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Alianzas sociales para una cooperación internacional emancipadora

Gonzalo Fernández, Silvia Piris y Pedro Ramiro (XI Anuario de la Plataforma 2015 y más, 2014)

Viernes 25 de julio de 2014

Nos encontramos en un momento de crisis profunda que, según cada vez más voces, podemos caracterizar como civilizatoria (Fernández, Piris y Ramiro, 2013:22-55). En este sentido, las certezas sobre las que se asentaba el proyecto de la modernidad capitalista -base de nuestra civilización- son amplia y profundamente cuestionadas. Así, las grietas del sistema se evidencian ante un número creciente de personas, de organizaciones, de comunidades y de pueblos, lo que ha dado lugar a un renacer de los debates sobre el bienestar, el poder, la democracia, la justicia, la equidad, el desarrollo…

En definitiva, asistimos al urgente y estratégico debate sobre qué planeta y qué humanidad queremos. Y no se limita al ámbito del “cómo”, de los procedimientos y técnicas para conseguir una serie de objetivos prefijados; por el contrario, gravita también en torno al “qué”, a cuáles son dichos objetivos, y si serán los actualmente hegemónicos u otros los que nos permitirán transitar por sendas de sostenibilidad, igualdad y justicia. Nos encontramos, así pues, en un momento de bifurcación histórica (Wallerstein, 2004), en el que el marco de lo posible se amplía.

De esta manera, sujetos que pretenden mantener y ahondar la lógica civilizatoria actual disputan espacios con otros que plantean agendas diversas, desde parámetros y enfoques radicalmente diferentes. Esta tensión ha dado lugar a nuevas legitimidades entre la sociedad -como la de los movimientos sociales y sus agendas-, así como a agudizar la deslegitimación progresiva de los actores políticos y económicos defensores del statu quo.

Es en este escenario de cuestionamiento intenso, de incertidumbre civilizatoria y de oportunidad para plantear alternativas al enfoque ortodoxo de entender la sociedad global, en el que ubicamos el análisis que aquí realizamos. Y es que la cooperación internacional (CI), aún asumiendo su diversidad, ha acumulado a lo largo de su corta historia una serie de dinámicas y características identitarias que también deberían pasarse por el filtro de la crítica y de la autocrítica, si realmente queremos que tenga un papel activo en este momento tan relevante.

Por ello, en este artículo hacemos una apuesta explícita por la solidaridad internacionalista, dentro de la cual la CI y las políticas públicas pueden cumplir un rol emancipador; abogamos por un replanteamiento integral de la CI a partir de una nueva agenda nacida desde la sociedad civil organizada, y no desde ámbitos multilaterales, incapaces de enfrentar de manera decidida los retos actuales; y proponemos una CI que pivote sobre el fortalecimiento de los movimientos sociales -sujetos estratégicos para avanzar en dinámicas emancipadoras (Martínez, Casado e Ibarra, 2012)- en base a alianzas de agentes diversos (movimientos, ONGD, universidades, etc.), que compartan metas, principios y horizontes alternativos.

1. Repensar la cooperación internacional desde otros sujetos estratégicos: los movimientos sociales

La cooperación internacional, tal y como la hemos conocido en las últimas décadas, puede y debe ser revisada en este momento de bifurcación histórica. En este sentido, es un ejercicio necesario analizar si una política pública que toma como referencia enfoques y valores como el desarrollo humano, la sostenibilidad, los derechos humanos, la igualdad, etc., ha estado y está sirviendo a los objetivos que dice perseguir; si ha estado y está acompañando procesos de emancipación; si se ha aliado y se está aliando con los sujetos estratégicos de cara a generar lógicas de superación de la crisis actual.

De esta manera, proponemos analizar el impacto de la CI según su capacidad para fortalecer espacios, agentes y estructuras que tengan la potencialidad, en el medio y largo plazo, de realizar transformaciones en términos emancipadores. Consideramos que este es el eje sobre el que debería centrarse el debate actual en torno a la cooperación internacional: cómo fortalecer sujetos de transformación; cómo alterar las estructuras vigentes de cara a enfrentar de manera decidida las múltiples asimetrías globales; cómo, en definitiva, ganar espacios para una agenda emancipadora.

