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“La violación de los derechos humanos por empresas transnacionales es sistemática”

Entrevista de Canal Solidario a Albert Sales (RETS), coautor de “Malas compañías” (Icaria, 2013)

Martes 29 de julio de 2014

¿Cuál es el principal objetivo de “Malas compañías”? ¿Está teniendo buena acogida?

Queríamos recoger en un libro breve los argumentos que nos llevan a afirmar rotundamente que la violación de los derechos humanos por parte de las Empresas Transnacionales es sistemática. Los departamentos de responsabilidad social de empresas como Coca Cola, Apple, Disney, Nike, Adidas, Telefónica, Repsol, Endesa… se empeñan en hacernos creer que los escándalos que denuncian colectivos de personas afectadas de todo el mundo son anécdotas o pequeños fallos en sus sistemas de monitoreo, pero la realidad es que los derechos humanos, las leyes laborales y medioambientales, o los principios de justicia más básicos, son obstáculos para la maximización de sus beneficios.

En Malas compañías explicamos qué mecanismos permiten esta globalización corporativa plagada de impunidad, donde las empresas transnacionales son la herramienta de la élite económica global para ampliar su capital a costa de las mayorías sociales.

Hemos recibido felicitaciones de muchas personas que han leído el libro pero ya sabíamos que no estábamos escribiendo un best-seller. Tenemos medios de difusión limitados: la prensa alternativa, las publicaciones especializadas y la red. Pero los medios de masas son mayoritariamente propiedad de empresas a las que estamos criticando en el textos… no hay muchos periodistas que nos hayan pedido entrevistas.

En el libro, el Colectivo RETS habla del chantaje de la inversión extranjera… explíquenos este concepto.

La atracción de capitales extranjeros se ha convertido en objetivo prioritario de gobiernos de todo el mundo y, en especial, de los países empobrecidos y endeudados. Tanto si se trata de que la inversión sea directa como si el objetivo es que las empresas locales se conviertan en proveedoras de las grandes cadenas de producción y distribución internacionales, la lógica de lograr el crecimiento económico a través del capital internacional ha impregnado el pensamiento económico y político de las élites de todo el mundo. Esto genera las condiciones ideales para que las ETN desarrollen su actividad, forzando a los Estados-Nación a entrar en competencia para crear las mejores condiciones para la inversión a través de políticas de apertura comercial, de reducción de estándares laborales y ambientales o de exenciones fiscales entre otras muchas medidas con un gran impacto en la vida de las poblaciones.

El chantaje en este sentido es claro. Supuestamente, los estados que no adoptan un conjunto de políticas de corte neoliberal son considerados no aptos para la inversión y, en consecuencia para emprender la senda del desarrollo. Lo cierto, es que no hay evidencia empírica alguna que sostenga que la receta neoliberal genere crecimiento y mucho menos de que sea la única vía de desarrollo posible. Equiparar atracción de capitales y de la inversión de las ETN con desarrollo forma parte de la mitología neoliberal que sustenta un entorno de relaciones socioeconómicas óptimas para la acumulación de capital por parte de las élites del Norte y del Sur globales.

Entonces, ¿qué futuro prevé?

Desde el punto de vista neoliberal, la apertura de los países al capital internacional es imprescindible para lograr el ansiado desarrollo (palabra que se confunde de forma nada inocente con crecimiento del PIB). En América Latina se conoce a la década de los 90 como la década perdida. Dicha década perdida es la consecuencia de unas políticas neoliberales de corte antisocial que tenían como único objetivo traspasar las deudas privadas de los bancos a deudas públicas pagadas por toda la población. Para ello se hizo imprescindible empequeñecer el Estado y privatizar todo lo privatizable, con el objetivo de generar recursos para pagar la factura de la deuda empobreciendo a las poblaciones de los países afectados.

La deriva latinoamericana de los noventa, igual que otros procesos que analizamos en el libro, no nos llena de optimismo… Estamos en una competición hacia la precariedad y la polarización social…

Lo que también es cierto es que, lejos de la imagen de apatía política global que nos transmiten los medios de comunicación, los colectivos en lucha son extraordinarimente numerosos. Por poner un ejemplo: los millones de trabajadores y trabajadoras de Bangladesh que viven con menos de 30 euros mensuales y que se exponen al derrumbe de los precarios edificios donde trabajan, llevan en lucha sufriendo dura represión desde principios de los 2.000 por mucho que aquí solamente se nos explique lo mal que viven cuando mueren más de un millar en fábricas que trabajaban para El Corte Inglés, Mango o Primark.

