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La cooperación al desarrollo en la era de la pobreza 2.0

Miguel Romero y Pedro Ramiro (Pueblos, nº 53, julio de 2012)

Jueves 18 de octubre de 2012

Avanza la crisis capitalista y avanzan, al mismo tiempo, la privatización de los servicios públicos y la mercantilización de los bienes comunes. Y en medio de un contexto socioeconómico marcado por las reformas económicas, los programas de ajuste estructural, los recortes sociales, el “rescate” de la banca y el desmontaje de lo que una vez se conoció como Estado del bienestar, la cooperación al desarrollo también está sufriendo los efectos de la crisis: nos encontramos, en estos momentos, en un proceso de profundos cambios y reestructuraciones en su arquitectura. Pero, siendo el crash global un factor decisivo para acelerar toda esta transformación, los cambios que hoy está experimentando la cooperación responden a un proceso iniciado hace una década, con el que el “sector privado” (las grandes corporaciones transnacionales) ha logrado legitimarse y adquirir un papel central como “agente de desarrollo”.

Atrás quedan toda la retórica y las teorías sobre el paradigma del “desarrollo humano”, que en las directrices de la cooperación ha cedido el testigo al modelo del capitalismo inclusivo: un esquema de relación triangular entre las empresas multinacionales, las instituciones públicas y las organizaciones no gubernamentales de desarrollo con el que trata de culminarse, de una vez por todas, el proceso de privatización de la cooperación. Así, en la era de la pobreza 2.0, no se pretende atajar las causas estructurales que promueven las desigualdades sociales, sino gestionar y rentabilizar la pobreza de acuerdo a los criterios de mercado. [1]

I.

“Ya es hora de que las corporaciones multinacionales miren sus estrategias de globalización a través de las nuevas gafas del capitalismo inclusivo”, escribían hace diez años los gurús neoliberales que llamaban a las grandes empresas a poner sus ojos en el inmenso mercado que forman las dos terceras partes de la humanidad que están fuera de la sociedad de consumo. “Las compañías con los recursos y la persistencia para competir en la base de la pirámide económica mundial tendrán como recompensa crecimiento, beneficios y una incalculable contribución a la humanidad”, decían entonces. [2] Hoy, las corporaciones transnacionales han asumido plenamente esta doctrina empresarial y han puesto en marcha una variada gama de estrategias, actividades, productos y técnicas que tienen como objetivo que las personas pobres seincorporen al mercado a través del consumo de los bienes y servicios que suministran estas mismas empresas.

“La favela de Emilio Botín”. Así titulaba a finales del año pasado el diario Expansión un reportaje sobre la visita del presidente del Banco Santander a Brasil para inaugurar una sucursal bancaria en uno de los barrios periféricos de Río de Janeiro. ¿El objetivo del banco? Crecer rápidamente en un mercado de casi 200 millones de personas en el que hoy ya es la tercera mayor entidad financiera privada y obtiene el 28 por ciento de sus beneficios anuales. ¿Cómo? Mediante su producto estrella, los microcréditos: una de las formas para “tener acceso, y en su caso fidelizar, a sus 140.000 habitantes, toda una ciudad que está emergiendo”, decía el periódico. “El microcrédito no deja de ser a largo plazo una oportunidad de negocio y un mercado de futuro”, reconoce en esta misma línea el director de Responsabilidad y Reputación Corporativas del BBVA.

“El teléfono móvil es hoy el instrumento más potente en sí mismo para luchar contra la extrema pobreza, las enfermedades curables y el hambre”, afirma en un vídeo patrocinado por Telefónica el asesor especial del secretario general de la ONU para los Objetivos de Desarrollo del Milenio, Jeffrey Sachs. En el móvil “todo está incluido”, dice. Y es que efectivamente, desde el punto de vista del business, sus aplicaciones pueden incluir desde efectuar transacciones financieras hasta hacer trámites burocráticos y, en alianza con los bancos, hacerse con buena parte del mercado de las remesas. Mientras no hay ninguna duda de que las grandes empresas están incrementando sus beneficios con la expansión de la telefonía móvil, su contribución real al “desarrollo”, al menos si con esta palabra aún puede hacerse referencia al mantenimiento de las condiciones que hacen posible una vida digna, es una cuestión muy discutible.