A partir de estas claves podemos concluir que, en términos generales, y después de haber estudiado la agenda oficial de cooperación internacional en los últimos 25 años (Fernández, Piris y Ramiro, 2013:63-86), la CI no sólo no ha logrado ganar espacios para los valores, agentes y dinámicas alternativas, sino que podríamos afirmar que sobre todo ha colaborado en la defensa e imposición de los principios y objetivos civilizatorios hegemónicos, contribuyendo así al fortalecimiento del proyecto modernizador. En este sentido, el potencial emancipador de alguno de sus marcos teóricos de referencia, como el desarrollo humano y la sostenibilidad, se ha diluido y neutralizado ante un enfoque de cooperación que surge desde los intereses del Norte global; que impide el análisis sistémico del fenómeno de la pobreza y de las asimetrías globales; que elude la responsabilidad compartida y plantea una visión de la CI como gracia en tiempos de bonanza económica, y no como compromiso; que entiende la eficacia como obtención inmediata de resultados visibles, en vez de como transformaciones estructurales; que instrumentaliza la participación en pos de unas metas predeterminadas; y que prioriza a los actores no contestatarios, primando la eficacia sobre la democracia, la concertación en vez de la confrontación, la ortodoxia frente a la emancipación. Ha sido y es, en definitiva, una herramienta que ha acompañado las dinámicas surgidas del Consenso y post-Consenso de Washington (CW), [1] y por tanto ha tomado partido a la hora de elegir entre la agenda hegemónica y las agendas alternativas.

Por estas razones, y sin dejar de reconocer las múltiples experiencias positivas, enriquecedoras y empoderadoras que la CI ha acompañado e incluso generado (y más específicamente aquellas que se han enfrentado a la ortodoxia, tomando como referencia el desarrollo humano y la sostenibilidad), abogamos por un replanteamiento integral en el que cuestionemos sus objetivos, marcos de referencia, prioridades, agentes e instrumentos. Desde este punto de vista, no se trata sólo de enfrentar y denunciar los recortes actuales en materia de cooperación, sino también de generar agendas alternativas que ofrezcan nuevos paraguas políticos, estratégicos, técnicos y administrativos, y que permitan abrir una nueva vía para la cooperación emancipadora (Cabanas, 2011). No asistimos por tanto sólo a una crisis de recursos, sino también a una crisis de modelo, por lo que precisamos de nuevas sendas por las que avanzar.

En estas páginas, fruto del trabajo del Grupo de investigación Movimientos Sociales y Cooperación Crítica del Instituto Hegoa, y en alianza con La Vía Campesina y la Marcha Mundial de las Mujeres, explicitamos una de las posibles rutas alternativas: aquella que nos orienta hacia la alianza de la CI y sus agentes actuales con las agendas, dinámicas e identidades de los movimientos sociales, trabajando para “buscar espacios de convergencia” (Martínez Osés, 2011:24). Esta sería, entonces, nuestra respuesta prioritaria a la pregunta sobre cómo abrir espacios en la CI para una agenda emancipadora.

Pensamos, por tanto, que resulta estratégica la alianza con los movimientos sociales como los sujetos que actualmente, a nuestro entender, más capacidad y voluntad emancipadora están mostrando. Partimos de la premisa de que sólo una ciudadanía organizada y crítica será capaz, en última instancia, de generar los cambios necesarios que permitan avanzar en términos de emancipación a medio y largo plazo. Esa es nuestra opción, y como tal asumimos que no pretendemos presentar “la” agenda alternativa, sino “una” de las posibles: aquella que busque ampliar las capacidades de los movimientos sociales para, a su vez, ampliar los espacios para las agendas alternativas enfrentadas con la modernidad capitalista.

En este sentido, la CI debería estar dirigida a “fortalecer aquello que otorga identidad y convierte en emancipadores a los movimientos y asumir sus agendas y luchas como propias. Esta idea cuestiona también desde dónde se construye esta otra agenda de cooperación, resultando centrales las experiencias, el conocimiento acumulado, las realidades y las demandas de los movimientos sociales” (Casado y Piris, 2014).

2. Propuesta de bases para un agenda alternativa de solidaridad

A partir de la premisa de lo que debería ser la relevancia de la participación activa de los movimientos sociales en la definición e implementación de la CI, hemos realizado un intenso trabajo de análisis de las razones del desencuentro que ha caracterizado la relación entre movimientos sociales y cooperación internacional. Precisamente de esta reflexión surge la propuesta de una “agenda alternativa de solidaridad”, [2] como uno de los múltiples esfuerzos por reforzar el carácter emancipador de la CI, específicamente desde el ya señalado enfoque de fortalecimiento de estas formas específicas de acción colectiva.