Si las obreras de Tánger o de Dhaka tienen fuerzas para luchar por sus condiciones laborales tras semanas de 70 horas de trabajo, no creo que tengamos legitimidad para caer en el derrotismo.

Pero, ¿existen códigos de conducta que regulen las actividades de estas empresas en países empobrecidos?

Desde hace ya más de 30 años, en Naciones Unidas se viene luchando para tratar de crear un Código de Conducta que rija las actividades de las empresas transnacionales y permita su vigilancia y control. Pero todas las iniciativas que se han tratado de llevar a cabo han sido bloqueadas por la presión tanto de gobiernos como de las propias transnacionales. Ya en 1974, el Consejo Económico y Social (ECOSOC) creó la Comisión de Sociedades Transnacionales con el objetivo de vigilar e investigar su actividad, además de crear un Código de Conducta. Pero jamás se aprobó el Código y a principios de los 90 fue desmantelada la comisión.

Mientras, la presión de los grupos empresariales y de los think tanks fue introduciendo en el seno de las Naciones Unidas el discurso de la Responsabilidad Social Corporativa. El gran golpe de fuerza vino con la creación y lanzamiento del Global Compact (Pacto Mundial) en 1999 en el Foro de Davos por Kofi Annan. El Global Compact consagra la voluntariedad de la responsabilidad social. Toda aquella actividad de control de los impactos negativos generados por la empresa queda en el terreno de la buena voluntad expresada por compromisos más o menos formales.

Mi experiencia en la relación con colectivos de obreros y obreras de Asia y del norte de África me demuestra que en materia de derechos laborales, las firmas que más alardean de su responsabilidad social son las que más interés tienen en controlar el impacto de las denuncias sobre su imagen corporativa.

La educación debería ser una clave para luchar contra estos mecanismos globales de control. Estudiantes de economía de todo el mundo se han unido para pedir pluralidad en los planes de estudios…

Existe una colonización del sentido común. Vivimos en una falsa diversidad ideológica porqué cualquier debate parte de la premisa que la visión neoliberal de la economía es dogma de fe. Cualquier afirmación que ponga en duda la capacidad explicativa que esta forma de entender el mundo es considerada una afirmación poco seria o poco académica.

Ni tan solo hace falta que exista una persecución hacia el pensamiento crítico. La estructura de méritos académicos, basada en la publicación de artículos en “revistas de impacto” margina la transgresión del sentido común neoliberal. Para ser considerado un buen académico debes publicar en revistas en las que difícilmente vas a poder acceder con planteamientos “demasiado transgresores”. En cambio, con un estudio de caso sobre responsabilidad social empresarial, que explique las bondades de la actividad de una empresa en asia, publicar es asombrosamente fácil.

¿Cuáles son los retos de estudiantes, trabajadoras, pueblos, movimientos sociales…?

El reto de los movimientos sociales y de los pueblos es generar resistencias que superen el ámbito local y las restricciones impuestas por los propios Estados, que en el terreno del control y la desarticulación de la acción colectiva muestran una eficiencia inaudita cuando de fiscalización de las ETN se trata. Pero la confrontación con el capital y sus estructuras no puede ser la única estrategia de resistencia. La creación de iniciativas productivas y relacionales que escapen a la lógica del cálculo racional de pérdidas y beneficios y que pongan a las personas en el centro de la actividad económica es imprescindible para cualquier proyecto desmercantilizador y emancipador de los seres humanos. Por eso cerramos el libro con una reflexión acerca de luchas y resistencias y con una invitación a construir desde la Economía Social y Solidaria y desde el reconocimiento a todas las formas de trabajo y actividad humana marginadas y explotadas por la economía liberal.

Malas compañías es el resultado de la suma de esfuerzos del Colectivo RETS, ¿es un ejemplo de resistencia y de alternativa?

No me atrevo a ponernos como ejemplo de nada. Simplemente intentamos aplicar el rigor adquirido como investigadores sociales a nuestro activismo. Hemos decidido seguir adelante con campañas que consideramos centrales en la crítica de la globalización corporativa con independencia de la disponibilidad de financiación pública.

Una parte de la resistencia es generar conocimiento y tenemos la convicción de que las alternativas surgen de la indignación por la realidad. Así que nos queda mucho trabajo por hacer. Queremos aportar argumentos para empoderar a los colectivos en lucha y para generar redes de resistencia.


Ver en línea : Entrevista en Canal Solidario, 2 de junio de 2014.


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