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¿Una cooperación internacional ajena al desarrollo?

Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate (Pueblos, nº 59, noviembre 2013)

Lunes 9 de diciembre de 2013

Ante el creciente cuestionamiento que sufre la cooperación para el desarrollo, se proponen algunas claves que permitan reinventar la cooperación desde los actores y las agendas emancipatorias que a día de hoy se enfrentan al statu quo desde parámetros civilizatorios alternativos.

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Vivimos actualmente una fase histórica de grandes cuestionamientos que alcanzan incluso a los valores, a las dinámicas y a las estructuras que definen hegemónicamente a nuestra sociedad global. A pesar de que éstas mantienen todavía una fuerza innegable, es creciente el número de personas, organizaciones e instituciones conscientes de que el actual sistema hace aguas y de que es necesario trascenderlo. Vivimos un momento de “oportunidad y peligro, de catástrofe y esperanza” [1], en el que el margen de lo posible se amplía y donde el conflicto de imaginarios, enfoques y propuestas políticas se recrudece.

Este conflicto, esta batalla de ideas y alternativas, ha fortalecido el pensamiento y la acción crítica en sus interpretaciones y abordajes de la realidad global. En este sentido, si recogiéramos en un diccionario el conjunto de conceptos que definen nuestro modelo civilizatorio actual, el creciente cuestionamiento no sólo se detendría en el significado y el significante de los términos menores, sino que alcanzaría incluso al de los conceptos sobre los que nuestra civilización se ha gestado. Así, progreso, crecimiento económico capitalista y democracia liberal-representativa, los tres pilares de nuestro diccionario civilizatorio, sufren fuertes críticas no sólo por su incapacidad de resolver los grandes problemas globales, sino también porque cada vez más se visualizan como el problema y no como la solución.

Es precisamente la articulación de estos tres conceptos en una propuesta política de pretensiones universales (con la primacía absoluta del crecimiento económico capitalista) donde se sitúa la raíz de las lacerantes desigualdades, la ingobernabilidad y la insostenibilidad sistémica. Por lo tanto, no estamos ante una crisis coyuntural sino ante una crisis de modelo, una crisis de civilización. Vivimos un momento de bifurcación histórica en el que, o bien reseteamos y empezamos sobre nuevos parámetros, o bien asumimos las lúgubres perspectivas que el actual sistema nos ofrece.

¿Desarrollo y/o emancipación?

Esta tensión, esta crítica profunda, esta necesidad de revisión integral alcanza también a todos los términos de nuestro diccionario que directamente están relacionados con esos tres conceptos fundamentales de nuestra sociedad global. De entre ellos destaca uno que, a pesar de su bisoñez en términos históricos, ya que apenas cuenta con 65 años, ha alcanzado una gran notoriedad por su relevancia en el análisis internacional y en la propuesta de estrategias políticas para alcanzar bienestar: el desarrollo.

Nuestro diccionario civilizatorio recogería que el desarrollo, ante la constatación de la desigualdad entre unos países y otros (clasificados en “desarrollados” y “subdesarrollados”), se define como la meta que los considerados no desarrollados deberían alcanzar, que no es otra que la situación de los países que sí se suponen desarrollados. Todo ello, a través de la aplicación de una serie de recetas universales que suponen la puesta en práctica del mantra civilizatorio: progreso, crecimiento capitalista y democracia liberal-representativa.

Ésta ha sido la definición principal de desarrollo a lo largo de estas décadas, independientemente del enfoque adoptado (ya fuera keynesiano o neoliberal, desarrollista o pro Consenso y post-Consenso de Washington), de quién ha sido considerado como el vehículo del desarrollo (si el Estado o el sector privado), del camino del desarrollo (si este pasaba por inyectar recursos internacionales para superar brechas y trascender dependencias o por generar sendas favorables a la autorregulación de los mercados), independientemente, incluso, de si al desarrollo le ponemos el apellido socialista o capitalista, ya que el crecimiento económico históricamente se ha situado como alfa y omega de la sociedad global al que todo quedaba supeditado.