A este respecto, en primer lugar, hemos de señalar que se trata de una “agenda”, y que por tanto hace una propuesta de redefinición integral de la identidad de la CI, desde las referencias teóricas y políticas hasta las dinámicas de implementación. En este sentido, consideramos que el marco técnico-instrumental de la CI responde también a una serie de premisas políticas -con las que por tanto guarda coherencia-, que no podrán superarse sin replantear el conjunto. Así, la agenda que proponemos integra en una misma lógica lo político, lo estratégico, lo técnico y lo administrativo.

En segundo término, se trata de una agenda “alternativa”, ya que, aunque recoge todo lo positivo de múltiples experiencias de CI, plantea bases radicalmente diferentes sobre la que redefinir su identidad, con marcos de referencia, objetivos estratégicos y principios alejados de los actualmente hegemónicos.

En tercer lugar, hace referencia a la “solidaridad” internacionalista como principio fuerte, en la medida que hoy en día es vital reforzar la dimensión internacional de confrontación con el statu quo. Desde ahí hacemos una apuesta explícita por las políticas públicas de CI, en la certeza de que éstas también pueden acompañar dinámicas emancipadoras.

Por último, la agenda propone “11 bases”, que precisan de un ejercicio de concreción y adaptación a la idiosincrasia, capacidades y voluntades de los diferentes agentes que pretendan llevarla a cabo, pero que la definen integralmente y que marcan la senda alternativa por la que transitar. Estas bases están profusamente explicadas en la parte final del libro Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores. Bases para un encuentro necesario (Fernández, Piris y Ramiro, 2013:247-272), por lo que en este artículo únicamente procederemos a destacar algunas de sus características principales.

De esta manera, incidiremos específicamente en los tres aspectos estratégicos que dan sentido al conjunto de las once bases: el primero, la apuesta por un marco teórico-político alternativo de referencia, alejado y opuesto al CW y cercano a las ideas-fuerza de los actuales horizontes emancipadores; el segundo, la defensa de la prioridad estratégica otorgada al fortalecimiento de los movimientos sociales como vía para revertir las asimetrías globales, frente al acotamiento actual de la CI a la lucha contra la pobreza como objetivo central; el tercero, la propuesta de una fórmula de relacionamiento entre los diferentes agentes implicados basada en la alianza, frente a un supuesto partenariado que oculta una relación de verticalidad y asimetría en la cadena de la ayuda.

Sobre el primero de los aspectos que destacamos -marco teórico-político de referencia-, estimamos que para que la CI tenga una voluntad emancipadora debe tener como referencias los horizontes e ideas-fuerza que sean coherentes con dicha voluntad, precisamente en este momento de bifurcación histórica. En este sentido, hemos analizado las propuestas más significativas defendidas por diferentes movimientos sociales, como la economía política crítica, la economía ecológica, la ecología política, el decrecimiento, la economía feminista para la sostenibilidad de la vida, la soberanía alimentaria, el buen vivir, la economía solidaria, las propuestas de descolonización y la democracia radical.

Fruto de este análisis, destacamos la existencia de algunas ideas-fuerza que otorgan cierta identidad común a todos estos enfoques, y que definen a los actuales horizontes emancipadores para una civilización construida sobre parámetros alternativos. Si bien no suponen un constructo completo alternativo al vigente, sí ofrecen un marco de referencia que cuestiona el mismo y que permite acotar el camino por el cual transitar. De esta manera, las referencias que proponemos como síntesis de estos horizontes emancipadores se basarían en seis ideas-fuerza: la centralidad de la sostenibilidad de la vida, frente a la que se otorga actualmente a la reproducción ampliada del capital; el reconocimiento y articulación de la diversidad, frente a la pretendida universalidad del modelo hegemónico y a la jerarquización de seres, poderes y saberes; la democracia participativa, que se contrapone a la democracia de baja intensidad que ofrece la fórmula política liberal-representativa; la relevancia de lo colectivo y de la comunidad frente al individualismo; la politización de lo cotidiano dentro de dinámicas emancipadoras que unen lo general con lo personal; y la confrontación con la modernidad capitalista (Fernández, Piris y Ramiro, 2013:47-55).