“Responsabilidad social”, negocios inclusivos en “la base de la pirámide”, acceso a nuevos mercados, “bancarización” para “luchar contra la pobreza”... Hemos puesto los ejemplos de los móviles y de los microcréditos, que se presentan con la justificación del “desarrollo” y de la “inclusión” a través del mercado de las personas pobres, como dos casos paradigmáticos para entender cómo las grandes corporaciones están tratando de hacer de la pobreza 2.0 uno de sus negocios estratégicos en la actualidad. Pero podríamos también citar aquí otros ejemplos de empresas españolas con actividades en los sectores del agua, la electricidad, los hidrocarburos y los medios de comunicación que están siguiendo estrategias similares. Es, sobre todo, una estrategia para expandirse a nuevos mercados y obtener la máxima rentabilidad de la “ética empresarial”.

II.

“Una cooperación al desarrollo moderna”. De este modo se abría el epígrafe dedicado a la cooperación internacional en el programa electoral con el que el Partido Popular concurrió a las últimas elecciones generales: “El dinero dedicado a la cooperación no tiene por qué ser sólo público. Promoveremos las alianzas público-privadas, llamaremos a la colaboración entre particulares, y animaremos a la responsabilidad social corporativa de las empresas”. Y no le ha faltado tiempo al ejecutivo de Rajoy para seguir con la senda “modernizadora” que ya se había emprendido en las dos pasadas legislaturas con el gobierno de Zapatero: recorte importante en los fondos de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), eliminación de la Dirección General de Planificación y Evaluación Políticas de Desarrollo (DGPOLDE), fusión de la secretaría de Estado de Cooperación con la de Iberoamérica... Dejando definitivamente a un lado la “coherencia de políticas para el desarrollo” [3], el gobierno español ha hecho una apuesta decidida por la “coherencia de políticas para el crecimiento económico”: fomento de la marca España, apoyo a la internacionalización de las empresas españolas y “diplomacia económica”.

En realidad, la situación actual de la cooperación española no es sino el resultado de toda una década de trabajo de los lobbies empresariales para conseguir que en la agenda de la cooperación internacional se haya incorporado la idea del “potencial de las empresas al servicio de los pobres”. [4] De este modo, instituciones como Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al igual que la Unión Europea y las principales agencias de cooperación, han hecho suyo este discurso. “Las empresas son una poderosa fuerza en la lucha contra la pobreza” y “el trabajo de Naciones Unidas puede verse como la búsqueda para crear el entorno ideal en el que los negocios puedan prosperar”, asegura Ban Ki-moon. Al final, ése es el sentido de los “consensos internacionales sobre desarrollo”: legitimar con un discurso de cooperación las prácticas que permiten convertir al enorme mercado potencial de la pobreza en oportunidades de negocios. Con todo ello, el “sector privado” queda consagrado no simplemente como un “agente de cooperación”, sino como el “dirigente de la cooperación”, es decir, el que marca la estrategia que deben seguir todos los demás actores sociales.

III.

Con objeto de aumentar su legitimación social, “asegurar” sus negocios y disponer de mejores conocimientos “sobre el terreno”, las corporaciones transnacionales necesitan contar también con las organizaciones de la “sociedad civil”. Por eso, en un contexto marcado por los recortes en los presupuestos públicos de cooperación y por la pérdida de su capacidad de influencia e “incidencia política”, las ONGD se enfrentan hoy a un debate decisivo: ¿cómo debe ser su relación con las grandes empresas? Hay que definirse: ¿colaboración, diálogo, confrontación? La respuesta que desde las organizaciones de desarrollo se dé a esta pregunta va a marcar el futuro de un sector, el de la cooperación internacional, que ya nunca más volverá a ser el mismo.


Miguel Romero, editor de la revista Viento SUR, y Pedro Ramiro, coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad, son autores del libro Pobreza 2.0 (Icaria, 2012).

- Este artículo ha sido publicado en el nº 53 de Pueblos - Revista de Información y Debate - Tercer trimestre de 2012.


Ver en línea : Pueblos, nº 53, tercer trimestre de 2012


Notas

[1Hemos desarrollado ampliamente estas ideas en el libro Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización de la cooperación al desarrollo (Icaria, 2012).

[2Prahalad, C.K. y Hart, S.L. (2002): “The fortune at the bottom of the pyramid”, en Strategy and Business, no 26.

[3Millán, N.; Santander, G.; Aguirre, P. y Garrido, A. (2012): La coherencia de políticas para el desarrollo en España. Mecanismos, actores y procesos, 2015 y más, no 2.

[4PNUD (2004): El impulso del empresariado. El potencial de las empresas al servicio de los pobres, Comisión sobre Sector Privado y Desarrollo, Naciones Unidas.


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