Esta interpretación de desarrollo, históricamente hegemónica en el discurso y en las prácticas internacionales, sigue a día de hoy siendo defendida como la vía prioritaria para enfrentar el statu quo actual. Tal es así, que incluso el informe del secretariado general de las Naciones Unidas, Una nueva alianza mundial, elaborado por un grupo de personas “eminentes” de cara a proponer una agenda de desarrollo post-2015, insiste en esta dinámica. Pese a la aceptación más o menos vehemente del fracaso de la agenda de los Objetivos del Milenio, y pese a la constatación de la relevancia de grandes problemas globales como la insostenibilidad y las múltiples desigualdades, sigue apostando por la primacía del crecimiento económico capitalista como estrategia de desarrollo [2], como si no hubiera contradicción alguna entre sostenibilidad, crecimiento y desigualdad. Si éste es el fruto del debate de los expertos y expertas, ni que decir tiene qué podemos esperar de la agenda post-2015 cuando ésta llegue al nivel gubernamental.

No obstante, este mantra civilizatorio y del desarrollo ha sufrido históricamente fuertes críticas que alcanzan incluso a los propios objetivos del desarrollo, no sólo a cuestiones procedimentales. En las dos últimas décadas del siglo XX se ha pretendido cambiar profundamente la definición de desarrollo de nuestro diccionario civilizatorio: desde perspectivas decoloniales, se ha atacado por su pretensión de universalidad, por la primacía que otorga al ser, poder y saber occidental; desde el desarrollo humano, se ha criticado que el bienestar se entienda como consecuencia del crecimiento económico capitalista y no al revés, situando la generación de recursos en el centro del análisis y no el fortalecimiento de las capacidades de personas y pueblos; desde el feminismo se ha denunciado la necesaria alianza entre desarrollo y patriarcado para sostener los trabajos de reproducción y cuidado de la vida, fundamentalmente realizados por mujeres, condiciones necesarias para sostener la reproducción del capital y sus mercados; desde la sostenibilidad, se alerta sobre la cada vez más palpable superación de los límites físicos del planeta, en un sistema desbocado en la búsqueda incesante de la ganancia; desde perspectivas de democracia radical, se cuestiona la falta de democracia en las estructuras multilaterales y gubernamentales que definen las agendas de desarrollo, imposibilitando el ejercicio pleno de la ciudadanía y la soberanía.

Todas estas críticas confluyen en el siglo XXI, en mayor o menor grado, en un cuestionamiento más amplio, generado por nuevos enfoques que determinan unos horizontes emancipadores alternativos. Estos, plantean que ya no es suficiente con transformar la definición de desarrollo del diccionario civilizatorio, sino que se apuesta incluso por borrarlo y sustituirlo, junto a los tres conceptos fundamentales antes señalados, por nuevos criterios para una nueva civilización. El desarrollo, en esta línea, es incapaz de desligarse del crecimiento económico capitalista y pierde así su potencial emancipador, por lo que debe ser trascendido. En esta clave se sitúan los enfoques del buen vivir, del feminismo autónomo, de la ecología política, de la economía ecológica, del decrecimiento, de la economía solidaria, de la descolonización, etc. A pesar de que estos precisan todavía de una mayor profundidad teórica y práctica, así como de un necesario proceso de intersección, sí que plantean puntos civilizatorios de partida ajenos a la lógica del desarrollo y a quienes la defienden, con mayor o menor empeño.

En una reciente publicación recogemos estos puntos civilizatorios alternativos [3] que podemos resumir en seis: la necesidad de confrontación con el actual statu quo denunciando sus discursos, prácticas y dinámicas, ofreciendo a su vez vías alternativas; la centralidad de la vida frente a la centralidad actual de los mercados y el capital; la relevancia de la diversidad y su necesaria articulación en referentes comunes; la democracia participativa como premisa de emancipación; la relevancia de lo colectivo y del sentido de comunidad a la hora de interpretar la sostenibilidad de la vida; la politización de lo cotidiano, entendiendo la emancipación como un proceso integral, constante y progresivo.