Justamente, esta lógica de confrontación con el modelo hegemónico de sociedad global hace necesario que la CI emancipadora rompa, explícita e implícitamente, con el marco de referencia fundamental en estos últimos 25 años, que no ha sido otro que el CW (o el pos Consenso de Washington), así como con las dinámicas y prácticas derivadas de éste. En este sentido, la agenda oficial de cooperación internacional ha sido el resultado de fuerzas dispares y divergentes (el CW por un lado, y el desarrollo humano y la sostenibilidad, por otro) dentro de una tensión permanente y muy desigual. Eso ha provocado que el marco de referencia fuerte tenga influencia en el conjunto de la CI, aún en la más transformadora, tanto en la consideración del concepto de desarrollo, como en la acepción asumida de eficacia o en las dinámicas técnicas de implementación.

Por lo tanto, se hace preciso no sólo rechazar las premisas políticas del CW, sino también eliminar cualquier plasmación práctica de las mismas. En esa línea, la CI debería sustituir esta referencia por las ideas-fuerza ya enunciadas, o al menos asumir de manera profunda e integral los parámetros derivados del desarrollo humano y de la sostenibilidad. [3] Será este nuevo marco el que se convierta en referencia fuerte, y el que permita generar dinámicas coherentes entre lo teórico y lo práctico, posibilitando nuevas lógicas político-estratégico-técnico-administrativas.

Respecto al segundo de los aspectos destacados -la prioridad estratégica -, apostamos en primer lugar por ensanchar el horizonte de la CI, saliendo de la “trampa de la pobreza” e incidiendo en la reducción y erradicación de las asimetrías globales. En este sentido, se trata de superar un enfoque asistencial circunscrito al fenómeno de la pobreza -generalmente tratado desde un punto de vista estático, parcial y nacional-, para plantearse retos de cambio estructural y desde una perspectiva más amplia, y no sólo marcada por la ignominiosa situación de pobreza en la que se encuentra una parte muy significativa de la población mundial. [4] Esto supone reforzar la dimensión política de la CI, ya que hace necesario un ejercicio permanente de análisis sobre cómo tener un impacto más profundo en ese gran reto de reducir las asimetrías globales, sobre todo desde la realidad de unos recursos limitados.

En segundo lugar, proponemos que es el fortalecimiento de los sujetos estratégicos de emancipación –y en este caso los movimientos sociales- la mejor manera de incidir en la reducción de las asimetrías globales, a partir de la premisa de que sólo una sociedad civil organizada, consciente y fuerte será capaz de abordar los graves problemas que nos asuelan. De esta manera se adopta una perspectiva indirecta de “incidencia sobre el sujeto” para posibilitar que sus agendas ganen espacios, en vez de optar como en la actualidad por una vía directa de actuación sobre la pobreza, sin apenas contar con el sujeto diverso popular al que supuestamente se dirige el accionar de la CI. Así, incidimos en que no sólo importa el “qué”, sino también el “quién” y el “cómo”.

Esta prioridad otorgada al fortalecimiento de los movimientos sociales tiene dos implicaciones significativas sobre los contenidos de la CI. La primera es que amplía el marco de lo que se entiende por CI, ya que en el concepto de fortalecimiento cabe todo aquello que permita reforzar su agenda, su estrategia política y su estructura organizativa, desde una perspectiva a largo plazo y de proceso (por ejemplo, la formación política, la articulación geográfica e inter-sectorial, aspectos de la cultura organizativa como la democracia y el feminismo, la capacidad de incidencia y comunicación, la resiliencia ante la represión).

Junto a ello, la segunda es que prioriza, desde una lógica internacionalista, la importancia de la articulación internacional de los movimientos, planteándose como objetivo prioritario la superación de la lógica Norte-Sur y generando iniciativas, procesos y proyectos comunes que, desde las asimetrías de partida, tengan un impacto sólido en términos no sólo locales, sino también regionales y globales.

Finalmente, entrando ya en el tercero de los aspectos destacados -la alianza de agentes diversos-, recalcamos de nuevo la necesidad de que la apuesta realizada por un marco de referencia alternativo y por la prioridad otorgada al fortalecimiento de los movimientos sociales cuente con un sistema de implementación coherente y basado también en principios emancipadores.

Para ello, es fundamental que la CI se cimente sobre la práctica de la alianza, que exista una responsabilidad política compartida por todos los actores involucrados. Se trata por tanto, cada quién desde su posición, de establecer objetivos comunes, asumir tareas específicas, escapar de lógicas jerárquicas y entender como propios tanto los avances como los retrocesos, a partir de una relación basada en la confianza, la cercanía y la mutua comprensión.

