tiene bastante que decir en el desarrollo y la implementación de las nuevas normas que la UE ha puesto en marcha como reacción a la crisis. Los resultados de las pruebas de resistencia de la banca europea, los famosos stress tests, también se conocerán en noviembre. A partir de ese momento, entrará en funcionamiento la Unión Bancaria con el nuevo supervisor para la gran banca en la zona euro bajo el mando del Banco Central Europeo (BCE).

“La refundación del capitalismo”

En 2008, tras el derrumbe del banco de inversión Lehman Brothers, uno de los gigantes de Wall Street, los dirigentes del mundo se conjuraron para tomar medidas drásticas con el fin de que semejante desastre, fruto de la especulación desenfrenada, prácticas abusivas y un gran autoengaño colectivo, no volviera a ocurrir jamás. Aún resuena la grandilocuente frase del expresidente de Francia, Nicolas Sarkozy, que prometía “refundar el capitalismo”.

Fue entonces cuando se crearon sendos comités en EEUU, Reino Unido y la Unión Europea con el encargo de elaborar nuevas reglas para domar al sector financiero que había crecido exponencialmente durante años, alimentado por la desregularización y la liberalización. Uno de los objetivos fundamentales era atajar los llamados riesgos sistémicos en relación con aquellos bancos considerados demasiado grandes para caer (too big to fail). Efectivamente, en los últimos años se han elaborado cientos de normas para mejorar el control y el funcionamiento de los bancos con el objetivo de que ejerzan su papel fundamental en la economía, el de cuidar los depósitos de los ahorradores y proveer a la economía productiva de liquidez a través de créditos. Este proceso no ha terminado, y ahora organizaciones civiles, como el Corporate Europe Observatory (CEO) de Bruselas, denuncian que la banca, una vez superado el bache, ha pasado al contraataque con todo el arsenal pesado de su lobby.

Entre las medidas más importantes que se han puesto en marcha destacan los nuevos requerimientos de capital para las entidades financieras del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, lo que se llama Basilea III, que han entrado en vigor este año. La idea es obligar a los bancos a tener en su balance más recursos propios y que éstos sirvan como colchón cuando la situación se complique. En otras palabras, se les exige capital real y con liquidez, como el dinero de los depósitos, acciones u otros activos. El problema de la crisis fue que las entidades operaban y especulaban con mucho más dinero que el que tenían –algo en principio intrínseco a este negocio– y cuando empezó a desinflarse la burbuja se quedaron sin recursos para absorber el choque. Para cumplir con las exigencias de Basilea III los bancos han tenido que conseguir dinero fresco en los mercados y a menudo sacrificar los beneficios de su negocio recurrente. Por su parte, el Banco de España ha limitado a tal efecto el pago de dividendos en efectivo al 25% del beneficio. Todas estas medidas han tenido el resultado indeseado de que las entidades hayan cerrado el grifo del crédito a las empresas, lo cual ha agravado la recesión.

Para mitigar este efecto, el BCE, presidido por el italiano Mario Draghi, que trabajó para Goldman Sachs, quizás el banco de inversión más poderoso del mundo, ofreció una “barra libre” de liquidez, dando a los bancos cientos de miles de euros a tipos de interés bajísimos. Sin embargo, en vez de usar este dinero para proveer a las empresas con los tan necesitados créditos, los bancos prefirieron comprar títulos de deuda pública cuyo interés superaba ampliamente el que les cobraba el BCE. Un negocio redondo y casi sin riesgo que en la jerga financiera se llama carry trade. En las ruedas de prensa de presentación de sus resultados anuales, Botín y González minimizaron el impacto de estas prácticas en sus cuentas.

Además de las mayores exigencias de capital previsto por Basilea III, la Unión Europea está haciendo un examen exhaustivo del estado de la salud financiera de todos los grandes bancos, los stress tests o pruebas de resistencia, cuyos resultados se conocerán en noviembre. Las entidades que suspendan deberán buscar más capital para reforzar su colchón y así estar preparadas para los malos tiempos. En teoría, las peores de la clase incluso podrían ser liquidadas o fusionadas con bancos más fuertes.

Con el fin de unificar las reglas para las 8.300 entidades financieras que operan en la UE, el Consejo Europeo, donde se sientan los 28 gobiernos, aprobó en 2009 un conjunto de normas para el mercado común. Con este manual de conducta se pretende, por ejemplo, evitar que la práctica de incentivar a los banqueros con bonus astronómicos les lleve a asumir “riesgos excesivos”, según explica un memorándum de la Comisión Europea sobre las últimas reformas del sector financiero. También se han introducido “reglas más estrictas” para los fondos especulativos (hedge funds), las ventas en corto (short shelling), una forma de apostar a que la acción de una empresa baje y que ha provocado más de una crisis en los mercados, o el negocio con derivados, productos financieros complejos como las famosas subprime que estuvieron en el origen de la crisis financiera en Estados Unidos.

Pero, sin duda, la medida más importante para evitar futuros rescates con dinero público es la implementación de un nuevo mecanismo para salvar a una entidad en apuros, la Directiva Europea sobre Resolución Bancaria (BRRD). Como recuerda la Comisión en el citado documento, entre octubre 2008 y diciembre de 2012, los gobiernos europeos gastaron un total de 591.000 millones de euros en rescatar a sus bancos, el equivalente al 4,6% del PIB de la UE. A partir de ahora, cuando un banco sufra un grave deterioro de su balance se recurrirá primero al dinero de los accionistas y los tenedores de bonos y deuda subordinada de la entidad para hacer frente a las pérdidas. En caso de que no sea suficiente, el banco recibirá ayudas del llamado fondo de resolución, una caja de contingencia para este tipo de crisis a la que toda la banca de un país debe contribuir anualmente. Sólo en último lugar se usaría dinero público para frenar la quiebra.

- Leer el artículo completo en La Marea


Ver en línea : La Marea, 26 de octubre de 2014.


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