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Pompas de jabón

María González Reyes

Jueves 4 de diciembre de 2014

Las cosas no siempre son como parecen, o sí, pero en general preferimos verlas del modo que mejor nos conviene. Ocurre, por ejemplo, con el asfalto. Como si fuera un ser vivo que se convierte en plaga se ha ido extendiendo por las ciudades, asfixiando la tierra que deja debajo hasta matarla. Quizás por evitar la sensación de angustia, nos convencemos de que siempre estuvo ahí y así no echamos de menos el tacto de los pies sobre la tierra. También resulta evidente que cada vez hay más personas que no es que no lleguen a fin de mes, sino que no tienen con qué comenzarlo, pero hay quien afirma que siempre han estado ahí, pidiendo en la calle, rebuscando entre la basura, rondando las esquinas donde habita la exclusión social. Nos agarramos a cualquier argumento con tal de convencernos de que eso le ocurre a otros. Nos aferramos con todas las fuerzas usando manos, brazos e incluso dientes para asegurarnos nuestra estancia en este lado, en el que hay casa, comida y gente con la que hablar.

Otro ejemplo es lo que pasó el otro día en una manifestación. Una piedra de tamaño considerable, lanzada con contundencia, le cayó a un policía en la cabeza (cuyo casco, por cierto, paró con efectividad el golpe). Aunque la versión oficial decía que fue tirada por un pinta con pantalón de rayas y capucha, en realidad no fue así. La arrojó una mujer de mediana edad que no dudó un momento en coger lo primero que tenía a su alcance al ver cómo la policía cargaba contra gente que sólo mostraba su desacuerdo (eso sí, conviene aclarar que se quedó muy sorprendida con el tino que tuvo). Preferimos, en general, creer esa versión oficial antes que pensar que puede haber personas que, si se dan las circunstancias, deciden utilizar la violencia como nunca creyeron que lo harían.

Y es que ya hay mucha gente cansada de escuchar ese relato único en el que las cosas que pasan cotidianamente nunca están presentes y empieza a reivindicar, a reivindicarse, como parte activa de lo que ocurre cada día. Eso le pasó a la chica pelirroja cuando salió de la sala número 5 del cine. Después de ver una película se dirigió a la taquilla y le preguntó al vendedor de las entradas (vestido con camisa negra y una gorra que no se sabe muy bien para qué podría servirle en aquel lugar sin ventanas) si alguna vez ponen pelis donde la temática sea la lucha de clases y resulta que al final ganan los de abajo, o donde los conflictos no tienen que ver con el amor entre parejas sino con otras cosas como las condiciones laborales y los explotadores dejan de serlo porque no existen las personas que son explotadas. Películas donde triunfe la gente que apuesta por crear una sociedad más justa, solidaria y en paz con el planeta, donde las soluciones colectivas funcionen, donde vivir no sea una lucha diaria y haya tiempo para recrearse charlando con la gente querida, haciendo una taza de cerámica o leyendo un libro. Esas cosas también pasan.

El chico de camisa negra no supo qué decir, pero se quedó pensando.

Hay una realidad que se esconde tras las pompas de jabón que construyen cada día los que tratan de convencernos de que hay un único relato. Pompas que difuminan las historias cotidianas entre los discursos de aquellos que quieren asegurarse de que nadie les quitará el poder.

Visibilizar esos otros relatos no tiene que ser tan difícil, las pompas de jabón desaparecen con apenas rozarlas.

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