Para generar y posibilitar estas alianzas la CI debería asumir, a nuestro entender, las siguientes medidas:

  • Basarse en sistemas de financiación que establezcan compromisos económicos explícitos, vinculantes, planificados y estables en el tiempo, frente a la jerarquía actual de la lógica donante-receptor.
  • Definir espacios de debate y negociación de carácter constituyente y soberano, donde los agentes involucrados tengan capacidades similares de participación y decisión, rompiendo con las asimetrías de la cadena de la ayuda.
  • Revisar los sistemas concurrenciales de obtención de apoyo, así como el entramado de herramientas (como el Enfoque de Marco Lógico, por ejemplo) y requisitos técnicos y administrativos que jalonan hoy en día la práctica de la CI.

En resumen, frente al estrecho margen ofrecido por el fenómeno de la pobreza, esta agenda alternativa ambiciona incidir sobre las asimetrías globales; frente a la incoherencia entre discurso y práctica, se asienta sobre valores y principios nítidos, explícitos, emancipatorios; frente al apoyo hegemónico otorgado a la génesis de la crisis civilizatoria, confronta los parámetros básicos del proyecto modernizador; frente a la quimérica pretensión de tener un impacto directo sobre el bienestar, elige un camino indirecto pero sólido, centrado en el fortalecimiento de sujetos; frente a la priorización de actores eficaces, realza el papel de actores políticos, como los movimientos sociales emancipadores; frente al sostenimiento de la disparidad de acción entre el Norte global y el Sur global, aboga por la articulación y por la necesidad de incidir en el ámbito global; frente a la ocultación de las asimetrías de poder, apuesta por relaciones horizontales y en base a alianzas; frente a una dinámica técnica y administrativa que fomenta una visión superficial de la emancipación y del desarrollo, propone otra que sea coherente con el discurso, y que permita una práctica empoderadora.

En definitiva, se trata de una agenda alternativa que apuesta por la politización de la cooperación internacional y por su arraigo con las luchas de emancipación. Sólo así podrá esta aportar su granito de arena para avanzar en términos de bienestar, justicia e igualdad, en vez de continuar por una vía que, en el peor de los casos, refuerza la crisis actual y que, en el mejor de los supuestos, consideramos que apenas genera impactos notables sobre dichas metas.

3. Alianzas entre MMSS y ONGD: claves en un momento crítico

En este tercer apartado incidiremos sobre uno de los aspectos destacados de la “agenda alternativa de solidaridad”, que no es otro que la necesidad de generar alianzas. Queremos detenernos específicamente en la controvertida relación entre ONGD y movimientos sociales, sobre la que podemos encontrar en la literatura y en la práctica cotidiana todo tipo de visiones muy disímiles, desde quienes afirman que las ONGD han sustituido al movimiento internacionalista dentro de una lógica neoliberal de transición del internacionalismo a la cooperación, hasta ejemplos múltiples de colaboración y complementación en base a objetivos comunes.

En todo caso, no es nuestra pretensión aquí analizar la historia de la relación entre movimientos y ONGD, sino más bien plantear, a partir del contexto y de la situación actual, cuáles podrían ser las claves para que ambas formas de acción colectiva colaboraran en defensa de una cooperación alternativa.

En este sentido, consideramos que la situación de falta de recursos y, al fin y al cabo, de crisis de modelo de la CI está provocando que las ONGD deban optar entre sumarse al carro de la nueva fase que ya se está desarrollando en base al fomento del crecimiento económico y el sector privado empresarial, o bien redirigir sus esfuerzos en otra dirección, en este caso la de los movimientos sociales. Precisamente, para quienes decidan adentrase o fortalecer esta vía plantearemos al final algunas claves que sirvan como insumo para un debate muy necesario. Pero antes analicemos brevemente el momento actual de la CI, para entender esa necesidad de definición que planteamos.

No puede decirse que, con el crash de 2008, se haya provocado un cambio de rumbo en la senda emprendida por los principales organismos y gobiernos que lideran el sistema de cooperación internacional, sino más bien lo contrario: en el marco de la búsqueda de alternativas neoliberales para salir de la actual situación, la crisis ha llevado a que las tendencias apuntadas desde los años noventa se refuercen y cobren aún más sentido. Afirmamos, por tanto, que la evolución de la agenda oficial de cooperación se ha visto acelerada con el estallido de la crisis financiera global.