De esta manera, el conflicto civilizatorio de imaginarios se agudiza y los cuestionamientos integrales cobran fuerza: o continuamos por la senda de la ecuación bienestar = progreso = desarrollo = crecimiento económico, o bien nos adentramos en las dinámicas alternativas que proponen esas seis ideas-fuerza de los nuevos enfoques emancipatorios. Esta disyuntiva interpela a todos aquellos sujetos, actores y ámbitos que apuestan por la transformación y los retrata ante la coyuntura actual que vivimos. También, y muy especialmente, a aquellos que han actuado en el ámbito del desarrollo, incluida por tanto la cooperación internacional.

Hacia una cooperación para la emancipación

La cooperación internacional siempre se ha entendido como una política pública a favor del desarrollo, independientemente de la acepción que se asuma de éste. Por lo tanto, el cuestionamiento actual del desarrollo como enfoque de referencia supone un auténtico torpedo en su línea de flotación. Más si cabe cuando, echando la vista atrás, vemos cómo la cooperación internacional, en términos generales, se ha alineado con la definición clásica del desarrollo y se ha conformado así como una herramienta para facilitar la implementación de las lógicas civilizatorias, con la maximización de la ganancia como prioridad.

Desde los años noventa la propuesta neoliberal del Consenso y post-Consenso de Washington ha sido el enfoque hegemónico de la agenda de cooperación internacional, entendiéndose ésta como una política que acompaña las reformas estructurales necesarias para generar desarrollo, basado en favorecer los mercados para el crecimiento capitalista y una gobernanza en función de la democracia liberalrepresentativa. Desde este punto de partida, y en función de los hitos fundamentales de la agenda en el nuevo siglo XXI (pobreza y eficacia de la ayuda), se ha ido conformando un nuevo consenso que define la identidad de la cooperación internacional como una política pública voluntaria de ayuda al desarrollo, que se centra en la pobreza en los países “subdesarrollados” como meta prioritaria, sin cuestionar el modelo que genera dicha pobreza de manera sistémica. Una cooperación aislada, por tanto, de una lógica de coherencia de políticas; que se entiende como una negociación asimétrica entre diferentes agentes que definen los términos de la ayuda; que prima la dimensión económica y social del desarrollo; que favorece el creciente papel del sector privado como actor protagonista; y que genera todo un marco instrumental y administrativo que destaca el papel de la eficacia, entendida en términos endogámicos de uso eficiente de unos recursos cada vez más limitados.

Siendo así en términos generales, también es verdad que no toda la cooperación internacional ha tenido como referencia a Washington. En una tensión permanente con éste, también el desarrollo humano y la sostenibilidad han sido asumidos por una parte reducida de la cooperación como enfoques a tener en consideración. Esta cooperación internacional se plantea sobre una concepción del desarrollo más amplia, integral, interdependiente y multidimensional. No obtante, a pesar de que podemos constatar iniciativas y dinámicas diferentes basadas en estos enfoques, este tipo de cooperación tampoco ha sido capaz de romper amarras con la lógica de la agenda hegemónica y, por ende, con la lógica del desarrollo. Manteniéndose al margen de la relevancia del ámbito global de actuación, impidiendo una articulación real de sujetos y agendas, trasladando el marco técnico- administrativo de la eficiencia a su dinámica habitual y priorizando los resultados visibles e inmediatos frente a los cambios estructurales, el balance de esta cooperación ha oscilado entre un impacto nulo y un impacto escaso muy localizado.

Ante este diagnóstico y ante la creciente crítica, la cooperación internacional tiene que definirse, más aún en la situación actual de crisis de recursos que agudiza la crisis de identidad de la cooperación limitando los escasos espacios antes vigentes para la práctica del desarrollo humano sostenible. Debe elegir entre sumarse a mitigar (o incluso favorecer) el impacto negativo del desarrollo y de las lógicas civilizatorias hegemónicas, o apostar por tomar como referencia los horizontes emancipatorios de las lógicas civilizatorias alternativas. El camino del medio se estrecha y apenas se ve en perspectiva.

Nuestra apuesta es esta segunda opción, en consonancia con lo señalado por Maestro y Martínez Peinado: “La cooperación sólo puede ser pro o anti-sistema, y no es posible otra cooperación” [4]. Defendemos así una cooperación ajena al desarrollo, una cooperación que asuma las seis ideas-fuerza de los nuevos horizontes emancipatorios como propios, y que confronte con los conceptos fundacionales de nuestro modelo civilizatorio vigente.