En esta línea, se ha producido una reformulación de la CI sobre la base de cuatro ejes centrales: la repriorización del crecimiento económico como estrategia hegemónica de lucha contra la pobreza; la participación del sector privado como agente de desarrollo en el diseño y la ejecución de las políticas y estrategias de cooperación; la reducción de los ámbitos prioritarios de intervención de los Estados a las necesidades sociales básicas y los sectores poco conflictivos; y, por último, la limitada participación y relevancia de las organizaciones de la sociedad civil dentro de las políticas de cooperación internacional (Fernández, Piris y Ramiro, 2013:185-244).

De esta manera, con el avance de la segunda década de este siglo se va consolidando una CI en la que va ganando espacio un modelo tripartito de interacción entre empresas, Estados y ONGD, que se propone como motor de desarrollo y lucha contra la pobreza a nivel global.

En esta visión hegemónica, la gran empresa, el crecimiento económico y las fuerzas del mercado se articulan como los pilares básicos sobre los que han de sustentarse las actividades socioeconómicas de cara a combatir la pobreza. Y es que, en la última década, los nuevos modelos de gestión empresarial propuestos por las grandes corporaciones y las tendencias de la agenda oficial de cooperación han evolucionado en una misma dirección, llegando ambos discursos a converger actualmente en la afirmación de que es necesario que el sector privado se involucre con mayor fuerza en las estrategias de lucha contra la pobreza. De este modo, las prioridades estratégicas y los lineamientos fundamentales de la cooperación internacional van progresivamente quedando subordinados a la lógica del mercado y del crecimiento económico, así como a uno de los agentes de la modernidad capitalista que han logrado acumular un mayor poder: las empresas transnacionales (Hernández, González y Ramiro, 2012).

En este contexto, las organizaciones de la sociedad civil han ido perdiendo peso en lo que se refiere a su participación en las dinámicas de la CI. A partir de la aplicación de los programas de eficacia de la ayuda, recogidos en las diferentes cumbres que han tenido lugar desde París (2005) a Busán (2011), se ha venido otorgando un papel residual a la ciudadanía organizada a través de las ONGD y los movimientos sociales. Con todo ello, la participación de la sociedad civil organizada se ha visto progresivamente reducida y limitada. Así, las alianzas público-privadas, los negocios inclusivos y los proyectos para el fomento del tejido económico y empresarial aparecen, dentro de los lineamientos fundamentales de la agenda oficial de CI, como las vías principales para el establecimiento de relaciones entre el sector privado y las organizaciones de la sociedad civil.

En ese sentido, a las ONGD se les plantea la disyuntiva de elegir entre, por un lado, apostar por la asociación con el sector privado como motor de crecimiento económico para luchar contra la pobreza o, por el contrario, promover la construcción de otros modelos de desarrollo alternativos al sistema socioeconómico imperante. Como hemos analizado en anteriores trabajos (Romero y Ramiro, 2012:110-125), pensamos que el marco teórico más adecuado para la caracterización del estado actual de las relaciones entre el sector privado y las ONGD es el que divide a éstas en tres grandes bloques: colaboración, diálogo y confrontación. Así, cada una de estas posibilidades de interacción se basa en distintos mecanismos de actuación, como puede verse en la siguiente gráfica; en cada uno de los casos, asimismo, se contemplan diversos riesgos para las ONGD en función del tipo de relación que se establezca.

La visión que predomina en el vértice más débil del triángulo del capitalismo inclusivo, el que constituyen las ONGD, es la que apenas cuestiona la centralidad de las empresas transnacionales como eje fundamental de la actividad económica, aceptando como inevitable el hecho de que éstas sean tenidas en cuenta como agente de desarrollo y optando entonces por la “colaboración”. Sin embargo, la coherencia entre los fines y los medios, entre la misión, la visión y los valores, pueden quedar en entredicho cuando se establecen alianzas con grandes empresas que, de una u otra manera, han adquirido una corresponsabilidad en casos de violaciones de los derechos económicos, sociales, ambientales y culturales en los países en los que operan.

En segundo término, en una tensión constante entre confrontación y colaboración, otras ONGD, por su parte, han apostado por establecer procesos de “diálogo” con las grandes corporaciones con objeto de influir en sus prácticas sobre el terreno y producir cambios en el comportamiento empresarial, a partir de una combinación de incidencia política, crítica en público y sensibilización empresarial. En todo caso, más allá de que puedan existir casos positivos de este tipo de relación que hayan podido servir para cambiar algunas malas prácticas empresariales, desde una perspectiva a medio y largo plazo se constata que el diálogo puede llegar a convertirse, finalmente, en un elemento de cooptación y desmovilización de las organizaciones sociales.

En tercer lugar se encuentran las ONGD que, a partir de las investigaciones y estudios realizados en los últimos años, basan su trabajo en la “confrontación” con las empresas transnacionales, cuestionando sus impactos sociales, ambientales y culturales tanto en los países del Sur como en los del Norte global. Precisamente, las ONGD que forman parte de este tercer bloque son las que tienen un mayor grado de relación con los movimientos sociales emancipadores, y han optado por ejercer un papel de contrapeso frente al poder corporativo en lugar de colaborar con estas empresas.

En este contexto, ante los cambios estructurales en la agenda de la cooperación al desarrollo y en medio de un colapso socioeconómico global que se agrava por momentos, ¿qué quieren ser las ONGD? ¿Qué relación quieren mantener con los movimientos sociales emancipadores? Las respuestas a estas preguntas van a marcar los próximos tiempos en un sector en el que, como en otros ámbitos de nuestras sociedades, las grandes corporaciones cumplen un rol fundamental en el avance de los procesos de mercantilización y privatización de los servicios públicos y los bienes comunes. Que sea definitivo y lo hayan hecho para quedarse dependerá en buena medida de cómo se responda desde las organizaciones de desarrollo y desde los movimientos sociales emancipadores al respecto.

Según nuestro criterio, si se quiere ejercer la práctica de la CI desde el principio de la solidaridad y en línea con los horizontes emancipadores anteriormente definidos, tenemos que realizar una reflexión crítica acerca de todos los elementos que componen la agenda de cooperación, pero también una reflexión autocrítica acerca de los valores y la visión de las ONGD, como agentes fundamentales de la cooperación, para los años venideros.

Planteamos, para finalizar, algunas de las claves que nos parecen importantes a la hora de posibilitar estas alianzas entre ONGD y movimientos sociales. La primera de ellas no podría ser otra que la propia voluntad de hacerlo. Es por tanto necesario partir de una reflexión sincera sobre la idoneidad y posibilidad de articular diferentes formas de acción colectiva política y social, en base a análisis profundos, concretos y sin apriorismos, del tipo “Todas las ONGD son iguales” o “Los movimientos únicamente protestan”.

Si existe esta voluntad, y por tanto el reconocimiento mutuo como agentes que, cada cual desde su identidad, pueden realizar sus aportes a unos horizontes comunes, la segunda clave fundamental para generar alianzas es la confianza. Alianza y confianza riman en consonante y riman en todos los sentidos posibles, ya que sin la segunda es imposible la primera. ¿Y cómo puede generarse esta confianza?

Pues, en primer lugar, desde la práctica, desde la acción política, desde la calle. No puede haber alianzas entre aquellos que no comparten acción, que limitan su actuación a ámbitos sectoriales o geográficos determinados, que no se reconocen físicamente en movilizaciones, manifiestos, protestas, que no comparten las luchas y sus implicaciones.

En segundo lugar, la confianza no sólo se sustenta sobre la acción, sino también sobre las referencias teórico-políticas. De esta manera, es importante compartir lenguaje, discurso y agendas que, aunque utilizadas con tono diferente en función de cada situación, permitan sostener las relaciones en base a parámetros políticos comunes. Se deberían evitar así, en la medida de lo posible, lenguajes tibios, licuados y tecnocratizados.

En tercer lugar, la confianza precisa de estrategias comunes nacidas desde la unidad en la diversidad, desde el reconocimiento de las identidades diferentes. Estas estrategias deben planificarse en base a una relación simétrica y horizontal y desde una asunción compartida de los riesgos, en la que cada cual aporte su valor añadido: en el caso de los movimientos, su formación política, su capacidad de movilización e incidencia, su capacidad epistemológica, sus agendas y culturas alternativas; en el caso de las ONGD, su experiencia acumulada en el ámbito internacional, su conocimiento de la arquitectura multilateral, su capacidad de lobby político, su capacidad en formación especializada.

Partiendo de estas premisas, sería necesario revisar críticamente las dinámicas habituales de unos y otros: la politización de la CI; el papel de las y los cooperantes como actores políticos y no como “traductores” técnicos; la importancia de la educación emancipadora en la generación de ciudadanía crítica; la distinción ente gobierno y ciudadanía a la hora de entender el origen de los fondos públicos y la disputa sobre los mismos; la relevancia de fortalecer la dimensión internacionalista más allá de la lógica de denuncia, etc.