Sabemos, por la propia identidad y actores que conforman la agenda de la cooperación internacional, que ésta es una pretensión imposible en términos generales. No obstante, esto no hace sino resaltar la relevancia y la urgencia de que nuevos y viejos actores, sociales e institucionales, converjan en una agenda de cooperación de raíz emancipadora, que revise el conjunto de dinámicas vigentes y que proponga nuevas claves comunes. El objetivo es pasar de las iniciativas aisladas a la implementación de una agenda para una cooperación emancipadora, que aglutine a una mayoría social y que permita ir progresivamente ganando espacios para las luchas, los actores y las metas emancipadoras. La definición de cooperación internacional debe ser elaborada de nuevo en nuestro diccionario civilizatorio alternativo.

En este sentido, una agenda para la cooperación emancipadora debería:

  • Destacar su dimensión política, su enfoque crítico respecto a la realidad y su vinculación directa con los debates globales sobre emancipación, desarrollo, bienestar, equidad y justicia. Deben evitarse los debates superficiales sobre la propia ayuda y centrarse prioritariamente en las metas que se persiguen, buscando un impacto estructural y no simplemente paliativo o asistencial.
  • Pasar de la ayuda a la solidaridad pública internacional, basada en recursos globales estables, predecibles y no voluntarios, junto al establecimiento de espacios y sistemas horizontales y simétricos de negociación de agendas (vinculantes y exigibles) y objetivos. Esta medida acabaría con la lógica donante-receptor de la actual cadena de la ayuda, incompatible con una lógica emancipadora.
  • Ocuparse tanto del qué como del quién, encontrando en el fortalecimiento de sujetos su vínculo estructural con las agendas de emancipación. De este modo, el margen de lo que es cooperación internacional se amplía, ya que incluye todo aquello que fortalece a los sujetos estratégicos: movimientos sociales emancipadores, instituciones comprometidas, organizaciones sociales, universidades, etc. Además, evita la creación ad hoc de actores paralelos, sumándose a las agendas y a los actores que ya de por sí se enfrentan al sistema vigente.
  • Primar entre los diferentes actores la lógica de la alianza y la articulación de diversos en agendas comunes. Ello supone una nueva relación basada en esfuerzos compartidos en pos de objetivos y estrategias comunes, en la asunción conjunta de los riesgos, los peligros, las amenazas y los errores de dichas estrategias.
  • Plantearse la superación de la lógica Norte-Sur, priorizando la articulación de las agendas de los sujetos prioritarios de aquí y de allá, e incidiendo en la medida de lo posible también en el ámbito global, estratégico para la emancipación en la fase histórica actual.

Éstas son algunas de las claves sobre las que podría construirse la agenda alternativa. En definitiva, la cooperación debe elegir: el desarrollo o la emancipación; colaborar en la redefinición de un nuevo diccionario civilizatorio o atraparse los dedos en un diccionario pesado y en decadencia.


Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es coordinador general de Hegoa – Instituto de Estudios sobre Desarrollo y Cooperación Internacional (UPV/EHU).

- Artículo publicado en el número 59 de Pueblos – Revista de Información y Debate,especial cooperación, noviembre de 2013.


Ver en línea : Pueblos, nº 59, noviembre 2013.


Notas

[1Ceceña, A. E. (2011): “¿Hegemonía o emancipación?”, ALAI-América Latina en Movimiento, nº 471, p. 9-13.

[2Martínez, I. (2013): “Visiones del desarrollo en la agenda post-2015”, en Economistas sin Fronteras, La Agenda del desarrollo post-2015: ¿más de lo mismo o el principio de la transición?, Dossier nº 11, p. 12-17.

[3Fernández, G.; Piris, S.; Ramiro, P. (2013): Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores: bases para un encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco.

[4Maestro, I.; Martínez Peinado, J. (2006): Elementos de discusión sobre la cooperación para el desarrollo en el capitalismo global, X Jornadas de Economía Crítica, Barcelona.


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