En definitiva, revisarse críticamente, tener la voluntad de aliarse y generar confianzas a través de agendas, estrategias y actividades compartidas, son algunas de las ideas que proponemos como puntos de partida en este debate imprescindible. Este momento de bifurcación histórica nos abre la oportunidad para replantear la vida desde otros parámetros. Por eso, a pesar de lo compleja que puede resultar la tarea, no podemos cejar en ella. Y es que quienes pensamos que también la cooperación internacional puede tener un papel activo en este sentido debemos replantear lo hecho y no tener miedo a transitar por nuevos caminos, todavía en construcción, pero sin duda necesarios.


Sobre los autores/s: Gonzalo Fernández y Silvia Piris trabajan en el Instituto de Estudios sobre Desarrollo y Cooperación Internacional (www.hegoa.ehu.es) y Pedro Ramiro en el Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad (www.omal.info).


Bibliografía

  • CABANAS, Andrés (2011): “Renombrar la esperanza. Pensar de forma distinta un mundo diferente”, en LARRAÑAGA, Mertxe y Yolanda Jubeto (Eds.), La cooperación internacional y el desarrollo humano local, Hegoa, Bilbao.
  • CASADO, Beatriz y Silvia Piris (2013): “Movimientos sociales, sostenibilidad y cooperación: claves desde la experiencia de Vía Campesina y Marcha Mundial de las Mujeres”, en Pueblos, nº59.
  • FERNÁNDEZ, Gonzalo, Silvia Piris y Pedro Ramiro (2013): Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores. Bases para un encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco, Bilbao.
  • HERNÁNDEZ ZUBIZARRETA, Juan; Erika González y Pedro Ramiro (eds.) (2012): Diccionario crítico de empresas transnacionales. Claves para enfrentar el poder de las grandes corporaciones, Icaria, Barcelona.
  • MARTÍNEZ, Zesar, Beatriz Casado y Pedro Ibarra (2012): Movimientos sociales y procesos emancipadores, Cuadernos de Trabajo nº 57, Hegoa, Bilbao.
  • MARTÍNEZ OSÉS, Pablo J. (2011): “Redefinición del papel de las ONGD: hacia una mirada más política”, en Renovando el papel de las ONGD. Hacia una transformación social, Editorial 2015 y más, Madrid.
  • ROMERO, Miguel y Pedro Ramiro (2012): Pobreza 2.0. Empresas, estados y OND ante la privatización de la cooperación al desarrollo, Icaria, Barcelona.
  • WALLERSTEIN, Inmanuel (2004): Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, Akal, Madrid.

Alianzas sociales para una cooperación internacional emancipadora
Alianzas sociales para una cooperación internacional emancipadora

Ver en línea : «Hacia 2015: Visiones del desarrollo en disputa», XI Anuario de la Plataforma 2015 y más, 2014.


Notas

[1Aunque ambos marcos difieren fundamentalmente en la consideración de los Estados como agentes de desarrollo, entendemos que comparten toda una serie de principios y valores derivados de la primacía del crecimiento económico capitalista, por lo que a nuestro entender son variaciones de una misma propuesta.

[2Esta agenda alternativa de solidaridad ha tomado la forma de manifiesto, al que se están sumando múltiples movimientos, ONGD, y numerosas organizaciones sociales y personas a título individual, con el objetivo de hacer incidencia sobre la misma. Seguir campaña en:
http://mmssycooperacioncritica.wordpress.com/

[3En el segundo capítulo de Fernández, Piris y Ramiro (2013) se realiza un análisis comparativo entre el desarrollo humano y la sostenibilidad, por un lado, y las seis ideas-fuerza de los horizontes emancipadores, por el otro, destacando similitudes y divergencias.

[4En la agenda propuesta, la pobreza sería un lugar protagonista desde el que plantear lógicas emancipadoras, pero no un objetivo específico que limite los horizontes de actuación. De esta manera, lo popular es propio de muchos movimientos, cuyas agendas en todo caso trascienden la pobreza como objetivo, al vincular esta con el conjunto de dinámicas de la sociedad global actual.


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El colegio ahora es una casa. No es exactamente un hogar, es más bien un refugio. Ya no hay timbre y cambiaron las clases de historia y biología por las de idiomas: alemán, inglés, griego. En diferentes días y horas para personas adultas y (...)

María González Reyes | 25 de septiembre

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